Llegamos al aeropuerto de Lima un viernes a las siete de la mañana. No había largas colas en migraciones ni en aduanas. Salimos bastante rápido. Nos esperaba el chofer de mi hermana. Tardó en pagar el estacionamiento. Yo insistí en manejar. Saliendo del aeropuerto, nos vimos envueltos en una maraña de tráfico espeluznante. De pronto era el caos. Había olvidado lo fea y dantesca que podía ser Lima en ciertos barrios a ciertas horas. Me desvié y fue peor. Terminamos embrollados en un lugar espantoso, ante un tren de carga detenido, entre polvo, basura, gallinazos y casas a medio construir. El viaje comenzaba mal. Aún no habíamos llegado a casa y ya estábamos aterrados de lo fea que podía ser Lima en esos arrabales sin fortuna. Haciendo acopio de paciencia, tuve que manejar hora y media hasta llegar a casa. Cuando llegamos, nos esperaba Tamara, la nana peruana de nuestra hija. Tomamos jugos, me administré mi dosis de medicamentos para estabilizar la bipolaridad y nos fuimos a dormir. Había pasado lo peor. Ninguno de los días subsiguientes podría ser tan horrible como la llegada a Lima, ese día, a esa hora, en medio de aquel desolador paisaje tercermundista.

Todo cambió cuando, a las cuatro de la tarde, fuimos almorzar a la casa de mi madre, Dorita. El sol brillaba tibiamente, los conejos corrían por el vasto jardín, flores de colores flotaban en la piscina, cotorras y papagayos chillaban desde sus jaulas, el personal doméstico nos saludó en fila, como si fuésemos hijos nobles de la Reina Dorita, quien, risueña, despreocupada, de sombrero y gafas oscuras, nos dio la bienvenida y encapsuló delicadamente en la burbuja de felicidad que es su casa. Una vez allí, comiendo, bebiendo, riendo, todas las fealdades y asperezas de Lima se disolvieron, y la ciudad era el rostro plácido de mi madre, y entonces ya me había reconciliado con Lima, la ciudad donde nací. Pero aprendí dos cosas ese primer día: no conviene llegar a Lima un día laborable a las siete de la mañana, es mejor llegar a medianoche o no llegar del todo; y no debo manejar por los barrios feos, es mejor moverme entre mi casa y la casa de mi madre, que están muy cerca, a diez o doce cuadras, una distancia caminable.

Desde entonces han pasado siete días y, salvo la llegada a Lima, que me hundió en el caos brutal y polvoriento de la ciudad, y me recordó por qué me fui del todo hace veinticinco años, he sido bastante feliz, más de lo que razonablemente esperaba. Atribuyo esa felicidad no al azar, sino a un conjunto de razones fáciles de enumerar: almorzamos todos los días en casa de mi madre, y la sobremesa se extiende fácilmente hasta las cuatro de la tarde, mientras nuestra hija juega con sus primas en la piscina o el jardín; la masajista de mi madre me atiende hora y media al final de la tarde, estirando mis músculos, torciéndome y tensándome en posturas extrañas, trabajando sobre todo los músculos de la cadera; me aviento entre el pecho y la espalda cuatro helados de sándwich de chocolate con vainilla, dos después del almuerzo, dos tras la comida, a los que me hago adicto, nada más pisar esta ciudad; no enciendo el televisor ni leo los periódicos en papel ni me dejo enredar en discusiones políticas, evito hablar de política consciente y deliberadamente, y cuando me preguntan mi opinión digo algo vago y baboso para despistar; y por las noches salimos a comer cada noche en un restaurante diferente, idealmente con alguno de mis hermanos, que, sumados, sin contarme, son siete (pero hay uno de viaje y dos que se niegan a verme, una pena).

Sin duda las horas más felices que he pasado en esta visita a Lima han sido las que transcurren en casa de mi madre: nos sirven bocaditos deliciosos, nos miman con platos que saben que nos gustan (por ejemplo, hamburguesas de quinua con espinaca, y gelatina con frutas de postre), mamá está siempre animada, de buen humor y dispuesta a contar algún chisme divertido, y nuestra hija hace de las suyas con varias de sus primas, quienes la reciben con gran alborozo. Solo en casa de mi madre y en mi casa soy enteramente feliz: en la calle estoy siempre a la defensiva, aterrado de cómo maneja la gente, metiendo el auto como si fuera un caballo de carrera, atropellando sin más al que duda o es en apariencia débil, haciendo bullanga, dando bocinazos ante cualquier circunstancia que resulta abrumadora para el impaciente chofer. En este viaje a Lima he pensado que muchos de los conductores deberían ser privados de sus vehículos y, a cambio, obligados a montar a caballo, a ver si aprenden a ser menos díscolos y matones. No sé cómo todavía hay almas piadosas que, en medio de tan brava trapisonda, salen a montar en bicicleta, Dios las bendiga.

Han ocurrido pequeñísimos contratiempos que no han conseguido, menos mal, eclipsar mi felicidad pareja y tranquila: hay un perro neurótico en la casa del vecino, que no para de ladrar a las horas más inoportunas, y no sé si debería tocarle el timbre y pedirle que haga algo; en un restaurante, una señora me saludó y confundió con el tío Walter, un ejecutivo brillante y exitoso, y no supe deshacer el entuerto y fingí por treinta segundos ser él, y ella me felicitó por haber comprado un pent-house con vista al golf por veinte millones, ¡veinte millones has pagado por un depa, Walter, qué bárbaro, qué tal éxito el tuyo!, y yo, haciéndome el modesto, jugando a ser millonario, bueno, no es tanto mi éxito, es el éxito del banco; la dermatóloga me sacó tres lunares de la espalda, lo que dolió bastante, sobre todo al pagar; me he visto obligado a vender dos camionetas que estaban ya en estado vetusto, cochambroso; y mi esposa se encontró en un restaurante de Miraflores, Carnal, con mi ex esposa, y ambas se clavaron miradas gélidas por largos ocho, nueve, diez segundos, y ninguna amagó saludar a la otra, y yo, tan tonto como siempre, no me di cuenta de nada y pasé al lado de mi ex esposa y su novio sin advertir su presencia, con lo cual quedé como un idiota o un patán, es decir confirmé ante ellos la fama que ya tenía.

Un momento particularmente curioso de la visita a Lima ocurrió el 24 por la tarde, en la misa de gallo privada que un padre amigo ofició para mi madre y la familia, en una capilla austera de un colegio de San Isidro. Yo llevaba muchos años sin asistir a misa, diría que quince o veinte años, sin exagerar, y puede que me quede corto; decidí que por amor a mi madre iríamos a su misa de gallo aun si no estábamos para nada seguros de ser creyentes; nuestra hija de cinco años, que no ha sido bautizada ni educada en rezar, y que sabe que sus padres son agnósticos, me preguntó ¿y por qué vamos a ir a misa, si no eres católico?, y yo le dije porque la misa es una obra de teatro que ha producido tu abuela, y nosotros vamos a actuar en ella para hacerla feliz, es una obra de apenas media hora, y nuestros papeles son menores, el único protagonista es el cura, y la gran estrella es mi madre; y entonces acudimos a la misa y nuestra hija Zoe fue un espectáculo porque respondió juiciosamente a las preguntas del curita amigo y se confundió en besos y abrazos a la hora de dar la paz y actuó maravillosamente su papel de niña piadosa nieta de su abuela santa, y cuando dieron la comunión no dudó en hacer la fila y pedir que le dieran la hostia, pero el cura le negó la comunión y Zoe se quedó tristísima, sin entender por qué no le habían dado un pedacito de ese pan sagrado que sí le habían ofrecido a sus primas mayores.

¿Cómo será mañana? Dormiré medicado hasta mediodía, almorzaré sin prisa con mi madre, me someteré a una rigurosa sesión de estiramientos y flexiones terapéuticas, visitaré a mi siquiatra en la calle Atahualpa de Miraflores (el responsable de que no me haya metido en política, un discreto héroe peruano que salvó a su patria de la catástrofe) y, cuando nuestra hija esté dormida, saldremos a comer con uno de mis hermanos, que estará de cumpleaños. Son, me atrevería a decir, las vacaciones perfectas: no hacemos gran cosa, salvo descansar y comer rico, y pasamos mucho tiempo con mi madre y la familia. Pero lo que tal vez las hace perfectas, redondas, inmejorables, es la certeza de que estamos solo de paso en Lima, y de que estos días sosegados, tan felices que parecen irreales, serán apenas un puñado, y enseguida volveremos a Miami, la ciudad que es ya nuestra casa.

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