No solo conocí a Blas Roca Calderío porque era cuñado de mi madre, porque era Paco, mi tío político, y porque mi padre fue el hombre que lo cuidó durante veinte años como guardaespalda. Lo conocí porque fue mi primer jefe, al quien no solo le mecanografié cartas y documentos, también la primera reedición -y hasta el momento única-, de su libro Los fundamentos del socialismo en Cuba.
Acepto todo lo que de Blas Roca Calderío puedan decir como dirigente comunista, incluido su apoyo a Fulgencio Batista en la década de 1940. Igualmente acepto lo que después muchos viejos militantes del Partido Socialista Popular (PSP) comentaban, que Blas, como secretario general del PSP, ni tampoco que Juan Marinello y Lázaro Peña, entre otros, debieron unirse al Movimiento 26 de Julio y subordinarse a Fidel y Raúl Castro.
Joaquín Ordoqui -a él y su familia los conocí en mi niñez, sigo en contacto con Tere, una de sus hijas- tuvo problemas, por el Caso Marquito. En noviembre de 1964 fue detenido, pero no llegó a ser enjuiciado. Destituido de todos sus cargos, fue confinado en una casa campestre en Calabazar hasta su muerte en 1973. Ordoqui y su segunda esposa, Edith García Buchaca, siempre reivindicaron su inocencia.
En los dos años que trabajé como mecanógrafa en el Comité Nacional del PSP, el enlace con Fidel Castro era Aníbal Escalante. Lo sé bien, pues yo era quien le tecleaba a Aníbal las notas o recados que le mandaba a 'Alejandro', seudónimo de Castro I. Pese a ese estrecho vínculo, fue Aníbal, hermano de César Escalante, el que discrepó de la política castrista con la llamada Microfracción. Lo acusaron de 'sectario' y 'traidor', varios viejos comunistas fueron encarcelados y Aníbal vivió en arresto domiciliario hasta que murió.
Repito, acepto lo que se diga de Blas Roca. Pero lo que no puedo aceptar es que se digan falsedades sobre Blas, un tipo que fue ejemplo de humildad, que no solo transmitió a su familia, también a los tres hombres que desde la década de 1940 ya trabajaban con él, como mi padre, su escolta mulato, René López, su secretario mestizo, y Fiallo, su chofer negro. A la hora del almuerzo, Blas y ellos tres almorzaban en la misma mesa, en su casa, en Estrada Palma 107, Santos Suárez.
A Blas, su esposa, mi tía Dulce Antúnez, hermana de mi madre, y sus hijos, mis primos Lydia, Francisco, Vladimiro y Joaquín, le respetaban sus horas de lectura, escritura, descanso y sueño. Pero el resto del tiempo, era uno más de la familia, hablando, riéndose, haciendo chistes. Como yo era majadera para comer, Blas les decía a mis padres que debían obligarme a comer de todo y no solo "bistecito y platanito frito porque si no esa muchacha va a ser una vaina", palabra que él, como manzanillero, usaba a menudo.
Me ha asombrado saber que Raúl Castro dijera que Blas había sido un excéntrico al pedir que lo enterraran en El Cacahual. Creo que eso lo inventó y regó el propio Raúl, para justificar que a él y Fidel los enterraran en lugares inusuales. El día de ese velorio-show que los hermanos Castro le organizaron a Blas Roca en la base del Monumento a José Martí, en la Plaza de la Revolución, el 26 de abril de 1987, mi prima Lydia Roca Antúnez llevó el papel escrito por su padre, con su letra menuda, en tinta -las plumas las prefería a los bolígrafos y si era el borrador de un texto, escribía con lápiz-, de uno de esos blocsitos de papel gaceta que en las quincallas costaban 2 centavos.
Lydia lo llevó con la intención de mostrar que Blas Roca, su padre, quería ser enterrado en la tierra, si era posible, en el patio de su casa. No sé si Lydia logró mostrárselo a Raúl o a Fidel, pero si se lo hubiera mostrado, ya ellos habían montado el show del funeral, que incluía un impresionante despliegue para enterrarlo en El Cacahual.
Cuando en 1974 seleccionaron la provincia de Matanzas para experimentar la aplicación del Poder Popular a nivel de municipios y circunscripciones, Blas iba todas las semanas a Matanzas y se reunía con los periodistas de los tres medios acreditados para seguir de cerca ese proceso: Susana Lee por Granma, Lázaro Barrero Medina por Juventud Rebelde y yo por la revista Bohemia.
El lugar donde Blas intercambiaba con nosotros no era la sede del partido provincial, sino la Sala White, al lado del Hotel Velazco. Eran encuentros directos, informales, y a Blas le podías preguntar, comentar, criticar o hacer una sugerencia, pues él, como director que había sido del periódico Hoy, sabía cómo tratar y hablar con los periodistas. Le conocía mejor que mis colegas Susana y Lázaro, pero nunca usé mi condición familiar para sacar ventaja. Por el contrario, era comedida y respetuosa. Ojalá que mi primo Lázaro Yuri Valle Roca, desde su exilio en Pennsylvania, pudiera contar sobre sus abuelos Blas Roca y Dulce Antúnez, su madre y sus tíos. Mientras, aprovecho que a los 83 años no he perdido la memoria y en mi blog y otros medios, sigo recordando momentos de mi vida y en ocasiones también de mi familia, honrada, simple, campechana, y que tuvo en Blas Roca al más sencillo de sus integrantes.