Los estrategas republicanos ya deben tener bien claro que el peor enemigo de la campaña de reelección del presidente Donald Trump no es otro que el propio presidente Donald Trump.

Trump es en sí un fenómeno mediático y solo concibe su mundo como un reality show, así le ha funcionado hasta ahora y nadie ha conseguido cambiar su estilo en los últimos cuatro años.

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El Presidente se debe a la prensa: a la buena, a la mala, a la de derecha o de izquierda.

Más que el impacto o las consecuencias que pudieran tener sus decisiones, pareciera que al Presidente lo que le preocupa es cómo lucen en las pantallas de nuestros televisores y computadoras. Trabaja por y para la prensa, cada uno de sus actos están sopesados delante de una cámara.

La prensa también tiene en Trump a su ficha más importante, la llegada del Presidente a la Casa Blanca ha sido un reverdecer de los medios. El que dude, que mire los números de CNN o del Washington Post. Crecieron exponencialmente en la medida que comenzaron las diatribas con Trump.

Así que esta eterna bronca de fake news y acusaciones de ambas partes tiene también un coeficiente de mercado: es la forma de llegar a más personas, es el método perfecto para vender más.

Ninguna cadena de noticias se puede dar el lujo de excluir a Trump de su bandeja diaria y Trump no puede prescindir de tirarle constantes dardos a la prensa, aun cuando los lances no tengan sentido. Así funciona y así lo esperan los consumidores de todas las latitudes, de todos los partidos.

Pero en función de las elecciones, esta fórmula es contraproducente para la campaña de reelección. Esos mensajes y posiciones extremas del Presidente satisfacen a su base, que ya está decidida a votar por él, pero no le mueven el piso a los indecisos, ese sector que ahora mismo es quien decide si se queda o no en el despacho oval.

Trump parece no entender que ya es el Presidente y que lo que funcionó hace cuatro años no sirve para esta nueva encomienda.

Objetivamente, pese a las encuestas, Trump tiene las de ganar en la votación de noviembre: Es el presidente en funciones, lo que implica una gran ventaja, tiene incólume su respaldo, sabe acelerar al final, sobre todo en los debates, y los rivales demócratas no consiguen generar una ola que le ponga en peligro.

Mas el Presidente arrastra en su contra la sorpresa de la pandemia, el descalabro económico que ya toca a la puerta y que nadie puede evitar, y la crisis social desencadenada por el asesinato de George Floyd, transformada en un monstruo de cien cabezas contra el que no le queda otro remedio que luchar a brazo partido.

A este escenario hay que agregarle los traspiés que el propio presidente Trump se pone a cada rato y que dejan mal parados a todos los miembros de su equipo.

El recién nombramiento de un nuevo jefe para la campaña por la reelección ha dado sus frutos inmediatos. Bill Stepien no ha titubeado en enmendar lo que esta mal y lo que evidentemente no funciona, aun cuando para el público esto represente un mensaje de duda o rectificación.

Stepien no le dice al Presidente lo que este quiere escuchar, el hombre es consecuente a su objetivo de prorrogar por otros cuatro años el mandato de Trump y para ello asume la cuota de riesgo que le corresponde.

Un ejemplo es la decisión tomada la pasada semana de suspender todos los anuncios televisivos de la campaña para redireccionar su mensaje.

También es loable su esfuerzo por acercar al Presidente a las minorías, los inmigrantes y los sectores sociales de menos ingresos, con mensajes que tocan el lado humano y no el discurso político habitual.

Pero Stepien tiene poco tiempo para enmendar el rumbo y desaprovecha mucha energía luchando contra las inesperadas salidas del Presidente. Es que Trump funciona como el doctor Jekyll en el despacho oval, pero se transforma en Mr. Hyde cuando se queda solo en su habitación: La Casa Blanca le arrebató el tema de inmigración a los demócratas y les dejó sin una de sus principales lanzas al dar marcha atrás a sus decisiones sobre DACA.

Boquiabiertos quedaron todos los analistas cuando el ejecutivo abrió nuevamente la posibilidad de que los inmigrantes que llegaron siendo niños legalizaran su status migratorio. Pero unos días después de este romance inesperado, el Presidente echa todo por tierra con un memorándum en que limita las inscripciones a solo un año y solo para renovaciones.

Otro ejemplo es el de la doctora Stella Immanuell, a quien el Presidente celebró por sus declaraciones a favor del uso de la hidroxicloroquina, sin percatarse que se trataba de una persona que promueve ideas absurdas como que hay reptilianos controlando el gobierno de los Estados Unidos, (incluido el gobierno de Trump), que el aborto y el matrimonio homosexual son parte de un plan de los iluminatis para destruir al mundo, que tener sexo con demonios durante el sueño provoca abortos espontáneos, o que se está creando una vacuna para acabar con la religión.

La campaña de Trump necesita bloquear este lado absurdo del Presidente para centrarse en problemas como las críticas al trabajo contra el coronavirus, la ausencia del mandatario a los funerales de un importante luchador por los derechos civiles y la crisis entre sus estrategias de nuevo tipo y las estrategias de los republicanos tradicionales.

Es inminente que alguien asuma el papel de “madre”, alguien capaz de entrar a la habitación de Trump y apagarle el televisor que le desvela y quitarle el teléfono celular desde donde lanza a diestra y siniestra sus dagas, sin importarle que muchos de esos cuchillos afilados terminen rebotando y clavándose en su propia piel. Limitando su acceso desmesurado a las redes sociales estarían cubriendo el espejo mágico que se ha inventado el Presidente donde cada madrugada se contempla más grande, más fuerte, más imbatible.

Mandándolo a dormir temprano le estarían haciendo un favor a él, a su campaña, a su equipo. Le estarían escondiendo el tambor de hojalata con el que repiquetea de forma estridente, a lo Gunter Grass, para convencerse de que siempre tiene la razón.

Porque dudar de vez en cuando, o repensar antes de presionar la tecla de “send” le vendría muy bien al Presidente y a todos los que se mueven en su entorno.

Pero… ¿Quién le pone el cascabel al gato?

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