A dos acaudalados estadounidenses les ha tocado aprender que gobernar un país no es lo mismo que manejar un negocio. Y es que tanto el presidente Donald Trump como su exsecretario de Estado, Rex Tillerson, han sido víctimas del mismo error de cálculo.

Por ejemplo, el presidente Trump es el primer mandatario estadounidense que proviene del mundo de los negocios sin previa experiencia en las artes de la gestión pública, pues predecesores como George W. Bush o Dwight Eisenhower o bien habían pisado antes el terreno político o poseían destacadas carreras en el mundo militar.

En el caso de Tillerson, sus cualidades de negociador internacional en el mundo energético al frente de Exxon Oil le aseguraron el nombramiento como secretario de Estado, calculando que su experiencia empresarial beneficiaria la agenda diplomática internacional de Estados Unidos.

Trump igualmente pensaba que gobernar Estados Unidos sería el equivalente a desempeñarse como el presidente de un consejo, pero la rutina de trabajo en la Casa Blanca es inmensamente más compleja y por supuesto altamente política.

Como cabeza de un imperio de bienes raíces, Trump podía tomar decisiones rápidas y esperar que se ejecutaran sin mayores contratiempos, pero como presidente cada medida que toma tiene consecuencias para su país, la ciudadanía, cada empresa e industria y la economía , así como los aliados y socios de Estados Unidos en el resto del mundo.

Para Tillerson, el Departamento de Estado se convirtió en una extensión de Exxon.

Según un artículo del medio de prensa Político, el otrora presidente ejecutivo de la compañía internacional de petróleo y gas más grande del mundo invitó a consultores privados al Departamento de Estado para que elaboraran estrategias y planes de reestructuración para convertir la Secretaría de Estado en una organización eficiente que obtuviera los máximos beneficios.

Para un expresidente ejecutivo de una de las compañías más influyentes del mundo, eso probablemente tenía sentido pero al momento de ser despedido por Trump, el Departamento de Estado había perdido brillo e influencia, dado que muchos de los principales puestos diplomáticos seguían sin nombramientos y las opiniones de Tillerson sobre cuestiones cruciales de política exterior estaban siendo ignoradas por el Presidente.

No hay duda de que es importante que un secretario de Estado se conduzca de manera que la relación calidad-valor se refleje en máxima eficiencia y efectividad, según dicta la lógica empresarial.

En todo caso, Tillerson, incluso con el beneficio de todos las asesorías privadas que contrató, a un costo de 12 millones de dólares, según Político, dejó el Departamento de Estado con menos capital profesional que cuando se unió a él.

Según la Asociación Estadounidense del Servicio Exterior, las solicitudes para trabajar en el Servicio Exterior cayeron en un 50%, mientras el 60% de los diplomáticos de carrera de alto rango renunciaron durante el mandato de Tillerson, a quien se le considera uno de los peores secretarios de Estado.

Por el otro lado, Trump, tan acostumbrado a construir su imperio inmobiliario, continúa actuando como un hombre con el corazón y la mente puesto en los negocios, dejando en claro que le disgustan todos esos muros de oposición política que le han hecho perder a muchos de sus aliados en el Partido Republicano y que lo exponen a un intransigente Partido Demócrata que constantemente desafía sus ideas.

Su experiencia más frustrante dentro de la Casa Blanca ha sido la pérdida de muchos de los miembros clave de su "junta", quienes se han ido o han sido despedidos.

En un negocio, la destitución de tantos "directores" tendría un impacto desastroso en la compañía y en el precio de sus acciones e incluso podría arrojar dudas sobre la efectividad del director ejecutivo.

Ahora con Tillerson fuera del Departamento de Estado, el exdirector de la CIA y exmiembro de la Cámara de Representantes Mike Pompeo seguramente marcará distancias con la gestión del exdirector de la petrolera, rodeado de consultores privados y en un nuevo rol podría ayudar a recuperar la confianza en la política exterior de Estados Unidos y garantizar su papel en el mundo como agente clave para la paz.

Manejar un negocio es sin duda una experiencia valiosa, pero como Trump y Tillerson han aprendido, también podría ser un gran limitante cuando se cruza con el mundo de la política.

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