Aunque Amanda Ros, mi querida madre, falleció en 2011 por causa del alzheimer, la tengo presente cada día de mi vida. Ella nació en Cuba y se casó con mi padre, Enrique, a la edad de 19 años. Su vida de 84 años fue vibrante, pero con una enfermedad degenerativa como el alzheimer, le fue robado el recuerdo de su querido papel como matriarca de nuestra familia. En sus últimos años, ver a mi madre viviendo con esa enfermedad todos los días fue desgarrador. Todos sabemos los dolorosos efectos que nuestros seres queridos enfrentan porque esta enfermedad destruye las células cerebrales y causa la pérdida de la memoria, produce comportamientos erráticos y disfunciones corporales. Anula lenta y dolorosamente la identidad de una persona, su capacidad de conectarse con los demás, pensar, comer, hablar, caminar, encontrar el camino a casa. Después de haber perdido a mi madre debido a complicaciones del alzheimer, estoy muy familiarizada con la forma en que afecta no solo al paciente, sino también a sus seres queridos y cuidadores.

La importancia de mi experiencia no es única. Más de 5,7 millones de estadounidenses viven con esta enfermedad, incluido medio millón de floridanos. En mi estado de la Florida, más de 1 millón de cuidadores atienden a unas 520.000 personas que viven con esta enfermedad devastadora. En todo el país, esas cifras se elevan a 15 millones de cuidadores que cuidan a más de 5 millones de estadounidenses que padecen Alzheimer.

Cada 65 segundos, alguien en los Estados Unidos sufre el mal de Alzheimer. Es la sexta causa de muerte en los Estados Unidos, matando a más estadounidenses que el cáncer de mama y próstata. Es la única enfermedad entre las 10 principales causas de muerte en los Estados Unidos que no puede prevenirse, o curarse. Por muy preocupantes que sean estos números, las estadísticas del efecto del alzheimer en las mujeres son realmente sorprendentes. Casi dos tercios de los estadounidenses con alzheimer son mujeres. El riesgo estimado de una mujer de desarrollar Alzheimer a los 65 años de edad, es uno de cada seis.

Ante esta realidad tenemos la obligación de apoyar a los pacientes de alzheimer y a sus seres queridos. Afortunadamente, hay esperanza. En 2016, el Congreso aprobó un aumento histórico en el apoyo a la investigación del alzheimer. Soy una orgullosa patrocinadora del proyecto de ley HOPE para alzheimer para apoyar a las personas que cuidan a las personas con Alzheimer. No obstante, encontrar el tratamiento adecuado para esta enfermedad requiere un mayor nivel de compromiso. Sin avances médicos para prevenir o curar la enfermedad, el alzheimer robará millones de vidas y miles de millones de dólares a nuestro país en la próxima generación. Invertir de una manera adecuada en investigaciones para detener esta enfermedad es la única forma de reducir estos números.

Quiero agradecer a quienes trabajan todos los días para curar el alzheimer y agradecerles por mejorar el bienestar del paciente y el de sus cuidadores. Debemos continuar creando conciencia sobre el alzheimer y abogar por la necesidad continua de más fondos para luchar contra esta enfermedad devastadora antes de que cobre más vidas, como la de mi madre.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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