miércoles 18  de  marzo 2026
OPINIÓN

Veintitrés años de una primavera (I)

Un día como hoy, hace 23 años, el régimen cubano desató la represión de la Primavera Negra. La periodista Tania Quintero recuerda en esta crónica aquellos días, que acabaron con su exilio en Suiza

Diario las Américas | TANIA QUINTERO
Por TANIA QUINTERO

El martes 18 de marzo de 2003 —hace hoy exactamente 23 años— había quedado con Raúl Rivero, director de la agencia de prensa independiente Cuba Press, en vernos en su casa a las seis de la tarde. Le iba a llevar diez cuartillas que había terminado, para un libro que en diciembre de 2002 había empezado a escribir.

Raúl me abrió la puerta. Su rostro estaba serio. Tuve un mal presentimiento.

—Pasa y siéntate, para que te enteres —me dijo.

Justo unos minutos antes de llegar, por la televisión habían mostrado la portada de un ejemplar de la revista de la Fundación Hispano Cubana, donde claramente se podían leer titulares de artículos firmados por Raúl y por mí. Más claro, ni el agua.

—Prepárate para la represión que acaba de comenzar. ¿Iván está en la casa?

—No, ¿por qué?

—Debes avisarle lo antes posible. Tú, él, yo, todos tenemos que prepararnos para ir a la cárcel.

En eso sonó el teléfono. Desde las cuatro de la tarde, la Seguridad del Estado se encontraba registrando la casa del periodista independiente Ricardo González Alfonso en Miramar. Una segunda llamada volvería a entrar, notificando de la presencia de la Seguridad en el domicilio de Jorge Olivera, en la Habana Vieja.

A principios de los 90, Olivera había trabajado conmigo como editor en el Instituto Cubano de Radio y Televisión. Años más tarde volveríamos a coincidir en las filas del periodismo independiente, él en la agencia Habana Press, yo en Cuba Press.

La oleada represiva más brutal contra disidentes y periodistas independientes cubanos estaba en marcha.

Por la forma —varios vehículos frenando a la vez, con militares vestidos de verde olivo y armados, quienes abrían las puertas y se tiraban apresuradamente— parecían extras rodando una película policíaca y no agentes del Departamento de Seguridad del Estado, en busca de opositores pacíficos residentes en viviendas modestas, "parapetados" tras montones de periódicos, libros, revistas y artículos a medio mecanografiar.

Pasadas las siete de la noche, dije a Raúl:

—Me voy, porque a lo mejor ya están en nuestra casa.

Cuando llegué, Iván no se había bañado ni comido. Lo primero que hice fue preparar dos jabas de nailon, con ropa interior y aseo personal, una para cada uno. A la de Iván le puse dos pañuelos y su spray de Salbutamol para el asma. A la mía, un rollo de papel sanitario que era de mi nieta (nosotros no nos podíamos darnos ese "lujo") y el estuchito de mis lentes de contacto. Empecé a revisar y romper papeles. Las cartas y fotos personales las fui separando, también los libros y revistas que no quería cayeran en la pira del totalitarismo cubano. Cuando todo estuvo 'clasificado', me di a la tarea de sacarlo de la casa con la mayor discreción.

Por suerte, era una noche sin luna y sin guardia del CDR en la cuadra. No tenía hambre ni sed. No sentía frío ni calor. Estaba tranquila. Cerca de las doce de la noche, puse el sillón de la sala en la terraza. Mentalmente repasé todo lo que debía dejarle dicho a mi hija antes de que nos vinieran a buscar.

En eso recordé las libretas con direcciones y teléfonos. Anoté los imprescindibles y se los di a mi hija, con la recomendación de que cuidara bien esa hojita de papel. En ella no faltaban, entre otros, los teléfonos de los principales corresponsales extranjeros en Cuba. Volví a sentarme en la terraza.

Una media hora después, sentí los pasos de Iván doblando por la esquina de Carmen y Diez de Octubre. Me paré, fui hacia la sala y abrí la puerta. Al verme despierta a esa hora sospechó que algo pasaba. Le conté todo lo que hasta ese momento se sabía. Estaba totalmente ajeno.

La Seguridad del Estado suele empezar sus operativos bien temprano en la mañana o antes de caer la tarde —me dijo—. Así que acostémonos a dormir y...

Sin dejarlo terminar, añadí:

—¡Que sea lo que dios quiera!

El jueves 20 de marzo se llevaron detenido a Raúl. Iván y yo, de momento, seguíamos en remojo, para una "segunda vuelta" que no llegó a producirse, tras la repercusión internacional alcanzada por la primera. El régimen había hecho coincidir el inicio de la represión con la invasión de Estados Unidos a Irak.

Pensaron que en una semana podrían descabezar la disidencia dentro de la Isla y nadie se enteraría. Calcularon mal. Pero lo cierto es que la oleada represiva de marzo y abril de 2003 que llevó a la cárcel a 75 disidentes, conocida como Primavera Negra, dejó un clima de terror en toda Cuba.

A pesar del miedo, mi hijo Iván García y yo, los dos periodistas independientes de Cuba Press, seguimos escribiendo, dando entrevistas por teléfono o hablando con periodistas foráneos que se atrevieron a viajar a La Habana, como el peruano Gustavo Gorriti, de Reporteros sin Fronteras. El 9 de abril, el entonces canciller Felipe Pérez Roque reunió a la prensa nacional y extranjera e hizo un pormenorizado relato, tratando de justificar la brutal represión contra opositores pacíficos, mujeres y hombres que no ocultaban armas para atacar un cuartel militar, como hizo Fidel Castro en 1953.

Sentados frente al televisor, Iván y yo estábamos siguiendo la perorata, cuando de pronto Pérez Roque lee una carta donde Carlos Alberto Montaner le sugería a un amigo español que, durante su visita a Cuba, si quería saber más del Proyecto Varela, hablara con Oswaldo Payá, Raúl Rivero, Osvaldo Alfonso y Tania Quintero. Hasta ahí, normal. Lo anormal fue que repitió dos veces los nombres, lentamente. Era la primera señal que me enviaba la policía política.

La segunda señal llegaría el 20 de mayo. A través de mis dos hijos, la Seguridad del Estado comenzó a asediarme, para que me fuera. A mi hija Tamila se le aparecieron en el trabajo, de una manera tan ‘discreta’ que sus compañeros enseguida se dieron cuenta que eran ‘segurosos’. A Iván lo citaron a la estación de policía de Acosta. A los dos les dijeron que sabían que yo no tenía intenciones de irme, pero que trataran de convencerme. Les daba "pena" enviarme a la cárcel, a mi edad, 61 años.

A principios de junio de 2003, después de días y noches dándole vueltas a las amenazas, conseguí el teléfono y el nombre de un funcionario de la Embajada de Suiza en La Habana. El 10 de junio lo llamé desde un teléfono público, me identifiqué y le pedí una cita. Me la dio para el 17 de junio. Nunca había estado en esa embajada ni había conocido a ningún diplomático suizo. Pero ellos sí sabían quién yo era, por los trabajos míos que desde 1995 se localizaban en internet. Brevemente le conté mi situación y le dije que quería solicitar asilo político en la Confederación Helvética. Me dio cuatro formularios, cada uno con 25 hojas. El 24 de junio los entregué.

Un mes y seis días después, el 30 de julio, a las 11 de la mañana, el embajador me recibió y me dio la nueva buena: Suiza, una de las naciones más exigentes a la hora de otorgar asilo político, nos lo había otorgado a los cuatro: a mis dos hijos, a mi nieta Yania, de nueve años, y mí. Iván lo agradeció y explicó que, por un imponderable, el nacimiento de su primera hija, por ahora no viajaría.

Los suizos me dijeron que debía mantener la mayor discreción. Y me aconsejaron dejar momentáneamente la labor periodística, por el riesgo de ser detenida. Mantuve la discreción, pero seguí escribiendo. Y corrí riesgos, al mecanografiar y difundir artículos escritos en la cárcel por el economista Arnaldo Ramos, uno de los 75 sancionados en la Primavera Negra. También fue arriesgada la colaboración que Iván y yo le dimos a la periodista independiente Claudia Márquez, al revisar y editar un número extra, clandestino, de la revista De Cuba. Las dos tiradas de esa revista, en 2002, fueron una de las ‘pruebas’ presentadas por el régimen contra sus realizadores, Raúl Rivero y Ricardo González Alfonso, en el juicio celebrado el 4 de abril de 2003.

Debido a la cercanía del invierno en Suiza y por el temor de que por cualquier motivo me pudieran arrestar, las autoridades suizas me pidieron acelerar los trámites. En la primera semana de noviembre de 2003, ya con todo listo, fui con los tres pasaportes a la embajada. Les pusieron las visas y me dieron los tres billetes de avión, por Air France hasta París y por Easy Jet hasta Zürich. La fecha de salida debía mantenerla en secreto y al aeropuerto solo debía ir mi hijo. Nada de cámaras ni despedidas. Tampoco debía llevar papeles, fotos y documentos comprometedores.

Ya en Suiza, no podía hacer declaraciones hasta que nos entrevistaran en la oficina federal para los refugiados políticos, en Berna. Finalmente, con fecha 20 de enero de 2004, por correo nos llegaría la comunicación oficial del asilo político. Empezaron a llover solicitudes de la prensa, la primera entrevista fue publicada el 13 de febrero de 2004 en el Luzerner Zeitung, con el título "Flucht vor Fidels Terror" (Huyendo del terror de Fidel).

Al día siguiente, en el cine Bourbaki, en Lucerna, se estrenaba el documental Nachrichten aus Fidel Castros Gefängnis (Noticias desde la cárcel de Fidel Castro), de los realizadores suizos Ruedi Leuthold y Beat Bieri. Estaba dedicado a Raúl Rivero, que estaba preso en Canaleta, Ciego de Ávila. En La Habana salín Blanca Reyes, la esposa de Raúl, e Iván, y desde Lucerna, mi hija Tamila, mi nieta Yania y yo. Todo el año 2004 lo pasé hablando con periodistas de diversos medios, suizos y extranjeros. El 20 de mayo de 2005 decidí no conceder más entrevistas ni participar en más actos. Volví a la vida sencilla y anónima que siempre tuve en Cuba.

A medias lo conseguí. Durante más de quince años me ocupé de tres blogs (Desde La Habana, El blog de Tania Quintero y El blog de Iván García y sus amigos), inexplicablemente desaparecidos. En mayo de 2011 en mi blog publiqué mi libro Periodista, nada más, con prólogo de Raúl Rivero ("Tania, palabra de mujer") y epílogo de Carlos Alberto Montaner ("Una voz que faltaba"). También, decenas de testimonios de mi infancia y juventud; una serie de diez posts titulada "Cubanos en Periodo Especial"; crónicas de Raúl Rivero y artículos, entrevistas y reportajes de diversos autores. Por contar me faltan los 22 años que llevo viviendo en Lucerna, Suiza.

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