Esto apesta. Este lugar te atrapa, pero de verdad. Creo que en la puerta del almacén, al fondo del lúgubre pasillo, guardan a los clientes que han muerto de inanición, después de quedar sus codos pegados a la barra para siempre, en la salud y en la enfermedad, en el almuerzo y en la hora de cenar. La barra de este bar se jacta de ser el arquetipo de lo castizo pero solo porque está untada con una sustancia química parecida al liquen, pero a un liquen pasado por la freidora.

En las últimas décadas hemos retrocedido en muchas cosas pero a cambio casi habíamos logrado erradicar los restaurantes cochinos. Al hípster hay que agradecerle haber puesto de moda la higiene, rescatándonos de los aromas grumosos y radiactivos del rollo grunch que importamos en los 90. En el camino perdimos a los camareros de uniforme acartonado y ganamos a una legión de calvos con barbas enormes, en los que, de no ser por la obsesión higiénica, anidarían todo tipo de animales exóticos. Pero lo cierto es que sus bares están más limpios y la mugre queda reducida a la autenticidad de esas tabernas, aún queda alguna en Madrid, en donde los palillos recién rescatados del palillero desprenden un enigmático olor a anchoa, cuando la anchoa viva más próxima está a más de 400 kilómetros de aquí.

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Este lugar parece haberse anclado en la tierra de nadie que se extiende desde la decadencia de la hostelería hippy modernista de los 90 hasta los bares de inspiración clásica, espejos, decapados omnipresentes y cristales tan brillantes como la calva del cocinero. De modo que siguen empleándose los viejos trucos del Manual del Buen Gorrino. A saber, enciende la freidora a primera hora de la mañana para que parezca que los churros están recién hechos. Evita limpiar las mesas entre comidas, eso hará el local más auténtico. Todo lo que no sabes dónde poner, ponlo en el suelo a la sombra de la barra. Los filetes de ayer parecerán de hoy si les das un chapuzón en aceite de ayer. Si el queso está demasiado duro, conviértelo en parmesano en polvo. El ajo, el pimiento y la cebolla son prodigiosos cuando se trata de aplacar el sabor original de alimentos en mal estado. Y supongo que limpiar los vasos está sobrevalorado.

He pedido un café y un vaso de agua. Tentando la suerte. El café sabe sospechosamente a chistorra, mientras que en el vaso de agua luce la huella de unos labios rojos, otrora seductores y que, con toda probabilidad, acamparon en el nicho a finales de 1990. He pagado rápido con un billete, para irme pronto antes de intoxicarme por el olor a merluza rebozada, y me han devuelto el cambio en un platito metálico. He intentado sin éxito despegarlo del enfriador de tapas. He tirado con más fuerza aún, en un descuido del camarero, y todo lo que he conseguido es traer conmigo el enfriador de tapas, alzándose como una ballena saliendo a la superficie. Aunque lo he puesto en vertical tres veces, las tapas no se han movido de sus respectivos cacharros. Los muslos de pollo parecen supervivientes a un holocausto nuclear. La ensaladilla ha visto pasar a varias generaciones camioneros. Y en cuanto a la tortilla de patata, tiesa y vertical como el tallo de una amapola, tiene propiedades que harían volverse loco a Newton. Le das la vuelta y sigue pegada al plato, con esa pose entre arrogante y ridícula que solo exhiben las tortillas con denominación de origen en la antigüedad clásica.

He visto que reponían la bollería a primera hora de la mañana. Así que he cometido la imprudencia de pedirme un Donuts. Algo va mal, el logotipo del papel no es el actual, tampoco el anterior, ni el anterior. Me parece que responde a la edición especial de la Expo Barcelona 92. Y tampoco estoy seguro de que la marca fuera original. Lo asombroso es unos tipos juegan al dominó como si nada en la mesa de al lado, sin escafandra, ni mascarilla, ni nada. Están contentos porque cuando a alguien se le cae una pieza al suelo no se escapa dando botes por el bar, sino que se queda clavada, como el balón de fútbol en un campo anegado por la lluvia. Al fondo unos guiris han descubierto el entretenimiento a su tedioso modo de hacer turismo lanzando palillos contra las cortinas, que parecen de velcro por su capacidad de retener todo lo que pasa a su alrededor; en particular, vemos motivos capilares, insectos disecados y cromos de la Quinta del Buitre caramelizados.

Al salir de este lugar he mirado hacia atrás pensando en que tal vez toda esa mugre aceitosa no sea más que una parte exterior y comedida de lo que ocurre en la cocina, cuya campana tiene más estalactitas amarillas que los huevos del Abominable Hombre de las Nieves.

Lo bueno, supongo, de desayunar en un sitio así es que es tal la concentración de restos de otros alimentos en cada café con leche que es posible que no necesites comer nada más durante el día. En mi café había reminiscencias de fritos de pescado, de patatas chips, de paella y de tarta de fresas con nata modelo Melrose Place; todo ello regado con aroma de salchichas. No imaginas la cantidad de vitaminas que hay ahí. Así al menos al llegar a casa tendré fuerzas para darme una ducha de aguarrás e intentar que mis manos puedan volver a acariciar cosas sin llevármelas pegadas. Que las consecuencias están siendo dramáticas. Que esta mugre es de primera calidad. Que al rato de salir del bar le he dado unos cariñosos golpecitos en la cara a un amigo y le he depilado media barba. Debí haber sospechado algo antes de entrar al ver en el escaparate esas langostas palidecidas, encorvadas y caminando con gran dificultad por la bandeja con ayuda de muletas.

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