domingo 26  de  julio 2026
PERIODISTA Y ESCRITOR SATÍRICO

Soledades

MADRID.- Hace veinte otoños nos abrazábamos a los libros al salir de la escuela. Ya con los primeros volúmenes rotos del año, con madrugadores accidentes en el forro de la portada

Diario las Américas | ITXU DÍAZ
Por ITXU DÍAZ

MADRID.- Llueve. Hace frío. Y nos acurrucamos en una esquina de la noche. El autobús no llega nunca y hay un silencio afilado alrededor de todas esas narices enrojecidas. Los pasajeros no se atreven a sacar las manos del bolsillo. Siglo XIX, tal vez. Era no digital. El frío nos vuelve personas. Lo humano es el silencio contemplativo. Lo inhumano, esos dedos nerviosos derrapando fotografías vacías de recuerdos para olvidar. Todo este ruido de urbe enferma de prisa no es más que la ordinariez de este siglo de la incomunicación. Cala en los huesos la humedad. Los abrigos largos. Los ojos brillantes. Los paraguas de luto. No llega el autobús. Llueve como en el entierro de un payaso.

Abrazados, los novios se enamoran en noviembre por escapar del frío. Cuando puedan darse cuenta, estarán bailando juntos en Nochevieja y haciéndose regalos de Navidad. La rutina del amor se acelera con el frío por necesidad. Pero es un amor bello y elegante. No esa cosa temperamental, accidental, y frenética del estío. Noviembre hace amores para toda la vida. Y soledades. Un hombre reposa su cabeza en la marquesina y eleva los ojos al infinito. Suelta una bocanada de aire que se vuelve vaho y tiñe el cielo de su blanca desesperación. No asoma el autobús. No pasan los minutos. La curva, solitaria. El frío bajo el pantalón. Algún coche perdido entre la bruma. Arrecia la lluvia. El sonido del invierno sobre los charcos del asfalto.

Hace veinte otoños nos abrazábamos a los libros al salir de la escuela. Ya con los primeros volúmenes rotos del año, con madrugadores accidentes en el forro de la portada. Al verano llegarán intratables, en Navidad aún conservan el olor a ilusión, aún no han caído al desván del tedio. Ellas, protegidas por aquellas carpetas clasificadoras de los 80. A nosotros ni el uniforme de invierno nos libraba de la piel de gallina. Dos portales más allá, equívocos vapores de lejía y café, y las siluetas de las chicas de nuestros sueños. Hoy tan casadas, tan hechas, y tan lejanas. Entonces, simplemente esbozos de inocencia adolescente, servidas en escaparate de moda al arbitrio de nuestra pubertad. Siempre había un disco, siempre una canción, siempre unos versos garabateados en un libro de ecuaciones. Siempre un otoño ocre antes de Navidad, cuando la luz ilumina el frío, y los buenos deseos convierten, por única vez en el año, la añoranza, en una dulcísima melancolía, tan amable que no impide sonrisas. Hay algo cristiano en cada ciclo de la luz, en el calendario de lunas. El apagón de los muertos de noviembre, la luz roja que vela en la noche blanca de diciembre. La rutina de cada año nos lleva por los mismos palos en la montaña, las mismas guías para no perderse en la nieve. Ni rastro del transporte público en esta fría ciudad. Ese autobús ha decidido que termine este artículo con los dedos como estalagmitas.

Un rumor de cólera en la parada del autobús. El hombre de la marquesina resopla de nuevo. Dos chicas despellejan una noche de fiesta entre susurros. El frío ya es insoportable y esta lluvia, aguanieve. La tarde se ha vuelto noche y a golpes de oscuridad muere la histeria de cada barrio, mientras bajan con estruendo las verjas de los comercios, cierra el quiosquero bajo su inmensa bufanda, y regresan a casa los vendedores de traje y corbata, enfundados en gruesos abrigos oscuros. Una mujer con gabardina casi blanca repica con sus tacones al otro lado de la acera y detiene el invierno a cada paso. Es ahora cuando el frío se hace poesía. Cuando los poetas se enamoran de las gatas de ciudad. Cuando la luna se acerca a ofrecer su luz, para que los cronistas puedan recoger la belleza de unos ojos claros, unos tacones de fiesta, y una melena negra como la noche que atraviesa. No viene el autobús. Ya no lo lloraremos si decide huir de la ciudad.

Penetra el ruido del silencio en el alma. Llora el cielo. Noviembre baja lentamente la cabeza, sucumbe al reloj. Asoma el autobús en la curva. Chispazo de color en el lienzo azulón de la noche. Se desperezan los pasajeros congelados en la parada. Frotan sus manos. Un foco de luz y calor se acerca, como un gigante que nos arrebata varios siglos en el chirrido aterrador de sus frenos. Humo caliente y ruido industrial. Decenas de rostros y ventanillas, como fogonazos tardíos de un fotógrafo francotirador, se difuminan ante mis ojos. El autobús se estira como una serpiente.

No más de un minuto de estancia en la parada. No he podido moverme. Y no ha quedado nadie aquí. Salvo la chica de la gabardina pálida, que ha cruzado la calle, para sentarse en la parada. Arde a sus espaldas la ciudad al verla crecer. Espera el próximo autobús. Con todo el romanticismo del invierno en su mirada absorta, entretenida en el contoneo de la superficie de un charco. Ojos como noches grandes. Manos delicadas se entrelazan buscando un divertimento en el vano afán de la espera. Belleza seca, como hielo adormecido en una fiesta de whisky de lujo. Ángulo de cronista bohemio, biógrafo de poetas y donjuanes. Melancolía serena y silenciosa. Noviembre como un colgante dorado en un traje de fiesta negro. No llega el autobús. Y a quién le importa.

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