Siempre me ha hecho mucha gracia la expresión: “es un hombre de una sola pieza”. Cuando la escucho me imagino un robot con una gran pieza metálica recubierta de placas brillantes para ocultar un conglomerado de cables. Sí, los robots están hechos de una sola pieza. Por eso son previsibles, tienen una voz monótona y en definitiva se puede apretar el botón de “off” y apagarles para que no nos molesten.
El caso es que –en mi opinión– no existen los hombres de una sola pieza. Así que como podemos leer cada día en las noticias, los seres humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Diría más, un individuo a lo largo de su vida es capaz de llevar a cabo obras u acciones maravillosas al mismo tiempo que generaba el caos y provocaba el dolor de sus congéneres.
Así cuando uno se dispone a ver una película o serie etiquetada bajo el “basado en hechos reales” siempre debe estar alerta sobre la preferencia del guionista. ¿Funciona mejor el lado luminoso que el oscuro a la hora de contar la historia de una persona? ¿Es posible mostrar todas las aristas o la limitación de un libreto simplifica siempre los perfiles?
El resultado es que muchas veces nos sentamos frente al televisor, nos abstraemos, nos metemos dentro de una historia, disfrutamos y cuando nos queremos dar cuenta estamos fascinados por un villano de la peor calaña. Un villano que tiene nombres y apellidos y que en ocasiones ha sembrado el dolor y la muerte en lugares más o menos cercanos.
En esta categoría, he de confesar que algunas producciones magistralmente producidas e interpretadas me han llevado a disfrutar con las andanzas de personas cuyas biografías deberían ser un ejemplo para todo lo contrario. Para transmitir el dolor causado y crear la conciencia de que nunca debemos transitar el sendero de las malas personas por mucho carisma y atractivo que puedan tener en la distancia corta, fuera de contexto.
Es el caso de Pablo Escobar en sus adaptaciones televisivas: “El Patrón del Mal” que vimos en Telemundo o la serie “Narcos” a la que se accede a través de Netflix. Por mucho que nos atraiga su historia, nos sorprendan sus vivencias y contradicciones y reconozcamos su popularidad en un momento concreto de su vida, Escobar era un asesino despiadado, egoísta, cuyo único objetivo era acumular más y más riqueza construida sobre el negocio de la droga, cuyas víctimas directas y colaterales se cuentan ya por millones.
Ayudar a cruzar la calle a una ancianita no nos exime del resto de nuestras obligaciones éticas y morales. Los que nos dedicamos al periodismo tenemos una obligación mucho mayor que los profesionales de la ficción. A ellos les ampara la libertad de creación para modificar una historia real a gusto del consumidor.
Nosotros, en cambio, debemos contar la verdad con toda su crudeza aunque nos venga mal nacional o ideológicamente. Estamos obligados a poner al descubierto a todos los canallas que nos encontremos por el camino. Incluidos paisanos, amigos, familiares y personas con las que compartamos ideario político. Nadie dijo que fuera fácil.