LA HABANA.- De día viste uniforme verde olivo e imparte clases en una escuela de cadetes. De noche se maquilla con colores subidos, se pone un vestido ceñido, tacones de puntera afilada y gafas onda retro.

Llamémosla Yamila. Tiene 21 años, es alumna de una escuela militar y en su tiempo libre acude con un grupo de amigas a beber unas copas y bailar al compás de Shakira o Maluma en un bar privado al oeste de La Habana.

Su deseo es ligar un novio extranjero, casarse y largarse de Cuba. “Desde mi adolescencia he estado becada en escuelas militares. Ya en el preuniversitario, como muchas de mis amigas, queríamos dejar la vida militar. Pero no es tan fácil. Cuando estudias una carrera en la enseñanza castrense, si quieres renunciar, debes esperar dos años para poder ingresar en un centro de educación superior”, comenta Yamila.

Por falta de profesores, Yamila debe impartir clases en una escuela de cadetes. “Las privaciones son muchas. Existe un mandato en las instituciones militares en Cuba, el Ordeno del Comandante, que nos impide comunicarnos con parientes que viven en el exterior, tener amistad con personas desafectas al gobierno, leer prensa extranjera o libros considerados 'contrarrevolucionarios' y, por supuesto, tener novios extranjeros. La contrainteligencia militar nos tiene montado un gardeo tremendo. Cualquier violación se paga con una sanción de reclusión o un juicio en un tribunal militar”.

Aunque la casta verde olivo en la isla goza de no pocos privilegios, como villas de descanso, venta de alimentos, ropa y calzado a precios subsidiados, posibilidad de tener un apartamento o comprar un auto, la oficialidad de mediano y bajo rango no suelen ser beneficiada.

“Nos dan una cuota de cigarros con peste a viejo, algunos productos de aseo y unas libras de viandas, pollo y arroz. A cambio de lealtad absoluta al Partido, Fidel, Raúl y los jefes”, apunta un sargento.

Las instituciones militares tienen una enérgica presencia en la vida nacional. En la vieja mentalidad caudillista de los hermanos Castro, Cuba es un archipiélago amenazado por el ‘imperialismo yanqui’, que espera la más mínima debilidad para agredirnos.

A tono con esa concepción, la autocracia isleña ha diseñado una formidable estructura militar imbricada en todos los reglones económicos que aportan moneda dura. Ya sea administrar hoteles, empresas de punta o las telecomunicaciones.

Los cañones anacrónicos y herrumbrosos tanques T-62 de la etapa soviética descansan en refugios soterrados y en un futuro próximo pudieran exportarse como chatarras.

En los años que Fidel Castro tenía un cheque en blanco cedido por el Kremlin, el ejército tenía más de un millón de hombres en armas, 3.000 tanques de guerra y una flota de casi 300 aviones de combate. Era el más grande de América Latina. Por vez primera en la historia de Cuba, sus fuerzas armadas participaron en guerras en el extranjero. Y en 1962, con la anuencia de Fidel Castro, llegó a emplazar cohetes atómicos cedidos por Nikita Kruschov.

Luego de que el comunismo ruso dijera adiós, el atraso productivo y económico local fue el catalizador para una reducción importante en las fuerzas armadas cubanas.

Ahora mismo, el ejército de tierra, mar y aire cuenta con alrededor de 170.000 miembros y una reserva de dos millones de hombres. Todavía demasiado grande para un país pobre que no juega ningún rol en la órbita del liderazgo mundial.

El futuro de Cuba es el turismo, y si se invierte, el conocimiento humano y saber capitalizar las inversiones foráneas. Como Costa Rica, no necesitaría ejército y desde ahora debieran derogar el Servicio Militar Activo.

Esa carga onerosa lastra el crecimiento económico en una sociedad envejecida. La respuesta de las autoridades a un ejército sin contenido de trabajo fue reconvertirlo como protagonista y albacea de la economía nacional.

Actualmente, los militares controlan el 80% de la economía y el holding GAESA igual administra la elaboración de carbón de marabú, 30.000 habitaciones de hoteles y el Puerto del Mariel, a 40 kilómetros de La Habana.

“Pensando en ese futuro, es que las FAR no quieren que los estudiantes de carreras militares la abandonen. Para la alta oficialidad, nosotros somos el relevo para fiscalizar y gestionar las empresas rentables en el país. Pero para llegar hasta ahí, hay que soportar desmanes y cumplir normas anacrónicas”, cuenta Yamila, quien ve su futuro lejos de Cuba.

El régimen cubano es como un dragón de dos cabezas y un escudo.

Una cabeza, la pensante, de líderes históricos que gobiernan a perpetuidad y que en un futuro se rotarán en estrambóticas elecciones con la participación de candidatos de un solo partido.

La otra cabeza es la Seguridad del Estado, que fiscaliza, reprime y sanciona el pensamiento liberal y a la disidencia que apuesta por un capitalismo moderno y democrático.

El escudo lo conforman unas fuerzas armadas que como teatro de operaciones tiene la administración de los negocios de la junta militar.

Un capitalismo de Estado en toda regla. Como el Vaticano, pero sin Papa.

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