miércoles 9  de  septiembre 2026
OPINION

Los compañeros de ruta de la IA china

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

En la Rusia de los años 1920 circulaba una palabra que definía a un tipo peculiar de aliado. La palabra era poputchik y se traduce como compañero de ruta. León Trotski la aplicó a los escritores que acompañaban a la revolución sin afiliarse al partido. Por su parte, Lenin y sus sucesores entendieron pronto el valor de esa figura. El militante convence poco porque todos conocen su bandera, pero el compañero de ruta es persuasivo porque parece hablar por cuenta propia. El aparato de propaganda soviético, con organizadores como Willi Münzenberg, construyó redes enteras de intelectuales occidentales que elogiaban a Moscú sin recibir órdenes desde allí. No hacía falta pagarles ni adoctrinarlos porque, con que sus intereses y los del Kremlin, caminaron el tramo por la misma ruta.

Un siglo después la figura reapareció intacta en la carrera de la inteligencia artificial (IA) entre Estados Unidos y China. En esta contienda, los laboratorios estadounidenses líderes venden sus modelos cerrados, el cliente paga por usarlos y nunca accede a su interior. Los laboratorios chinos regalan modelos de pesos abiertos, es decir, sistemas que cualquiera descarga, examina y ejecuta en sus propias máquinas. Esa diferencia comercial generó, sin necesidad de ninguna conspiración, los incentivos que producen compañeros de ruta occidentales. Empresas y personas que no son prochinas, ni comunistas, ni nada parecido; simplemente ganan dinero si los modelos abiertos triunfan y, al mismo tiempo, los algoritmos abiertos que se imponen son chinos.

El caso más nítido es el de Clément Delangue, presidente de Hugging Face, la plataforma donde el mundo publica y descarga modelos abiertos. Delangue declaró en la cadena CNBC que China gana la carrera de la IA y que domina en algoritmos abiertos. Así, la cadena tituló con esa frase. Que Delangue tenga razón o no es discusión aparte; lo relevante es que el lector debía saber que el éxito comercial de Hugging Face depende del escenario que él describe, y ningún párrafo de la nota lo advertía. Hubo un agravante, porque la cobertura citaba como contexto una carta de empresas tecnológicas contra las restricciones a los modelos abiertos y omitía que Hugging Face figuraba entre las firmantes de esa misma carta. Así, el entrevistado promovía un documento que él firmó y el medio callaba el dato.

Esa misiva merece su propio análisis porque retrata al compañero de ruta corporativo. En julio de 2026, 25 empresas encabezadas por Nvidia, Microsoft, Meta y Palantir pidieron a los reguladores de Washington no restringir los modelos abiertos. Palantir vende software de defensa al Pentágono. Nvidia arma los chips que Washington intenta negarle a Pekín. Nadie puede acusarlas de simpatía ideológica por China. Pero los modelos abiertos multiplican las copias que terceros ejecutan en infraestructura propia y eso expande la demanda total de chips. A Nvidia le conviene ese mundo más que uno dominado por pocos laboratorios cerrados diseñando chips propios. El interés dicta la firma, y la prueba inversa está en las ausencias de OpenAI y Anthropic, quienes preparaban salidas a bolsa y viven de modelos cerrados.

El tercer compañero de ruta es el más peligroso porque es el mensajero mismo. Cuando la empresa china Moonshot presentó su modelo Kimi K3, la prensa financiera occidental tituló con estruendo y los medios repitieron que el modelo igualaba o superaba a varios modelos estadounidenses líderes. Así, el índice de semiconductores de Filadelfia cayó 10% en una semana y los laboratorios estadounidenses publicaron pruebas propias difundidas por la prensa. La diferencia fue de tiempo, los títulos y la ola de ventas llegaron antes de que los pesos del modelo fueran públicos, cuando la única fuente de las cifras era el propio vendedor y nadie fuera de Moonshot podía verificar nada. Pero casi ninguna nota lo aclaraba en su título. Entre tanto, meses antes ocurrió algo parecido con DeepSeek cuando un anuncio chino borró casi $600.000 millones de dólares del valor de Nvidia en un solo día. Parte de aquella caída se revirtió en los meses siguientes, cuando aparecieron las evaluaciones independientes.

¿Por qué el periodismo omite la advertencia? Porque la advertencia destruye el producto. Un título diciendo que China alcanzó la frontera de la IA, vende clics y mueve mercados. Un encabezado comunicando que una empresa china afirma, según sus propias pruebas no verificadas, haber alcanzado la frontera, vende mucho menos. La advertencia le resta dramatismo a la nota y credibilidad relativa al medio que la publica frente al que no avisa. El incentivo económico de la redacción coincide entonces con el incentivo del promotor. El medio se vuelve compañero de ruta sin que ningún editor lo decida en voz alta.

Lord Palmerston, dos veces primer ministro británico, lo resumió en 1848 ante el Parlamento cuando dijo que Inglaterra no tenía aliados eternos ni enemigos perpetuos, solo sus intereses eran eternos y perpetuos. La frase explica al compañero de ruta mejor que cualquier teoría de la propaganda. Delangue, Nvidia y el editor que titula con estruendo no aman a China. Cada uno persigue su interés eterno y ese camino cruza hoy por Pekín. Hace 20 años esa ruta pasaba por Silicon Valley y antes llegó a otros lugares. Los compañeros de ruta cambian de destino con una facilidad que las ideologías nunca conocieron.

Por lo tanto, ante cada declaración estruendosa conviene preguntar quién habla, de qué vive el que habla y qué gana si la audiencia le cree. La información sin esa pregunta previa es sólo publicidad que viajó de incógnito.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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