Si algo ha dejado de manifiesto el primer periplo mundial del presidente Trump es la enorme diferencia entre los pensamientos de millones de estadounidenses y la realidad política mundial.

Trump, mal que les pese a muchos, llegó a la Casa Blanca porque decía lo que piensan muchísimos de sus conciudadanos. La NATO ha sido quizá el ejemplo más claro en este viaje. Concebida inicialmente por los británicos para mantener su imperio manteniendo “a los americanos dentro, a los rusos fuera y a los alemanes abajo”, acabó cristalizando en una alianza militar destinada a cercar a la URSS varios años antes de la creación del Pacto de Varsovia.

Así, en lugar de consolidar el poder británico, la NATO ha servido de instrumento para consagrar la hegemonía de Estados Unidos en Europa. A pesar de todo, también reportó no pocos beneficios a las naciones europeas. El poder liberar sus presupuestos de buena parte de los gastos militares abrió la puerta para que los mejores sistemas de pensiones, de sanidad y de educación surgieran al oeste de Berlín y no al norte del río Grande. De esa manera, aunque fuera en diferentes escalas y niveles, la NATO reportó ventajas a ambas partes.

Como la finalidad fundamental no era el cortar el paso al comunismo sino articular un proyecto hegemónico, la NATO ha seguido existiendo y ampliándose después del desplome soviético asegurando así que Estados Unidos mantenga la dirección de la geo-estrategia del continente europeo.

De hecho, los costes de la NATO son diez veces superiores a los que Rusia dedica a la defensa por lo que habrá que concluir que o los rusos tienen poderes sobrenaturales que justifican ese despliegue de gasto o se pretende algo más que defender a Europa de la más que improbable intervención del Kremlin.

Esto resulta tan evidente que demócratas y republicanos por igual no han pretendido jamás que Europa pague la parte alícuota del gasto de la NATO y no lo han pretendido porque saben que Europa aporta el terreno para las bases militares y los silos de armamento nuclear aparte de ser el posible campo de batalla y la primera que se llevaría los golpes en caso de una –¡Dios no lo quiera!– confrontación bélica.

Sin embargo, Trump no es demócrata ni republicano. Es un hombre del pueblo llano, con cierto éxito en el mundo de los negocios y convencido de que la política de Estados Unidos sólo se mueve por impulsos generosos e idealistas, de que los elevados costes los pagan los ciudadanos y, por lo tanto, de que lo menos que podrían hacer los europeos es rascarse el bolsillo en la parte que les corresponde.

Su visión no resulta extraña porque en pocos lugares he visto a gente más noble y desinteresada que en Estados Unidos. Pero una cosa es lo que anida en el corazón de ciertas personas y otra, la realidad. Al irrumpir en Europa como un sencillo montador de Detroit, un humilde granjero de Arkansas o un poco sofisticado hillbilly de Kentucky, Trump ha llevado a recordar, por un lado, que, salvo polacos y estonios, la mayoría de los europeos no vería con pesar la desaparición de la NATO y de las bases militares estadounidenses; y por otro, a preguntarse si la Unión Europea no debería ser más independiente de Estados Unidos.

Así se ha manifestado la germana Angela Merkel mientras el francés Macron se apresuraba a recibir en su residencia oficial a Vladimir Putin. Lo dicho: un elefante en una cristalería.

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