La investidura presidencial marca el comienzo oficial de un nuevo periodo gubernamental de cuatro años y el presidente electo o reelecto toma juramento para asumir el control de las funciones inherentes al cargo.

La 20ma. Enmienda de la Constitución de Estados Unidos especifica que el periodo de cada presidente electo empieza a mediodía del 20 de enero, tras la confirmación de la elección presidencial.

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Según la Biblioteca del Congreso del país, hasta la ratificación de esta enmienda en 1933, el día oficial para celebrar la toma de posesión presidencial era el 4 marzo.

“El primer presidente de Estados Unidos, George Washington, no fue investido hasta el 30 de abril, aunque el Congreso proclamó la primera toma de posesión para el 4 de marzo de 1789, pues no se pudieron contar las papeletas electorales tan pronto como se había anticipado. En consecuencia, la primera toma de posesión se pospuso para que el Presidente electo tuviera tiempo de realizar el largo viaje desde su hogar en Virginia hasta la capital de la nación en la ciudad de Nueva York, luego de que el primer Congreso Federal se reunió en el Federal Hall de esa ciudad y subsecuentemente en Filadelfia, mientras se esperaba la construcción del Capitolio en Washington”.

Con el paso de los años, se hizo costumbre que miles de personas participaran de las celebraciones en el Capitolio y sus alrededores conocidos como The National Mall.

Sin embargo, el panorama este año es totalmente diferente por no decir desolador.

La ceremonia de juramentación de Joe Biden marcará un hito en comparación con la toma de posesión de otros mandatarios que le precedieron.

Este año no hubo entradas para el público, en parte por las restricciones para controlar la propagación del coronavirus, pero además por el exceso de seguridad nunca antes visto en la ciudad, como respuesta a los disturbios sin precedentes que tuvieron lugar hace unos días en el Capitolio estadounidense.

Mientras la nación se prepara para recibir a un nuevo equipo en la Casa Blanca y el Congreso se apresta para iniciar un proceso de juicio político para el presidente saliente Donald Trump, el FBI advirtió de la posibilidad de que grupos armados podrían interrumpir la toma de posesión de Biden.

La presencia de unos 25.000 miembros de la Guardia Nacional procedentes de todo el país para respaldar al Servicio Secreto y a la policía ha ayudado a crear una atmósfera irreal y tensa en la ciudad.

¿Pero cómo responde el mayor promotor de la democracia en el mundo, cuando es su propia democracia la que parece estar amenazada por divisiones internas?

“Los republicanos y los demócratas están más divididos en términos ideológicos, y la antipatía partidista es más profunda y extensa, que en cualquier momento de las últimas dos décadas. Estas tendencias se manifiestan de múltiples formas, tanto en la política como en la vida cotidiana. Y una nueva encuesta con 10.000 adultos en todo el país encuentra que estas divisiones son mayores entre aquellos que están más comprometidos y activos en el proceso político” sostuvo un reporte del Centro de Investigación Pew ya en 2014, lo cual da cuenta de una problemática de larga data.

La Cámara de Representantes, bajo el liderazgo de Nancy Pelosi, espera la venia del Senado para encauzar el juicio político en contra de Trump, pero en los círculos políticos washingtonianos existe el temor de que este proceso contribuya a dividir aún más al país, y es que no hay duda de que el mandatario saliente tiene millones de seguidores devotos que ven la sucesión de Biden como una “traición”.

Según Rachel Kleinfeld de Carnegie Endowment for Democracy en Washington, la polarización atenta contra la democracia desde adentro.

“No es noticia que Estados Unidos enfrenta una polarización partidista severa. Pero esta polarización no se trata principalmente de políticas. De hecho, la mayoría de los estadounidenses están de acuerdo en muchos trazos de la legislación sobre el aborto, la inmigración y las armas. En cambio, apoyan a su partido y odian al contrario sin apenas afiliación a las políticas partidistas, lo que no es otra cosa que un tribalismo emocional conocido como polarización afectiva”.

No hay duda de que Biden liderará una nación profundamente polarizada que enfrenta desafíos históricos, por eso será vital para su administración, mantener en su mensaje de unidad y colaboración en democracia, más allá de las líneas partidistas.

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