“El motor es el corazón de un avión, pero el piloto es su alma”

Walter Alexander Raleigh

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Raúl Solís es un tipo de esos, enamorado de los aviones. Puedes palpar a simple vista que el cielo es parte indisoluble de su hábitat, de su yo, de sus sueños. Como periodista, uno tiende a hurgar en las particularidades del entrevistado, trazar una línea de objetivos y armarse de unas cuantas preguntas imprescindibles: son gajes del oficio, dirían algunos. La que sostuve con Solís apuntaba a que sería una entrevista normal, pero terminó por convertirse en un viaje fascinante.

Al principio, trataba de esbozar una especie de mueca en el rostro, quizás como antídoto a los nervios – pensé – pero al mismo tiempo, algo tiritaba en sus ojos. ¿Firmeza? ¿Convicción? ¿Nostalgia? Entonces se acomodó en la silla, sostuvo unos segundos la mirada al interlocutor para luego abstraerse en una especie de refugio capaz de transgredir las fronteras del tiempo y comenzar a darle vida a los recuerdos.

“Yo nací y crecí para volar. Siempre tenía mis juguetes de aviones. Soñaba con ser piloto”

Todo comenzó en Camagüey, donde descubrió su pasión. Hay personas que irreductiblemente lo tienen claro desde un inicio, “a lo mejor desde la barriga de mi madre” – dice y sonríe.

“Mi padre se divorció de mi madre. A los 10 años nos fuimos para La Habana. Yo vivía con ella y mi hermano el menor, que, por cierto, se graduó en el ejército. Estudiamos en el colegio Belén. Yo entré en la marina y me enviaron a superarme a Estados Unidos y obtuve mi título de piloto naval, el 14 de octubre de 1959”.

No solo tuvo clara su vocación Solís, sino también los peligros que representaba el naciente régimen castrista: “Yo había estudiado en la biblioteca (En Estados Unidos), iba a documentarme sobre qué era el comunismo”. Además, también tuvo testimonios de primera mano.

“A mi hermano lo capturó el Ejército Rebelde [el que conformó Fidel Castro en la Sierra Maestra]; se había quedado sin municiones, nunca se unió a ellos a pesar de que trataron de reclutarlo. Yo le pregunté: ¿Qué tú viste allá arriba? Y él sin titubear contestó: El 80 por ciento son comunistas, esto es una m….a, esto no sirve”.

Cuando Solís se graduó, regresó a Cuba, ya Fidel Castro había tomado el poder. “Viajaba con pasaporte diplomático y al llegar a la isla me metieron preso. Llamé a la unidad del Mariel, y ellos les dijeron (a los censores) que yo estaba con la revolución”

Ya, como parte de la Marina, recuerda que existían muchos activos descontentos con la dictadura. “Esto es una porquería, nosotros estamos buscando entre militares cómo arreglar esto”, asegura que escuchaba decir.

“Comencé a volar porque ellos no tenían pilotos. En esos escenarios veía a los comandantes hablar: ‘mira lo que le dicen al pueblo y mira lo que están pensando’”.

La ruptura era definitiva. “Salí definitivamente el 22 agosto de 1960. Desde el 4 de julio nos reunieron a todos los pilotos navales. A mi no se me olvidan estas palabras. Ustedes han sido dejados del cuadro de oficiales de la marina de Guerra porque ya la aviación naval no va a existir; el gobierno decidió tener una sola fuerza aérea. Pero la revolución - no se me olvidan estas palabras- ha sido generosa y desea que ustedes pasen a la reforma agraria, al INRA para que vuelen los aviones de fumigación”.

“Al lado mío estaba el teniente Lorenzo Pérez Lorenzo y me dijo c… y yo le respondí que se callara la boca que en eso mismo nos íbamos a ir de allí, él era más joven que yo”.

Mientras esbozaba esos recuerdos, tragó en seco y apretó las manos, “lo tumbaron delante de mí, se murió en el mar no se sabe donde cayó”, lamentó.

Y prosiguió con el recuerdo de la epopeya. “Estuvimos un mes buscando la forma de irnos de Cuba porque nosotros estuvimos involucrados en una conspiración que se iba a dar el 30 de junio de 1960. A varios los capturaron y los condenaron. Yo entonces me convencí de que había que irse porque iban a buscar algo para encerrarnos. Comencé a tramitar visas para mi familia a través del teniente Alberto Alberti, que trabajaba para la CIA, me comunicaron que supuestamente venía a buscarnos un barco por Guanabo. Cancelaron la operación. A la semana lo mismo y una tercera vez más. Llamé entonces a un teniente de la policía que era amigo para que me averiguara si yo estaba en la lista restrictiva del aeropuerto. Me dijo que no y me fui a la casa, recogimos un poco de ropa y nos fuimos en un avión a Cayo Hueso”.

Aun estando en Cuba, se comenzó a fraguar la participación en la brigada de asalto: “Me habían mandado tres mensajes. Estaba en la playa, se me acerca una muchacha y me dijo que era amiga de un amigo y que hacían falta pilotos militares en Miami. Cuando llegué [a EEUU], me comuniqué nuevamente con Alberti, me fue a buscar y fuimos a un apartamento de Miami Beach. Me contaron los planes y sin titubear le dije, cuenta conmigo, tú sabes que yo vine para eso, para regresar a pelear por la libertad de Cuba”.

“Mi niñita se acercaba a mí en la playa cuando llegó el aviso. Se me puso la piel de gallina, la abracé, miré a mi esposa y le dije, me tengo que ir. Tú sientes como un vacío porque no sabes si será la última vez. Siempre hay colaterales en una guerra”. En las palabras de Solís salen detalles de la invasión: “Nos habían prometido darnos aviones de combate, se pensaba los P 51, pero cuando llegamos nos encontramos B 26, Curtis C 46 y el DC 4. A mi me pusieron de copiloto de los C 46 y de los DC 4 con el capitán Eduardo Ferrer, un hombre de mucha experiencia. Empezamos a hacer misiones a Cuba. Salíamos de Guatemala y volábamos hasta el Escambray y hacíamos los “dropping” de municiones y armas. A veces nos tiraban duro, menos mal que no tenían calibre 50 – hace una pausa como dando gracias, pero con un toque de jocosidad dice, hasta un día. Una semana antes del ataque a la Habana, que fue el 15 de abril, dos días antes de la invasión [a Bahía de Cochinos]. Nos enviaron al Central Australia. Teníamos que llegar como a 6.000 u 8.000 pies y ver una cruz que hacían con linternas. Reducíamos la velocidad, cuando la cruz se comenzaba a perder en la nariz del avión, tocabas el timbre y los muchachos que estaban detrás, se tiraban. Antes de llegar, fue como una película, se iluminaba el cielo. Nos tiraron con todo: 20 mm, con 50, no nos tumbaron de milagro”.

Sobre la muerte del teniente Lorenzo rememora: “Tú quieres hacer algo pero que no puedes. A ellos les tumbaron el motor dos. No sabían en que rumbo estaban volando. Me dijeron: ‘aquí hay un barco’. Les dije, tírense al lado del barco. Ellos decidieron seguir. Era un estado de desesperación. ‘Me quedan 10 minutos de gasolina’, fue lo último que escuché de Lorenzo. Se mataron en el mar”.

Solís orgulloso subraya: “nosotros los pilotos causamos más de 4.000 bajas”.

Cuando vi a mi hija y a mi esposa, el sentimiento fue como una paz, pero al mismo tiempo frustración. Cuando regresaron mis compañeros, di gracias a Dios de que no los hubiesen fusilado.

“Le pido a Dios que me dé salud para ver a Cuba libre. Y si me muero que me entierren allá”.

“Nosotros fuimos a pelear por una Cuba democrática, nosotros no fuimos mercenarios, fuimos soldados que pelearon por la libertad de su patria”.

Levantó nuevamente la mirada y sentenció: “Sufro por Cuba, su destrucción. El comunismo es el cáncer del mundo, a mis 88 años, volvería a ir”.

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