Los méritos de Miami Dade College ocurren de manera mancomunada. Somos esa gran familia consciente de la importante labor que desempeñamos en la comunidad. Cuando se premia a un integrante de nuestras filas, todos nos damos por aludidos.

Debido a lo cual, hace poco más de una semana, rendimos tributo a trabajadores del College que cumplen 10, 20 y 30 años laborando incansablemente por el futuro de las nuevas generaciones. Escuchando lo que allí se expresó de cada cual, se revela la esencia de una filosofía inquebrantable: el derecho universal a la educación superior.

Todos se sintieron parte de una suerte de ADN educacional, donde la idea esencial es que el alumno en potencia labre su camino al futuro, sin entrar a considerar procedencia social, raza, ingresos económicos o cualquier otro componente de la diversidad que, en Miami, es un modo de vida. Se trata de una operación de inclusión, en ningún caso de exclusión.

En medio de ese fervor y alegría, luego de nuestras graduaciones, donde los resultados de tan incansable cruzada se hacen ostensibles, sobre todo entre personas que son los primeros en sus respectivas familias en obtener un diploma universitario y que si no fuera por nuestra alternativa segura, posiblemente no lo hubieran alcanzado, me llega la información de que tres estudiantes de nuestro prestigioso programa Honors College, recién llegados de Cuba, donde habían agotado sus esperanzas, acaban de ser aceptados en MIT, centro de educación superior de la más alta categoría.

La narrativa de este hecho vuelve al porqué del MDC. Personas sumamente humildes, desesperanzadas por razones harto conocidas en su país de origen, reciben el más grande premio a sus esfuerzos y talento, lo cual no es una excepción, sino la regla en nuestros predios.

En medio de esta celebración múltiple, me leo una columna en el periódico The New York Times, escrita por un profesor de periodismo de Boston University que intenta, de cierta manera, refutar la idea de que un diploma universitario sigue siendo la vía segura a una vida de prosperidad. El educador se hace de unas encuestas y algunas especulaciones donde se infiere que el asunto descansa más en clase social y raza.

Claro que nuestra experiencia en MDC, luego de poco más de medio siglo de funcionamiento, me hace discrepar activamente de su reflexión. A diferencia de otras instituciones, nosotros mantenemos un estrecho vínculo con el mercado laboral de la comunidad, respondemos a sus necesidades, y noto que este punto no figura en la columna aparecida en el diario neoyorquino.

Otras de las razones que se aducen para disminuir la importancia de un título universitario en la actual circunstancia económica, es que está ocurriendo algo así como una sobreproducción de profesionales preparados para responder a la demanda tecnológica.

En ninguna circunstancia una afirmación semejante, que no me parece muy fundamentada, se refleja en nuestra comunidad, muy por el contrario. Esa saturación no ocurre en el condado Miami-Dade. A veces hemos perdido oportunidades por no contar con la fuerza laboral preparada. Un alto porcentaje de los graduados del MDC encuentra lugares prominentes en el mercado laboral, donde enseguida suelen ir escalando niveles de excelencia.

Es un hecho conocido, no somos una fábrica de diplomas, sino de oportunidades, de progreso, de alternativas. No tengo cargo de consciencia a la hora de refutar al colega, realmente, que se dé una vuelta por Miami para que disfrute nuestra realidad académica y su relación con el ámbito laboral.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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