@ilianalavastida

MIAMI.- Cuando un día tomé conciencia de que tenía que explicarle a mi hija lo que había sido la URSS y el llamado bloque socialista de Europa el Este, caí en cuenta de que pertenezco a una generación que experimentó en su propia piel los efectos del derrumbe de un sistema que permeó la vida de los cubanos nacidos durante las tres penúltimas décadas del siglo XX.

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Pero no fueron sólo las noticias de que algo terminaba para siempre con la caída de un muro que dividía en dos a un mismo país lo que nos impactó en Cuba a finales de los años 1980. También el desmembramiento de una unión de repúblicas, que nos impuso un idioma alejado de la simiente de nuestra cultura, traía hasta la isla las voces del cambio inminente.

“Nos dejaron colgando de la brocha los rusos”, le oí decir en conversación de pasillo por esos días a uno de los funcionarios del Partido Comunista en la isla que observaba con desconcierto el final del entramado que sostenía las bases de una economía cubana inexistente, operada exclusivamente a partir de subsidios, a cambio de un sometimiento que condicionaba desde los programas de estudio en las escuelas, a todos los niveles, hasta la música y las películas que más se difundían.

Y desde luego que estos aires, por lejanos que parecieran, no dejaron de influenciar a la pequeña isla del Caribe. Las palabras glasnost (transparencia) y perestroika (restructuración), aunque provenían de la hasta entonces “inquebrantable aliada” Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, había que pronunciarlas con cuidado para no caer en posturas que fueran consideradas de “diversionismo ideológico”, tal y como sucedió con el grupo de estudiantes de periodismo de la Universidad de La Habana, con el que me gradué en 1988, quienes terminamos siendo descalificados como “un ejército de pulgas que se atrevió a enfrentar al Comandante”, según lo definió el entonces dirigente juvenil Roberto Robaina, en referencia a quienes en un inusual encuentro durante el año final de la carrera, abordamos a Fidel Castro con preguntas en las que cuestionábamos su potestad de administrarlo todo y el culto a su personalidad.

Nada más inoportuno para mantener el control de una sociedad cerrada como la cubana que aquel espíritu transformador proveniente de Europa. Algunos se resistían a admitirlo, otros más osados, se referían públicamente a la necesidad de asimilar la reestructuración del sistema de gobernación que 70 años de tropiezos se encargaron de demostrar indiscutiblemente fracasado e inviable, desde los puntos de vista social, político y económico.

Entre tantos osados que se unieron al clamor de cambios, algunos que se creían respaldados por años de “trayectoria revolucionaria” e “incondicionalidad”, se sintieron con el derecho de manifestarlo públicamente y pedir que la ya entonces entrada en años “revolución cubana” no obviara la urgencia de reconsiderar que el país no debía permanecer sumido en lo que mundialmente había demostrado ser un sinsentido, el llamado socialismo.

Corría el año 1989, había sido derribado el muro de Berlín y al calor de las arengas oficialistas en las que se pedía al pueblo resistencia ante el período de hambruna brutal y desabastecimiento que se avizoraban, junto a la pérdida de los aliados europeos, a Fidel Castro se le abrió otro frente en el que debía “combatir” y que además contribuiría a desviar el curso de la atención de los cubanos de la debacle que se les venía encima.

Con desconocimiento absoluto del común de la población en la isla, para entonces Cuba formaba parte de un puente para el tráfico de cocaína con destino a EEUU que desde Colombia operaba el cartel encabezado por Pablo Escobar, para el que también era utilizado el territorio mexicano, según el testimonio de John Jairo Velásquez (alias Popeye), unos de los sicarios más cercanos al capo colombiano, original de Medellín.

La operación fue interceptada por la DEA y gracias a las confesiones de los arrestados, según describió Popeye en entrevista concedida a DIARIO LAS AMÉRICAS en 2016, el tráfico que se había estado desarrollando con éxito durante dos año fue desmontado y comenzaron a aparecer nombres clave que sacaron a la luz los vínculos del régimen de La Habana con estas maniobras.

El exnarco en su testimonio aseguró que las operaciones sostenidas durante dos años habían sido comandadas "por los militares cubanos al mando del general (Arnaldo) Ochoa y el oficial Tony de la Guardia, bajo instrucciones directas de Raúl Castro".

Sin embargo, lo que se conoció después y que trascendió a la luz como la causa número 1 en la que fueron condenados el coronel de tropas especiales del Ministerio del Interior Antonio de la Guardia y su hermano gemelo, el general Patricio de la Guardia, así como el general de división de las Fuerzas Armadas y héroe de la República Arnaldo Ochoa, junto al capitán Jorge Martínez Valdés y el mayor Amado Padrón Trujillo, presentó a los altos oficiales y hasta ese momento, figuras emblemáticas e incuestionables, como grandes traidores a la patria que habían puesto en evidencia con sus “acciones irresponsables” el “incuestionable prestigio de la revolución”.

Los juicios sumarios televisados en su totalidad en los que los acusados optaron por inculparse y asumir toda la responsabilidad, cumplían el cometido de mostrar la imagen incólume del líder incuestionable que ofendido por los actos inmorales de sus subordinados no podía menos que pedir cayera sobre ellos todo el peso de la ley.

Al cumplirse 30 años de aquel proceso de purga, observar en la distancia aquellos hechos, permite poner la historia en perspectiva.

A Cuba, el más fiel estandarte del estalinismo en el hemisferio occidental, en momentos que el socialismo agonizaba como sistema, no le hacía falta la voluntad expresa de un militar de rango y con gran arraigo popular como lo era el general Arnaldo Ochoa, quien había discutido con Raúl Castro la necesidad de implementar en el país cambios drásticos. Por tanto, la aparición de su nombre como parte de quienes involucraban al régimen con la mencionada operación de tráfico, llegó en el momento preciso para encontrar el motivo que justificara su salida de la ecuación de los intocables.

Al coronel de tropas especiales Antonio de la Guardia, quien hasta ese momento integraba uno de los grupos élites del Ministerio del Interior, de nada le sirvió escuchar la propuesta que le hiciera Fidel Castro estando ya prisionero, durante un encuentro privado que excedió las tres horas, en el que a cambio de perdonarle la vida, lo conminaba a reservarse en público el secreto de que sus vínculos con altos capos de la droga eran órdenes que habían sido dadas por quienes único tenían la potestad de hacerlo en la Cuba de los 80.

Tres décadas después, el fantasma de las ejecuciones de Arnaldo Ochoa, Antonio de la Guardia, Jorge Martínez Valdés y Amado Padrón Trujillo todavía rondan la memoria de quienes fuimos testigos de aquel proceso en el que sin dudas, los aires de cambios llegados desde la lejana URSS únicamente sirvieron para estimular el ensañamiento de una cúpula gobernante, tan implacable como capaz de hacer lo inimaginable por permanecer en el poder.

El tiempo se ha encargado de demostrarlo, tanto así que la mayoría de los familiares de los implicados y otros, cuyas ocupaciones en aquel momento les permitieron observar muy de cerca la maniobra diseñada por los Castro para exculparse, aun fuera ya del entorno de influencia de los ejecutores del proceso, optan por mantener el silencio y se abstienen de comentar públicamente los detalles del gran enigma que fuera la causa número 1.

Poco más de un mes después de las ejecuciones de los condenados, en agosto de 1989, el banquillo de los acusados del proceso de depuración emprendido contra incondicionales lo ocuparon el entonces ministro del Interior, general de división José Abrantes; el general de división Pascual Martínez Gil; el teniente coronel, Manuel Gil Castellanos; el teniente coronel Rolando Castañeda Izquierdo; el general de brigada, Roberto González Caso y un civil, Héctor Carbonell Méndez. Todos procesados en lo que denominaron la causa número 2.

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