La Organización Panamericana de la Salud (OPS) denunció que Nicaragua ha incumplido su obligación de reportar los casos y muertes por COVID-19.

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No es novedoso. Y parece que no hay: en las últimas horas en Managua llevaron presos a vendedores de hojas de eucalipto porque en Nicaragua no hay coronavirus.

Es el reflejo de la soberbia del régimen orteguista y su plan para que su permanencia en el poder se alargue sine die. Aislamiento, irrespeto a las organizaciones internacionales, masacre de los opositores, falta de información, ataques a la prensa libre, esos son sus fundamentos. Y ahora, tratando de utilizar la pandemia y llegar en estado de anormalidad y de emergencia hasta las elecciones de noviembre de 2021. Seguramente en ese periodo la dupla dictatorial Ortega-Murillo tratará de preparar la nueva trampa electoral.

Como dato, también la Comisión Interamericana de Derechos Humanos acaba de librar un comunicado en el que dice que “ a dos años de su visita de trabajo a Nicaragua, realizada entre el 17 y el 21 de mayo de 2018, en el contexto de la crisis de derechos humanos iniciada a partir del 18 de abril del mismo año, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) advierte y condena el incumplimiento de las recomendaciones formuladas en sus Observaciones Preliminares“

Así que se esperen sentados la OPS y los exmandatarios que han reclamado a las organizaciones multilaterales y a los Estados para que se haga algo para saber que es lo que pasa allí –y en Cuba y Venezuela– respecto a la pandemia.

Se dice que el número de muertos está por debajo del de los disidentes asesinados por las fuerzas orteguista,( ejercito, policía y grupos de choque fascistas).

Hay sí, información y “transparencia” sobre lo que padece el pueblo nicaragüense. No se explica que ante una situación de tanta inhumanidad las organizaciones multilaterales no hayan adoptado medidas que vayan más allá de las condenas, declaraciones y denuncias.

Y el orteguismo, y así es como hay que llamarlo, porque de sandinismo no tiene nada, como bien dice el excandidato presidencial de la oposición Edmundo Jarquín, mientras tanto se aprovecha.

Las esperanzas están cifradas en las elecciones de noviembre del 21. Pero en unas elecciones que sean limpias, cosa que hace muchos años que no se practica en la sufrida y castigada Nicaragua.

Es previsible que también esta vez, como en las anteriores, Ortega haga trampa. O lo pretenda. Lo que es clave es lo que haga la posición, cuya performance en el pasado ha dejado que desear un poco. Ortega, como en el pasado, jugará con la “división”, buscará contar con la complicidad de algunos “opositores” y si es necesario proscribirá, como ya lo ha hecho. En fin, tratará de vestir al fraude de legitimidad.

Y a eso no se puede prestar la oposición. No puede estar dividida, si no, nuevamente se los come el lobo. Según Jarquín, esta vez, más allá del “cortejo de partiditos” subordinados a Ortega, la triste experiencia ha enseñado mucho y la “oposición se va a unificar”.

Con una oposición verdaderamente unificada, un pueblo sufriente que rechaza al “matrimonio", y lo manifiesta cada vez que puede con riesgo de su libertad y su vida, es posible que se consiga. Es preciso, paralelamente, la acción decidida de los organismos multilaterales que tienen que “ponerse las pilas” y en serio, para presionar y obligar el orteguismo a retomar los canales de la democracia. Esa idea a Ortega, todo el mundo lo sabe, no le gusta mucho. Es un dato que hay que tener en cuenta y esta vez no puede aceptársele ningún tipo de esquive ni de gambeta. Nada de confundirse con los amagues de la dictadura, la que es muy hábil.

Que haya elecciones limpias y libres es lo menos que se puede exigir y conseguir.

Ya es suficientemente duro para los nicaragüenses seguir aguantando un año y medio, todavía.

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