martes 28  de  julio 2026

Una nueva religión

Antes de comenzar a hacer yoga sabía algo sobre mí y es que no soy constante. Sabía que la perseverancia, al igual que mis brazos, es uno de mis puntos débiles.

Hace tres semanas empecé a hacer yoga. Comencé haciéndolo con cierta incredulidad, pensando que duraría una o dos clases y luego me aburriría.

Pero no fue así. Por suerte no fue así, porque desde la primera clase creí entender de qué va el yoga: conocer mejor tu cuerpo. Habían ciertos estiramientos que se me daban con facilidad, pero habían algunos otros que no podía y todavía no puedo hacer. Y eso inmediatamente fue una motivación para volver. n

nSalí de la primera clase como si me hubiera sentado una hora con un sicólogo y le hubiera contado todo eso de mí que me incomoda y me gustaría cambiar. En otras palabras, salí aliviada. Una hora y media de estiramientos, ejercicios de respiración y equilibro se fueron muy rápido y bastaron para hacerme sentir bien, quitándome por completo esa sensación de querer salir de la realidad un momento.

Volví a mi casa caminando más erguida. Desde ese día soy más consciente de que debo pararme derecha. Antes sentía un poco de presión en la espalda cuando intentaba caminar erguida, pero ahora poco a poco mi cuerpo va tomando esa postura con más naturalidad.

Estas semanas de yoga me han servido para conocerme mejor. Me he dado cuenta de que tengo muy poca fuerza en la parte superior del cuerpo. No tengo mucha fuerza en los brazos, que es una parte de mi cuerpo que nunca me ha gustado estéticamente, es una parte de mi cuerpo que siempre me ha costado rebajar, endurecer, tonificar.

n nY ahora que estoy haciendo yoga compruebo que ese es justamente mi lado más débil. No sé si sea una coincidencia, pero me parece curioso que justo eso que, por una cuestión aparentemente frívola, sentía que debía mejorar, haya terminado siendo mi lado más débil. Y me motiva pensar que si estiro adecuadamente esa zona y gano algo de fuerza, tal vez logre lo que no pude alcanzar con otros ejercicios: estar a gusto con esa parte como lo estoy con el resto de mi cuerpo.

Por ahora, mis expectativas son bajas: caminar erguida sin esfuerzo y aliviar ese dolor en la parte baja de la espalda que tengo desde hace años. Si persisto tal vez pueda hacer algún día alguna de esas posturas geniales que hace la profesora. Pienso que sería bonito alcanzar alguna de esas metas, sobre todo la última, eso me hará sentir que destaco en algo, y que no soy solamente una mujer que escribe porque siente que no hay muchas otras cosas que sepa hacer bien. n

nEse es otro beneficio que he encontrado haciendo yoga: ser más humilde. Casi nadie en la clase puede hacer todas las posturas de equilibrio, fuerza o balance y no me ha parecido notar que alguien salga de la clase de yoga con ese mismo aire de superioridad que uno muchas veces ve en los gimnasios. Lo que me ha parecido es que el yoga es un momento de conexión de uno mismo con su cuerpo, y al sentir que hay algunos aspectos de uno mismo que uno no puede controlar, el ego se rebaja solo. La mente no se frustra, al contrario, diría que se pone en modo: tengo que trabajar en esto.

Otra razón por la que disfruto tanto haciendo yoga, es que es todo lo contrario de una clase de spinning, o de zumba, en la que todos se agitan y sudan y uno piensa: en cualquier momento alguien cae desplomado al suelo, y quizás esa persona seré yo. Me ha ocurrido haciendo sentadillas en alguna clase: estaba agitada y sudando al punto de estar levemente mareada, pensando ya quiero que acabe esto, es una tortura. Por eso, lo primero que me gustó del yoga es que no me agita, no me lleva a ese punto en el que quiero largar todo y echarme en mi cama a comer helado y ver televisión. Por supuesto, sigo corriendo casi todas las noches y esa es otra forma de terapia, lo será siempre. Me hace sudar y lo disfruto, porque voy escuchando música y eso me motiva, además mi cabeza va dando vueltas, creando historias, eso también me resulta agradable.

Creo que el yoga se ha convertido casi como en una religión para mí. He encontrado allí una forma de escape espiritual que no encontré en la religión en la que me bautizaron de niña. Es todo lo contrario, mientras las religiones muchas veces tienden a prohibirle cosas al cuerpo, el yoga intenta liberarlo siempre. Lo compruebo al final de la clase, cuando la profesora hace que nos pongamos las manos en el pecho y reza una frase que no fue fácil aprenderme: u201cLoka Samasta Sukhino Bhavantu u201d. No sé qué idioma es, pero significa: que todos los seres sean felices y libres, que los pensamientos, palabras y acciones de mi propia vida, contribuyan de alguna manera a la felicidad y a la libertad de todos.

n nAntes de comenzar a hacer yoga sabía algo sobre mí y es que no soy constante. Sabía que la perseverancia, al igual que mis brazos, es uno de mis puntos débiles. Me cuesta mucho terminar lo que comienzo, o tener disciplina, sobre todo cuando se trata de ejercicios. Hoy digo que es mi nueva religión, quizás mañana no vuelva más. Espero que no, haré mi mejor esfuerzo. Veremos qué pasa.

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