GELET MARTÍNEZ

Mi amigo Ernesto me ha enviado a modo de broma esta imagen. Es el Soneto XI de Neruda recreado con emoticonos, ese conjunto de ideogramas electrónicos que utilizamos a modo de inflexión para aclarar nuestro estado de ánimo en un mensaje de texto. Incluso a veces los usamos solo por ser complacientes con alguien y salir del paso. Aunque muchos lingüistas los consideran un deterioro del lenguaje, les confieso que me encanta usarlos; no solo porque disfruto de esa vagancia de involucionar a la época de los primeros jeroglíficos sino por una simple razón: no hay nada mejor que putear a alguien por mensaje de texto y suavizarlo después con una carita feliz.

En cambio, mi amigo los odia ferozmente y no porque sufra de superioridad intelectual. Su rechazo hacia este neo-lenguaje universal (carita de sarcasmo) se debe principalmente a una experiencia personal. Hace unos años Ernesto terminó una relación amorosa por culpa de un emoticono, o más bien por la falta de uno. 

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Mantenía una relación a distancia con una chica rumana que siempre que se despedía por texto, le enviaba un corazoncito amarillo. No rojo, que es el color del amor, ni siquiera rosado, simplemente amarillo. Esto a Ernesto le sabía mal, pero como buen enamorado, tendía a buscarle un significado cursi a todo y pensó al inicio que ese corazón amarillo tenía algo especial.

-Después de todo el amarillo es el color del Sol –pensaba- implica energía, brillantez. En la de menos esta chica sentía su corazón más lleno de vida por causa de él, o lo consideraba especialmente brillante. Pero el tiempo fue pasando y mi amigo Ernesto se fue enamorando cada vez más y añoraba un poco de rosa en su relación. Ya no le hacían tanta gracia los rubios corazoncitos. El quería un corazón rojo, enorme, hasta que palpitara. Ni siquiera se hubiese conformado con uno. Quería tres y cuatro. ¡Miles de corazones en el chat! Pero nada de esto ocurría, las conversaciones eran cada vez más casuales y en lugar de grandes declaraciones de amor, las escasas frases solo eran acompañadas por caritas felices, guiñitos de ojo y monitos tapándose la boca.

Ernesto empezó a pensar en lo triste que habría sido si Shakespeare hubiese tenido en sus manos un celular. Quizás él también habría cambiado el lenguaje universal del amor por un simple emoticono. No existiría ninguna de sus famosas frases y Romeo jamás le habría dicho a Julieta en el balcón  -“Llámame solo “amor mío” y seré nuevamente bautizado”. A lo mejor solo le habría enviado un texto con uno de esos monitos tapándose la boca y Julieta le habría contestado con una carita feliz.

La ilusión que sentía con su romance se fue extinguiendo poco a poco y no por la distancia de miles y miles de kilómetros; se alejaban con cada palabra que no se decían porque esa es la maravilla de nuestro lenguaje, la inacabada esperanza de entendernos, ese intento por ordenar con letras y símbolos lo que llegamos a sentir. Por eso para muchos científicos solo comenzamos a pensar cuando desarrollamos la capacidad de expresarnos. Para Ernesto que siempre fue un poco trascendental, la vagancia de esta chica para expresar sus sentimientos solo podía significar una cosa; ella realmente no pensaba mucho en él.

Lamentablemente un corazón amarillo o rojo, aunque infantil y agradable, es simplemente un jeroglífico literal, incapaz de superar  lo que el lenguaje logró hace miles y miles de años, acercarnos a explicar la complejidad de ese mundo de ideas y emociones que llevamos dentro. Porque el lenguaje, mientras más se aleja de símbolos de objetos, acciones e imágenes concretas, más nos acerca al entendimiento. Quizás porque los símbolos literales nos limitan a un mundo físico muy distante de nuestra complejidad.

Finalmente Ernesto, en un acto imperdonable de modernidad, terminó con su novia rumana por mensaje de texto. Le envió una carita gruñona y le dijo “Me he enamorado de otra” (una que al menos escribía). Ante su crueldad la chica le envió un simbolito de una bolsa de basura y una carita llorando. El respondió con un sarcástico corazoncito  amarillo.

Años más tarde se enteró que la chica rumana era daltónica y el amarillo era el único color que no confundía en el teclado. El daño estaba hecho, ya no había marcha atrás; pero algo estaba claro, de los emoticonos solo conoce su verdadero significado la persona que los utiliza y nadie más. Nuestra letras y palabras, aunque incoloras y con limitaciones, todavía logran que nos expresemos un poquito mejor, aun cuando sintamos cierta vagancia al ordenarlas. He llegado a pensar que en temas de amor, es peligroso sustituir frases con caricaturas, porque corremos el riesgo, quizás, de convertirnos en una nueva especie de daltónicos emocionales y sospecho que para simbolizar eso, todavía no se ha creado un emoticono. (Carita feliz)

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