LA HABANA. - Cuando el gobernante Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, 60 años, elegido a dedo por el dictador Raúl Castro, visita cualquiera de las barriadas pobres, mayoritariamente negras y mestizas de La Habana ‘profunda’, a pesar del amplio despliegue policial para protegerlo, se percibe la tensión en su rostro.

Hace unos días, durante su recorrido por el Consejo Popular Tamarindo, en Santo Suárez -municipio Diez de Octubre en el sur de La Habana- a Lorenzo, un mulato fibroso que vive de lo que ‘se cae del camión’, le llamó la atención que mientras Díaz-Canel recorría el solar de Las Margaritas donde nació Celia Cruz, “la cara de miedo se le notaba a una legua. El tipo se ve que no coge ni Sol. Estaba rojo como un tomate y tenía toda la camisa sudada. Parecía un extranjero”.

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A Solange, vendedora de turrones caseros de maní, la sensación que le produjo la visita de Díaz-Canel al barrio de San Isidro, en la zona antigua de la capital, “era que el hombre tiene tremenda flojera (temor). Andaba con cinco o seis chivatos que hay en la zona. La gente estaba a cien metros por donde caminaban Díaz-Canel y sus ‘secuaces’. Casi todos blancos y gordos. Se veía que estaba loco por montarse en el BMW y arrancar pa’ su oficina en el Palacio de la Revolución o su residencia en Miramar”.

Puesta en escena

Cuando usted le pregunta a un residente en el sureño distrito capitalino de La Güinera, municipio Arroyo Naranjo, la mayoría coincide en que la visita de la corte presidencial fue una puesta en escena. “Los que hablaron con Díaz-Canel fueron escogidos. Trajeron personas de otros lugares para que hicieran coros de apoyo al gobierno. La santera que visitó en su apartamento es una mujer de corcho. Flota en todos los ambientes. Si de verdad el presidente quería reconciliación, debió visitar la casa de la familia del muchacho que mató la Policía [Diubis Laurencio, 30 años, muerto de un disparo por la espalda], o hablar con los padres del adolescente que fue herido en una pierna”, apunta un vecino de La Güinera.

Ambición de poder

Un amplio segmento de cubanos coincide en que la mayoría de los dirigentes en la Isla viven en otra dimensión. Más que a la ideología marxista o una supuesta lealtad a Fidel Castro, a esta cofradía le une su ambición por el poder y el dinero. Son funcionarios políticos formados en escuelas ideológicas del partido comunista que, por decantación, van ascendiendo a las diferentes estructuras del poder autocrático en Cuba.

El cargo de un ministro puede ser vitalicio. Como el del Papa o un rey. Algunos de los futuros dirigentes nacionales (denominados 'cuadros' en la jerga partidista) han nacido en barrios humildes de campos o ciudades donde apostar dinero en la bolita (lotería clandestina) o prostituirse por 20 dólares la noche es habitual, pero cuando ocupan cargos importantes comienzan a desconectarse de sus raíces.

Con la muerte de Fidel Castro el 25 de noviembre de 2016 culminó la etapa del líder que se interesaba en parecer carismático y camaleónico, capaz de arrastrar a sectores populares a sus macarrónicas propuestas, incluso aunque pensaran y actuaran de forma diferente. Su hermano y sucesor, Raúl Castro, nunca generó entre los cubanos demasiadas simpatías. Todo lo contrario. Gracias al miedo y el poderoso control social diseñado por el partido comunista e implementado por la omnipresente policía política, pudo gobernar sin agobios.

Castro II es un general sin batallas. Su principal virtud es la intriga. Un conspirador nato. Un hombre que conoce sus limitaciones y sabe escuchar. Aunque es el que da luz verde a cualquier estrategia política y económica en el país. Raúl, al igual que Fidel, consideraban que por sus méritos históricos tenían derecho de pernada para hacer lo que les pareciera. Veían a Cuba como una extensión de su finca en Birán, lugar del oriente del país donde nacieron.

Díaz-Canel, el obediente

Miguel Díaz-Canel es otra cosa. Para un periodista residente en el exterior, "Díaz-Canel es un dirigente mediocre y obediente que siempre cumplió órdenes. Sabe que su gobierno es de atrezzo. Que donde se toman las decisiones cardinales es en otro sitio. Por eso suelen definirlo como un capataz, un mascarón de proa que tendrá que esperar la muerte de los 'históricos’ y que, si supo construir alianzas, podría gobernar de manera independiente en un país que hace aguas por todas partes".

Un analista de temas políticos cubanos opina que el actual ‘presidente’ y primer secretario del partido comunista, "tiene más ego que talento. Le gusta resaltar su título de ingeniero eléctrico, aunque nunca ha ejercido la profesión. Y para intentar marcar diferencias, armó un espectáculo institucional que le otorgó el grado de doctor en ciencia. En la vida real es un funcionario gris, indeciso, y que las situaciones tensas, como se vio el 11-J, lo suelen superar. Se le da mejor jugar dominó los fines de semana con su esposa y un par de amigos, mientras comen tamales y chicharrones y beben cerveza Bucanero".

Quienes le conocen personalmente dicen que no es mala persona, a pesar de tener la típica manía de los burócratas criollos de reunirse todos los días. Probablemente, luego de tres años en el poder, secretamente, haya llegado a una triste conclusión: el modelo cubano no tiene salvación. Pero tal vez no quiere, no puede o no sabe asumir la responsabilidad para salvar la nación. Su decisión de autorizar la violencia entre cubanos el 11-J lo ha puesto en el colimador de un futuro tribunal independiente.

Probablemente nunca quiso mancharse sus manos de sangre. Pero los militares que sustentan el poder auténtico no le dieron otra opción. Como su autoridad resultó dañada, los servicios especiales han diseñado una operación de maquillaje político para redimir su imagen. No ha funcionado. Díaz-Canel es más impopular después del 11-J.

En las alcantarillas del poder se burlan de sus vacilaciones. Recuerdan que dio marcha atrás a dos normativas aprobadas por el régimen, ya sea por la presión de taxistas privados y por el artista visual Luis Manuel Otero Alcántara: tuvo que engavetar una regulación para topar los precios de las carreras de taxis y la Ley 349.

El soberbio

El mote que le han colgado se usa para catalogar a personas que no merecen el más mínimo respeto. Díaz-Canel ha reaccionado motivado por la ira. Craso error. Nunca se debe odiar al adversario, afecta la lucidez. La encarcelación de Maykel Osorbo, Luis Manuel Otero, Lázaro Yuri Valle Roca, José Daniel Ferrer y Félix Navarro, entre otros disidentes, es más un acto de soberbia humana que de lógica política.

El gobernante designado tiene amplia información aportada por la contrainteligencia y sabe que ni la oposición ni el exilio organizaron las sonadas protestas del domingo 11 de julio de 2021. Desde luego que el Movimiento San Isidro y los jóvenes intelectuales del 27N son los inspiradores del estallido social. Pero las marchas fueron espontáneas, potenciadas por las nuevas tecnologías de la información.

Se supone que Díaz-Canel esté al tanto de la escasa aceptación popular a su gestión presidencial, su errático desempeño en el enfrentamiento de la pandemia y la raquítica producción de alimentos. La misión actual del mandatario se antoja imposible. Es como la fábula del niño que con su dedo intenta taponar un agujero en un dique para impedir que el alud de agua inunde el país.

No tiene sentido remar a contracorriente cuando una parte considerable de los cubanos desea cambios políticos y económicos. Quieren vivir en democracia. Esos anhelos no se van a revertir con visitas de última hora a barrios marginales de La Habana. Tampoco pidiendo asesoría espiritual a una santera en el barrio La Güinera.

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@DesdeLaHabana

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