En una hora en la que se destronan memorias que se dice ofenden, y se opta por la orfandad sin destino, nos sirve a los venezolanos, dado que la nación se nos ha disuelto entre las manos y vuelto diáspora, revisitar las enseñanzas de nuestros orígenes.

Lejos de la cautivante expresión metafórica de Vasconcelos acerca del mestizaje cósmico, los grandes modeladores de nuestra experiencia de sincretismo, gústenos o no, han sido la religión como el arraigo en la geografía, en la localidad. Son los factores dominantes y el asiento de nuestra inteligencia como nación y de sus valores; imprescindibles a la hora de hacernos república, hasta que la república secuestró a nuestra nación y le cambió el rostro para aproximarlo a su molde épico y cesarista actual, probablemente tomado del tiempo de la conquista.

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Respecto de lo primero que incidirá en lo segundo y viceversa, cabe reseñar que “en la obra de evangelización de Venezuela corresponde la mayor parte a los hijos de San Francisco, en sus dos ramas de franciscanos y capuchinos, … y la ciudad de Caracas, convertida por entonces en capital de la Provincia de Venezuela bajo el gobierno de don Juan Pimentel (1576-1583), será también la base principal para las actividades” de estos en el país. El libro del misionero Froilán de Rionegro, Misiones de los Padres Capuchinos en Venezuela, editada en 1918, es rico y aleccionador al respecto.

Ocurrido el descubrimiento, superado el tránsito de la conquista, llegado el tiempo colonial, el boceto de la nación que fuimos, por lo visto, era abiertamente doctrinero. Allí reside lo que he llamado «La mano de Dios» en obra silvestre; desasida, eso sí, del peso formal episcopal que se reduce en América sólo a las grandes ciudades virreinales, que no era nuestro caso.

Pero la huella intelectual sobre la tierra va en paralelo, tal y como lo señala Izaskun Landa al estudiar el “Urbanismo de los pueblos de indios de la región de Caracas en los siglos XVII y XVIII”: “[…] fue realizado conjuntamente por las autoridades civiles, quienes delimitaban las tierras y jurisdicción del poblado y trazaban la retícula urbana y las eclesiásticas, que definían la implantación y características del conjunto religioso que incluye el templo”. Estas fundaciones fueron distintas, a todo evento, a las llevadas a cabo por muchas órdenes religiosas que “crearon numerosos pueblos de misión en la vasta región de los llanos provinciales a partir de la segunda mitad del siglo XVII.”

Los pueblos de indios – o los de doctrina – fueron el resultado de políticas metropolitanas dirigidas a reducir la numerosa y muy dispersa población aborigen, dice Landa; “situación que impedía la implantación de las formas de ocupación territorial hispánica, dificultaba la explotación económica de las minas y las plantaciones que requerían la concentración de la mano de obra y además actuaba como barrera para catequizar al aborigen”.

Los indios de nuestra Provincia, Venezuela, al encontrarlos los misioneros – nunca hicimos parte de las grandes civilizaciones originarias, como las México o el Alto Perú – vivían, como se dice, more paecudum, dispersos y atomizados, regados por las selvas; pues los hijos no se sujetaban a sus padres, “ni estos se atreven a sujetarlos, ni castigarlos, porque no se venguen después de ellos, como lo ejecutan”. “No tienen Caciques, sólo hay entre ellos algunos capitanes, que, por ser valerosos, se sacrifican por todos en las guerras que tienen entre sí, unas parcialidades contra otras”, revela la crónica.

El vehículo de inculturación lo es, al cabo y, por ende, la radicación, la localización o arraigo, tanto como el modo de formación de una ciudad; al punto que se consideraba delito entonces transgredir el mandato de poblamiento y sus reglas fijadas por la legislación de Indias. Ese fue, en suma, el verdadero sello de la conquista y la colonización nuestra, como lo reseña Horacio Biord Castillo (“Inserción colonial temprana y transfiguración étnica: Los aborígenes de la región Centro-Norte de Venezuela, 1560-1625”), al señalar que “la evangelización de los indígenas fue una de las racionalizaciones fundadoras de la conquista... Lejos de ser una simple excusa para legitimar esta y justificar enajenaciones, destrucciones e imposiciones culturales, esta racionalización era también un sentimiento sincero en muchos conquistadores”.

Obviamente, surgen entre nosotros fenómenos de radicación distinta y no por ello culturalmente rupturistas, como puede ser la de las mismas encomiendas, que “implicaron desplazamientos forzosos de la población indígena, debido a los intereses particulares de cada encomendero” y para los requerimientos de mano de obra”.

En ese tiempo, quienes buscaban desasirse de la sujeción conquistadora o colonial “se retiraban a áreas que constituían «regiones de refugio», como retiradas tácticas o de supervivencia hasta verse diluidos. Así los centros urbanos eran los espacios del conquistador hispánico y las zonas periféricas, en cambio, las de los indígenas. Y mediante esta estrategia estos podrían conservar márgenes de autonomía cultural...”. Desde allí, puede decirse, que ocurre o nace la diferenciación que se profundiza durante las centurias sucesivas entre lo urbano y lo rural; si bien, el primer efecto social de las encomiendas pudo ser el de las separaciones dentro de éstas de las mismas naciones indígenas, ya dispersas en Venezuela, tal y como refieren distintos autores.

Sea cual fuere la realidad de lo anterior, razonable bajo las exigencias de la conquista y el poblamiento de Venezuela, lo cierto es que “nunca un país había fundado tantos pueblos, villas y ciudades en un territorio tan grande, en un período de tiempo tan corto, y en una forma tan regular y ordenada como lo hizo España en América”, apunta Allan R. Brewer Carías, uno de nuestros más acabados estudiosos de la Ciudad Ordenada. Y esta, por requerir normas de convivencia y valores familiares y comunitarios, son las que nos dieron el talante político que hace posible la Emancipación a partir de 1810.

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