Hace ya 50 años, el 13 de marzo de 1968, cuando Fidel Castro pronunció aquel discurso en la escalinata de la Universidad de La Habana, y que marcó el inicio de la llamada Ofensiva Revolucionaria, yo tenía 25 años, trabajaba como maestra, estaba casada y era madre de dos hijos, de 3 y 4 años.

1968, cine y juicio en Cuba

En 1968, Cuba despedía a dos grandes de la cultura nacional: el 8 de abril a la pintora y escultora Amelia Peláez y el 17 de julio al músico y compositor Sindo Garay. El 19 de agosto, el ICAIC estrenaba Memorias del subdesarrollo, del cineasta Tomás Guitérrez Alea.

Menos "cinematográfico" fue el informe que en enero de 1968, Raúl Castro había leído ante las cámaras de televisión. A los implicados en el proceso denominado "la microfracción" se les acusaba de ser "agentes de la CIA" y de llevar a cabo una campaña sistemática de calumnias y difamaciones contra el Partido Comunista de Cuba y en particular contra los hermanos Castro Ruz.

La purga política había comenzado el 1 de octubre de 1967, con detenciones, juicios sumarios y elevadas condenas a militantes del Partido Socialista Popular (PSP). El supuesto 'cabecilla', Aníbal Escalante Dellundé, fue sentenciado a 15 años de privación de libertad. A numerosos exmilitantes del PSP se les impusieron penas de 3 a 12 años de prisión. Otros fueron expulsados de sus puestos de trabajo y enviados a laborar en la agricultura.

Las tétricas UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) dejan de existir. Surge la canción protesta y el Movimiento de la Nueva Trova. Uno de sus integrantes, Pablo Milanés, había sido 'huesped' de uno de los campos de concentración que las UMAP tuvieron en Camagüey. Es época de máxima alerta y represión contra "toda manifestación de diversionismo ideológico": cabellos largos en los hombres, pantalones de pata ancha, oyentes de jazz y rock por emisoras de onda corta y seguidores de los Beatles.

La "Ofensiva Revolucionaria"

A la Ofensiva Revolucionaria del 13 de marzo de 1968, le había precedido otra ofensiva, esta vez en los campos. Cinco meses antes, el 27 de octubre de 1967, Fidel Castro le dio el pistoletazo de salida a la Brigada Invasora Che Guevara, que causaría graves daños al medio ambiente, la fauna y la flora. Medio siglo más tarde, muchas frutas siguen ausentes en las mesas cubanas.

Entre los negocios privados que todavía quedaban en La Habana de 1968, se encontraba la bodega de Leopoldo, uno de los dos hijos de los españoles que vivían al lado de nuestro edificio, en Romay entre Monte y Zequeira. Leopoldito, como le decían, y su mujer, eran dueños de una bodega cerca del Estadio del Cerro. Después que en 1968 la intervinieron, decidieron marcharse a Estados Unidos. Posteriormente se iría su hermano Manolito y su familia.

Desde marzo de 1962, en Cuba se habían implantado dos libretas de racionamiento: una de abastecimientos (alimentos) y otra de productos industriales (ropa y calzado, entre otros). Y si más o menos la gente había podido ir tirando, gracias a la existencia de comercios particulares (fondas, cafetines, puestos de fritas y timbiriches de café, entre otros). Con 0.40 centavos podías comer un pan con tortilla y tomar un batido de trigo.

A partir de 1968 todo se volvió mucho más difícil, sobre todo para las amas de casa, madres y abuelas. Los contactos con familiares y amigos en el extranjero estaban prohibidos. Era casi un delito, al estar ellos oficialmente catalogados de "traidores y desertores". De afuera, si acaso, lo que algún viajero procedente del campo socialista te trajera o vendiera o lo que con un marino mercante pudieras conseguir, aunque éstos solían traer artículos innecesarios como pañuelos de cabeza de nailon y gafas de sol. Hasta que los descubrieron, parientes de Miami en cartas y postales dentro de sobres, incluían cuchillas de afeitar, cadenitas, cositas livianas.

Vestir y calzar a un niño se convirtió en un verdadero dolor de cabeza (en 2018 todavía lo sigue siendo). Por suerte, quedaban algunas costureras. Le llevabas un vestido tuyo, ella lo descosía y de ahí sacaba una batica o una camisita. Las que sabían tejer a crochet eran muy solicitadas, porque tejían medias para niños, más baratas si le llevabas el hilo, más caras si ella lo tenía que poner. Cuando a mis hijos les quitaba los zapatos -botas negras y duras para ir al círculo infantil y kikos plásticos para salir-, en los pies les quedaba incrustado el tejido a crochet.

Cerrando negocios en una cuadra de El Pilar

Luego del machetazo de Fidel en el 68, de mi cuadra en el barrio El Pilar, no solo se fueron los hijos de nuestros vecinos españoles, también el asturiano Fermíntuvo que cerrar su carbonería, en Romay y Zequeira (una gran pérdida para mi madre, que aún cocinaba con carbón). Delia, la portuguesa, residente en la primera planta de nuestro edificio y que una de las cuatro habitaciones que tenía el piso la alquilaba por horas a parejas adúlteras, en lo adelante arrendaría solo a familias. Los dos negocios chinos dijeron adiós: el tren de lavado (así le decían a las lavanderías y tintorerías que los chinos montaban en muchas barriadas y que por sus módicos precios, las amas de casa llevaban sábanas, frazadas, manteles), y el puesto frente a la carbonería, donde podías comprar viandas, helados naturales de coco, mamey u orejones (frutas secas), frituras, mariquitas, majúas y chicharrones de viento o de tripitas.

La carnicería y las dos bodegas que teníamos en la cuadra dejaron de ser administradas por sus dueños. La peletería y las cinco tiendas que había en el tramo comprendido entre Monte y Fernandina, con la salida de sus propietarios comenzaron a caer en el desabastecimiento y el abandono. De aquellas tiendas, recuerdo la de un polaco que tenía una tiendecita dedicada a la venta de tejidos, quedaba al lado de un solar que aún existe y donde vive el abogado independiente Julio Ferrer Tamayo. También la quincalla de Chela, de origen libanés, donde yo solía comprar material escolar. Uno de los establecimientos más grandes era La Casa Mimbre, mueblería situada en Monte entre Romay y San Joaquín. Después, en el amplio local, venderían cualquier cosa. En 1977, allí adquirí el primer televisor que tuvimos, un Krim-218 soviético, en blanco y negro. Lo pude comprar gracias a un bono que me gané en mi trabajo y que te daba la facilidad de pagarlo a plazos. El banco que quedaba en la esquina de Monte y Romay de la noche a la mañana fue desmontado y en su lugar pusieron un taller de artesanía. La quincalla al doblar igualmente se esfumó.

No recuerdo la fecha, pero cuando al cine Roosevelt, en Monte y Fernandina,decidieron ponerle Guisa tuve una corazonada: de que con el cambio del nombre se iría todo lo que había a su alrededor. Y así pasó: fueron desapareciendo las dos cafeterías, la panadería-dulcería, el puesto de fritas y hasta una casona que vendía máquinas de coser Singer. El cine de mi infancia ya no existe: se fue cayendo a pedazos, como casi toda la ciudad donde nací el 10 de noviembre de 1942. En la Esquina de Tejas, a dos cuadras de nuestra casa, quedaba el cine Valentino, que los miércoles ofrecía tandas a diez centavos. Junto con el Valentino a bolina se fueron la valla de gallos, tres vidrieras-quincalla y los dos bares existentes en una las esquinas habaneras más famosas y donde por 0.50 centavos podías comer un sándwich de pan fresco de flauta con jamón, pierna asada y queso, o por 0.35, una medianoche de pan suave.

En El día que Fidel Castro eliminó las empresas privadas, publicado en CubaNet en 2014, el economista venezolano Baldomero Vásquez Soto escribió: "Una encuesta del Partido Comunista sobre las pequeñas empresas en La Habana, arrojó datos sobre la legalidad y condiciones higiénicas de los negocios, pero también de sus propietarios: cuántos tenían solicitud de salida del país y cuántos atendían directamente sus empresas. Los datos no avalaban la expropiación salvaje que se hizo de todos los negocios: 72% actuaba legalmente, 50% estaba en buenas condiciones higiénicas, solo 5.8% había solicitado permiso de salida del país y el 88% de los propietarios trabajaban en su negocio. Pero nada de eso importaba porque la decisión del 'Dueño de Cuba' estaba tomada.

"Esta razzia comercial ha sido la principal causante de la pauperización que el pueblo vive hasta hoy y no el famoso embargo del 'imperialismo yanqui', como manipuladamente denuncia la propaganda castrista. El 13 de marzo de 1968 representó el despegue definitivo del trágico viaje, sin boleto de retorno, que llevaría a los cubanos hacia el totalitarismo socialista, hacia el infierno de miseria y opresión en la que hasta hoy viven. Durante décadas, también se harían sentir las catastróficas consecuencias sobre la economía nacional de las medidas que aquel día anunciara e implementara Fidel Castro y que arrasaron con el tejido productivo de la pequeña propiedad urbana en toda la Isla".

En 1968, por suerte, ya teníamos refrigerador. Mi padre lo había comprado de uso por 100 pesos. Era de la marca Frigidaire y estuvo funcionando hasta el 2000. Terrible hubiera sido que en el 68 tuviéramos que seguir comprando a diario una piedra de hielo, que Andrés, empleado de la nevería situada en Infanta casi esquina a Zequeira, repartía a domicilio, a 5 centavos la piedra de hielo pequeña y 10 centavos la mayor. Ya bastante duro había sido para mi madre haber tenido que dejar de cocinar con carbón, cuando Fermín tuvo que cerrar la carbonería y empezar a hacerlo con luz brillante (kerosene), combustible dañino para la salud y que todo lo tizna de negro.

En 1968, cuando Fidel Castro acabó con la quinta y con los mangos (bueno, en realidad ya para esa fecha miles de matas de mangos, aguacates, guayabas, naranjas, chirimoyas, guanábanas, anones, tamarindos... habían sido derribadas por la Brigada Invasora Che Guevara), Cuba entró en un estado de coma que se agravó con el disparate de la Zafra de los Diez Millones en 1970, que si algo dejó que valga la pena recordar fue la creación de Los Van Van en 1969 por Juan Formell. En 2011, tres años antes de su fallecimiento, Formell aclaraba que cogieron el nombre de la consigna "de que van, van", porque era corto y pegadizo, pero no en apoyo de la fracasada zafra.

Hacia 1980, con el surgimiento de un incipiente cuentapropismo en los sectores agropecuarios y artesanales así como la creación del Mercado Paralelo, una red de establecimientos que vendía productos por la libre a un precio superior a los distribuidos por la libreta de racionamiento, parecía que marcarían el inicio de una etapa menos angustiosa para las familias cubanas, en particular las habaneras. Pero la mejoría en alimentos, ropa y calzado no duró demasiado.

A partir de 1990, con el desmoramiento de la Unión Soviética, llegaría el Período Especial en Tiempos de Paz, igual o peor que la Ofensiva Revolucionaria de 1968. De modo que los nacidos en los 60, como mis hijos Iván y Tamila, quienes de niños habían padecido las consecuencias de aquella etapa (aunque no la recordaran porque era muy pequeños), en los 90, ya jóvenes, les tocaría vivir un nuevo desastre de una revolución incapaz de alimentar a su población, por su incapacidad -valga la redundancia- para desarrollar con eficiencia la agricultura, ganadería y pesca, tres ramas fundamentales de la economía en una isla tropical como Cuba.

FUENTE: MARTINOTICIAS/TANIA QUINTERO

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