Si el que menos cocido está de la mesa es el marisco, si ves pasar las botellas de vino como si les fueran persiguiendo un ejército de jarras de agua armadas con AK-47, y si acabas de descubrir que el amor de tu vida se oculta en el Departamento de Contabilidad, estás en la cena de Navidad de la empresa. No tienes ninguna razón real para acudir, pero como de todos modos acabarás yendo, quiero ofrecerte algunos consejos ancestrales, procedentes de la vieja sabiduría sobre estas prácticas que datan ya de los mayas, aquellos trabajadores mexicanos que iban a la oficina con pantalones elásticos ajustados y que se caracterizaban por escribir con faltas de ortografía.

Si no vas a leer el prospecto completo es mejor que memorices la madre de todas las instrucciones: lo único imprescindible durante la cena es que, pase lo que pase, logres mantenerte siempre en vertical y seas capaz de activar como un resorte el brazo derecho para tenderle la mano a cualquiera que te estén presentando, o que te parezca entre la bruma que te lo están presentando, o que esté lo bastante cerca como para que pudieran presentártelo si no tuvieras la cara color berberecho con toxina y si tus orejas no estuvieran emitiendo vapor de whisky contra la capa de ozono en plena COP25; que no significa que puedas tomar esa noche 25 copas sino que es el nombre que recibe la actual Cumbre del Cima.

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Dicen que la primera imagen es la que queda, así que esfuérzate en llegar a la cena como un pincel y no te atormentes si al regresar a casa llevas un gladiolo en la solapa del traje y un agujero enorme en el pantalón, de cuando a mitad de la noche le pegaste una calada al móvil y guardaste el cigarro encendido en el bolsillo. A saber. A medida que avanza la cena notarás una cadena de procesos milagrosos: el volumen de la conversación asciende de la nada al todo, los tímidos rompen a hablar, los feos se vuelven guapos, y los chistes del jefe empiezan a parecerte graciosos. Todo esto es obra del vino, una sustancia que no por casualidad los católicos bendecimos con frecuencia, por lo que no debería sentarte mal, siempre y cuando seas capaz de calibrar la diferencia entre beber vino y agotar la maldita reserva natural de uva del planeta.

Ante la evanescencia nocturna, tus jefes aparentan ser más cercanos y sustituyen su habitual carencia de escrúpulos por algún tipo de sentimiento, generalmente hacia el sexo opuesto. En ese clima puede nacer en ti la tentación de intentar conseguir un ascenso aprovechando la coyuntura, que se escribe con y griega y no con eñe. En mi experiencia de más de dos décadas observando a empleados imberbes queriendo mejorar su posición laboral en la cena de Navidad, tengo que confesarte que el único ascenso que he visto es el de Paco, que salió del karaoke al alba elevado a hombros por sus compañeros tras una inolvidable interpretación de Sufre mamón, título de Hombres G que resume con fidelidad lo que fue su vida en la compañía tras aquella colosal borrachera navideña, de la que se despertó en Nochebuena, atragantado con un polvorón, intentando aún decir “Pamplona”, para desesperación de amigos y allegados, que vieron el inicio de esta broma 14 días antes en la cena navideña de Microsoft, de la que todo el mundo salió con un pantallazo azul considerable y nadie quiso enviar el reporte del problema.

Por último, tampoco el día de la cena de empresa es el más recomendable para saques a pasear al donjuán que llevas dentro, si bien existe cierta controversia al respecto. En este sentido, los mayas estaban convencidos de que lo que pasa en la cena de Navidad, se queda en la cena de Navidad. Si bien, con la llegada de una nueva civilización, los millennials, lo que pasa en la cena de Navidad, se queda en el grupo de WhatsApp de la empresa, salta al grupo de WhatsApp de Colegas Majaretas, brinca después en formato video inédito al Instagram del primo de un cuñado, cruza la cena de Nochevieja de todo el país aupado por el Twitter de una ex de Gran Hermano que envía el mensaje bajo la euforia del champán, y abre finalmente el primer telediario del año junto con los asesinatos, las inundaciones y los atentados propios de esta época, de un modo tal que pronto podrán decir de ti aquello que dijeron de Juan Charrasqueado, que eras “valiente y arriesgado en el amor”. Y sin duda lo dirán. Como epitafio. Qué triste tu sino por no leer a este humilde columnista. ¡Con lo que tú ibas a ser antes de sacar a bailar a la mujer del jefe!

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