miércoles 13  de  mayo 2026

Mi padre

Hemos tenido, como todos los hijos con sus padres, momentos en los que nos hemos peleado y nos hemos dicho cosas horribles y hemos dejado de hablarnos

Mi padre es una de las personas más tranquilas que conozco. No se mete en líos, no quiere conquistar el mundo. Lo único que quiere es echarse en su sofá reclinable y ver televisión, leer un libro, ir al cine solo y ver una película. Mi padre no me escribe nunca. Él espera que yo le escriba. Puede pasar una semana, puede pasar un mes sin que le escriba y él siempre me espera pacientemente. Nunca me escribe una línea desesperada. Ya no me regaña. Me deja ser y si hay algún tema espinoso lo esquiva contándome que vio esta película y esta otra y nunca parece tener apuro por venir a visitarme, y todas esas me parecen muestras de infinita paciencia y sabiduría por su parte. Lo quiero más por eso. nPero no siempre nuestra relación fue feliz. Hemos tenido, como todos los hijos con sus padres, momentos en los que nos hemos peleado y nos hemos dicho cosas horribles y hemos dejado de hablarnos y quizás hemos deseado no conocernos y ser desconocidos. Yo me he ido de mi casa varias veces. Él ha llamado a mi novio de entonces y le ha dicho con absoluta calma y firmeza, sé que está contigo, si no viene en cinco horas, llamaré a la policía. Mi padre ha escondido botellas de vodka debajo de los sofás de la sala, en los muebles de los baños, me ha señalado con el dedo y me ha dicho si sigues así, no serás nunca nadie, no vas a llegar ninguna parte.
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Y todo lo he olvidado, lo olvido todo el tiempo cuando me encuentro siempre en sus maneras tranquilas, en sus bajas ambiciones, en su educada manera de evitar el conflicto. Con los años, se ha convertido en un hombre al que he terminado admirando. Como dirían los argentinos, es un copado. No me jode nunca. Y no joder a los demás es un gran mérito. Es como si el tiempo y sus estragos hubieran ido derrotando sus vicios, haciéndolo comprender que es mejor estar tranquilo, no hacer que el barco se mueva, dejar el timón en manos de otra persona y disfrutar del viaje en algún cuarto tranquilo, viendo televisión. n

Recuerdo un momento crucial en nuestra relación. Yo estaba saliendo con un hombre veinticuatro años mayor que yo. Ahora es mi esposo, pero en ese momento no lo era y todo indicaba que nunca lo sería. No se lo conté porque supongo que los hijos no hablamos de esos temas con nuestros padres, en realidad no se lo había contado a nadie, ni siquiera a mis amigas más cercanas. Teníamos poco más de un año de relación clandestina y uno de nuestros encuentros fue en Miami. Yo había ido a visitar a mi hermana, con mis padres, él entonces vivía solo en esa ciudad. Me fui a escondidas y nos vimos en un hotel. En realidad fuimos antes a muchos otros lugares y fue un día inolvidable, quizás fue uno de esos días en los que sientes que tu vida va a cambiar pronto. Ese día sentí que ese hombre y yo no íbamos a ser siempre amantes furtivos. Fue mi cara de niña y su fama lo que hizo que en Lima alguna gente lo supiera. Y fue la ex esposa de mi padre quien se lo contó (quién mejor que un ex para dar las u201cmalas noticias u201d), así, un día en el club, a quemarropa: Tu hija se está acostando con Bayly.
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Mi padre llegó a la casa comprensiblemente alcoholizado, pero con ganas de hablar conmigo. Yo estaba metiendo mi ropa a la lavadora cuando vino y me lo dijo, de una: u00bfEso es verdad? Me quedé helada. Su mirada no me dejó mentirle. No pude mentirle. Y creo que hice bien.
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Le dije es una larga historia. Lo llevé a mi cuarto y así, borracho como estaba, sin saber cómo lo iba a tomar, si estaba en condiciones para comprenderme, jalé una silla y se lo conté todo. Cómo nos habíamos conocido, cómo una cosa llevó a la otra y al final recuerdo que le dije: pa, lo quiero. No sé como va a terminar esta historia, pero lo quiero. Es todo lo que puedo decirte. n

Y él, me miró resignado, con cierto dolor en los ojos, porque ahora que soy madre entiendo su preocupación. Él entonces no conocía a mi esposo y estoy segura de que tenía miedo de que yo saliera herida. Movió la cabeza de un lado a otro y me dijo: no hay nada que yo pueda hacer, me molesta haberme enterado así, pero si es lo que tú quieres, está bien, pues. Pues. Ese pues después de cada frase suya es casi como un sello. n

Y desde entonces mi padre se ganó mi respeto para siempre. Creo que fue ese momento en el que me dejó ir. Nunca más una pregunta sobre nada. Cuando ciertas noches yo me iba y no volvía hasta tarde y estaba claro que no había estado en una discoteca, él mantenía prudente silencio.
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Unos meses después le dije: voy a ir a su programa de televisión. Me dijo: confío en ti. Nada más. Qué grande mi padre. Aún así creo que mi lengua libertina lo hirió y me dejó ir de nuevo, porque después de esa entrevista me fui de la casa y él no pareció oponer resistencia. Me volvió a dejar ir y lo querré siempre por eso. n

Por eso, yo me veo en mi padre. En su afición (ya olvidada) a la cerveza. En sus líneas comedidas. En su afición a los libros, a las películas, a estar en paz, a decir no me jodan, no quiero hablar con nadie, y si hay algo que me incomoda yo me siento aquí, en esta esquina en silencio, a mirar mi programa preferido o a leer este libro que está estupendo.

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