domingo 30  de  agosto 2026
OPINIÓN

Las salidas terrestres del petróleo iraquí

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

La geografía condenó a Irak. Casi todo su petróleo sale por las terminales del sur, cerca de Basora, y de ahí navega hacia el estrecho de Ormuz. Cuando Irán cerró ese paso tras los ataques de Estados Unidos e Israel de fines de febrero de 2026, el castigo fue inmediato. Las exportaciones iraquíes se derrumbaron más de un 80% en pocas semanas y los ingresos mensuales cayeron de unos $6.000 millones de dólares a menos de $2.000 millones. Un país que financia más del 90% de su Estado con petróleo descubrió que dependía de un solo camino y que esa ruta la controlaba su vecino. La reacción fue una carrera contra el mapa y en apenas cinco meses Bagdad desempolvó cuatro proyectos cuyo origen se remonta a 1952. Ninguno es una idea nueva porque todos son cicatrices de guerras anteriores.

El primero es el único que funciona. El oleoducto Kirkuk-Ceyhan une los campos del norte de Irak con el puerto turco de Ceyhan, en el Mediterráneo, y estuvo casi una década parado y volvió a operar en marzo de 2026, tras el cierre de Ormuz. El 1 de agosto Irak y Turquía firmaron un acuerdo por un año que garantiza una capacidad de 750.000 barriles diarios, aunque por el tubo circula apenas una cuarta parte de esa cifra. Esa brecha resume su historia, porque la línea sufrió décadas de sabotajes, disputas entre Bagdad y el gobierno kurdo de Erbil y un arbitraje internacional que la cerró en 2023. Entre tanto, los campos que la alimentan recibieron ataques repetidos de drones y misiles desde el inicio del conflicto con Irán. Esta es la mejor salida disponible y aun así rinde una fracción de lo que promete.

El segundo es una reliquia. El Kirkuk-Baniyas cruza Siria hasta el Mediterráneo. Se construyó en 1952, Bagdad lo cerró durante la guerra con Irán en los años 80 y la invasión estadounidense de 2003 lo dejó inservible. Sin embargo, la caída de Assad lo resucitó y el 17 de julio de 2026 Irak y Siria firmaron en Washington el acuerdo para reconstruirlo, con el secretario de Energía estadounidense presidiendo la ceremonia. Un consorcio que incluye a Chevron estudia la obra, cuyo costo se estima entre $4.500 y $8.000 millones de dólares, y los funcionarios calculan dos o tres años de trabajo. El problema de fondo es Siria misma porque el nuevo gobierno de Damasco todavía no controla todo su territorio y un oleoducto es tan confiable como el kilómetro más inseguro de su recorrido.

El tercero es el proyecto eterno. El Basra-Aqaba llevaría el crudo del sur hasta el puerto jordano de Aqaba, en el mar Rojo, con extensión posible hacia Egipto. Se propone desde hace más de 30 años y nunca se construyó. El gobierno iraquí asignó $1.500 millones de dólares para la primera fase en 2026 y el 5 de agosto el canciller iraquí acordó con Egipto y Jordania activar comités técnicos conjuntos. Sus obstáculos son dos, el primero es económico, transportar un barril por esa ruta costaría unos $6 dólares, contra los 60 centavos que cuesta llevarlo al Golfo. Aunque la cuenta parece absurda, tiene lógica, porque un sistema óptimo minimiza costos y un equipo resistente acepta costos para reducir riesgos. Irak pagó con el 80% de sus exportaciones el precio de haber elegido siempre lo óptimo. Entre tanto, el segundo obstáculo es político. Las facciones proiraníes de Bagdad denuncian que el tubo pasaría cerca de Israel y beneficiaría a un país con el que Irak no tiene relaciones. Mientras Irán conserve influencia sobre la política iraquí, ese veto pesa más que cualquier estudio de factibilidad.

El cuarto es el fantasma. El oleoducto IPSA cruza Arabia Saudita desde Basora hasta el mar Rojo y es el más grande de todos con 1,65 millones de barriles diarios de capacidad. Se construyó en 1987, cuando los petroleros ardían en el Golfo durante la guerra entre Irán e Irak, y no transporta crudo iraquí desde la invasión de Kuwait en 1990. Riad lo confiscó en 2001 como pago de deudas de Bagdad e integró partes del sistema a su propia red de gas. Sin embargo, Irak anunció en marzo de 2026 que quería negociar su uso, pero las milicias alineadas con Irán que operan desde territorio iraquí atacaron a Arabia Saudita durante la guerra reciente, y Riad tiene pocos incentivos para prestar su infraestructura al vecino cuyos huéspedes le disparan. Por otra parte, mientras los otros tres proyectos dependen del dinero o del tiempo, este depende de un dueño que no es Irak.

Sumadas todas las promesas, estas rutas apenas cubrirían los 3,5 millones de barriles diarios que Irak exportaba antes de la crisis, y las promesas rara vez se cumplen enteras. Hay además un error conceptual en la premisa porque estos tubos no esquivan a Irán, sólo evitan un estrecho. Y ahí se revela otra forma del poder iraní, porque sin disparar contra un solo pozo, Teherán obliga a su vecino a gastar miles de millones para recuperar una capacidad que ya tenía. Es decir, el agresor invierte poco y el agredido paga todo. Como advirtió el analista Bob McNally, el problema no es la vía de agua sino el país que la domina, y ese país dispone de drones y misiles que alcanzan estaciones de bombeo en Kirkuk, en el desierto sirio o en Anbar. Irak no encontró una salida nueva, sólo descubrió que todas sus salidas eran viejas, y hoy las capitales discuten mapas dibujados en 1952 y en 1987 como si fueran el futuro.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Deja tu comentario

Te puede interesar