domingo 19  de  abril 2026
OPINIÓN

La libertad de Cuba: ¿Por qué nos ha tocado ser los últimos?

El destino de Cuba está intrínsecamente ligado al futuro democrático de Iberoamérica, y mirar hacia otro lado equivale a renunciar a la responsabilidad compartida de defender la libertad y los valores democráticos en la región

Diario las Américas | ZOÉ VALDÉS
Por ZOÉ VALDÉS

Cuba, la mayor de las Antillas, ha vivido una historia marcada por la lucha constante por la libertad. Durante siglos, el pueblo cubano ha sido testigo de conquistas, colonizaciones y gobiernos que han limitado sus derechos y su autodeterminación. Sin embargo, lo que llama la atención en el contexto sudamericano es que la independencia y la verdadera libertad de Cuba han llegado mucho después que en otras naciones de la región.

En el siglo XIX, mientras países como México, Venezuela y Argentina lograban liberarse del dominio colonial español, Cuba permanecía bajo la tutela de la corona, siendo provincia. Las razones fueron diversas: la importancia estratégica y económica de la isla para España, la resistencia de sectores conservadores locales y el temor internacional al impacto que una Cuba independiente podría tener en la geopolítica caribeña. A esto se sumaron los intereses estadounidenses, que vieron en Cuba una pieza clave para sus aspiraciones en la zona.

El pueblo cubano nunca dejó de soñar con la independencia, finalmente devino pesadilla. Las guerras de liberación, como la de los Diez Años y la Guerra de Independencia liderada por figuras como José Martí, son prueba de una voluntad inquebrantable. Pero incluso tras la independencia formal en 1902, la isla enfrentó intervenciones extranjeras, dictaduras y, posteriormente, un sistema político cerrado bajo el yugo comunista que aún hoy condiciona la vida de sus ciudadanos.

Ser los últimos en alcanzar la libertad no es motivo de vergüenza, sino de reflexión. Cuba representa la perseverancia iberoamericana, el espíritu de resistencia y la esperanza de que, tarde o temprano, la libertad llegará plenamente. Este proceso nos recuerda que el camino hacia la emancipación no es lineal ni sencillo; cada nación enfrenta sus propios desafíos y tiempos. La historia cubana nos enseña que la libertad verdadera es un ideal por el que vale la pena luchar, sin importar lo tardío que parezca su llegada.

A pesar de las expectativas generadas durante su mandato, Donald Trump no priorizó la causa cubana en su agenda internacional, manteniendo una postura vacilante y centrando sus políticas en otros asuntos geopolíticos. Sus acciones respecto a Cuba se limitaron principalmente a reforzar sanciones económicas y restricciones, pero evita hasta ahora un apoyo directo a la reconquista de la libertad en la isla -o sea una invasión militar humanitaria. Esta actitud ha causado frustración entre los cubanos que esperaban una intervención más decidida, ya que parece dudar y dejar a Cuba en un segundo plano frente a otros conflictos globales.

La complejidad de la política estadounidense hacia Cuba, sumada a intereses estratégicos y el temor a desestabilizar la región, ha hecho que líderes como Trump prefieran adoptar posiciones conservadoras. Esto contribuye a que los cubanos sigan esperando un respaldo firme por parte de Estados Unidos, mientras la lucha por la libertad continúa siendo una tarea pendiente y prioritaria para el pueblo cubano.

Sin embargo, Estados Unidos y Donald Trump debieran comprender que la cabeza del monstruo islamocomunista se encuentra en Cuba. Esta realidad convierte a la isla en un epicentro estratégico para los movimientos terroristas y totalitarios que buscan expandirse en Iberoamérica y el mundo. Ignorar el papel central de Cuba en esta dinámica solo prolonga la influencia de regímenes opresivos y dificulta la consolidación de la democracia en la región.

Abandonar a Cuba a su mala suerte no traerá nada positivo para los países de la región, sobre todo para Estados Unidos, que no se levantará jamás de su deslealtad frente a la mayor de las Antillas. Esta actitud pasiva no solo perpetúa la opresión en la isla, sino que también debilita la credibilidad y la influencia de Estados Unidos en el continente. El destino de Cuba está intrínsecamente ligado al futuro democrático de Iberoamérica, y mirar hacia otro lado equivale a renunciar a la responsabilidad compartida de defender la libertad y los valores democráticos en la región.

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