MIAMI- El fallecido dictador Fidel Castro dividió a millones de familias cubanas durante generaciones y casi 60 años en el poder. Su estrategia fue crear una clase proletaria, pobre y dependiente de la élite en el poder que respondiera a los planes del régimen y se opusiera radicalmente a cualquier intento de derrocamiento, fraguado desde el exilio en Miami.

La idea era crear un tsunami de pueblo que respaldara a los ojos del mundo una ideología, cuya inmensa mayoría desconocía por su idiosincrasia; más influenciada por el capitalismo estadounidense y mezclada con tradiciones españolas que por una Rusia culturalmente distante, expansionista y comunista.

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El plan de Castro se agilizó tras la invasión a Bahía de Cochinos o Playa Girón como le nombró la dictadura.

La imagen en Bahía de Cochinos en abril de 1961 del Castro guerrillero y comandante revolucionario al bajar de uno de los tanques confiscados al ejército del dictador Fulgencio Batista, cuando ya la situación había sido controlada, reforzó el mito de coraje y liderazgo de la figura de Castro, que se consolidó como líder de la que a partir de entonces se declarara revolución socialista.

“La derrota del imperialismo yanqui”

Castro se jactó de haber derrotado al “imperialismo yanqui” cuando en realidad la invasión fue llevada a cabo por patriotas exiliados cubanos, que no recibieron el apoyo aéreo del gobierno estadounidense de John F. Kennedy, quien no autorizó el despegue de los cazas y bombarderos del ejército norteamericano en el desembarco.

Más de seis décadas después, en el estallido social por la libertad que dio inicio el 11 de julio en el poblado de San Antonio de los Baños, en las afueras de La Habana, el preponderante grito de libertad y patriotismo vuelve a pulverizar las relaciones familiares entre las 90 millas que separan a Cuba de EEUU.

Desde los primeros meses de revolución salieron de la Isla unas 270.000 personas, de esa cifra se asentaron en Miami 180.000 y el resto en otras ciudades de EEUU, según archivos en Washington.

Mediante los llamados vuelos de la libertad entre 1965 y 1973, 265.000 cubanos, también opuestos a la revolución y al comunismo, llegaron a EEUU, casi todos convencidos de que el regreso sería pronto y que el final del castrismo estaba cerca. Primero, antes de salir, los obligaron a trabajar durante meses en “campos de concentración” en la agricultura. Bajo la vigilancia de militares tuvieron que ganarse el permiso de salida que les ofrecía el gobierno a través de chantaje y abuso.

La revolución socialista de Castro divide a las familias cubanas

Las salidas aéreas fueron aprobadas por el presidente Lyndon B. Johnson, después de que Fidel Castro abriera la válvula de escape para los "contrarrevolucionarios'', anuncio que causó el primer éxodo por el puerto de Camarioca. Familiares en Miami rentaron cientos de embarcaciones para rescatar a sus seres queridos del comunismo.

Finalmente, la cifra total de cubanos que abandonó la isla en los primeros diez años sumó más de 615.000. No había celulares ni internet. La comunicación era por teléfonos fijos, llamadas que el régimen interceptaba y cortaba casi inmediatamente; otras las permitía para espiar a personas de su interés. Millones de cartas, fotos y telegramas terminaron en los archivos de la Seguridad del Estado (Servicio de Inteligencia cubana). Jamás llegaron a sus destinatarios.

Los exiliados no solo fueron desterrados por el comunismo, fueron desterrados también por su propia familia que se unió a la revolución castrista. Solo un puñado de cubanos respetó ese amor genético y maternal. La inmensa mayoría fue arrastrada por la demagogia castrista, por el populismo y el ego de un grupo de hombres que juró lealtad, dignidad y lucha por la independencia de Cuba para someterse luego a los designios del comunismo soviético e internacional.

Cientos de miles de exiliados, con un dolor y daño emocional incalculables, perdieron todo tipo de comunicación con sus familiares en la Isla o recibieron un balde de agua fría cuando sus propios hermanos o padres les decían: “No necesitamos absolutamente nada del imperialismo”. Entonces, bajo ese dolor, el exilio emprendió su marcha hacia el éxito, hacia el futuro de sus hijos, pero siempre con la misma convicción: nunca olvidaron a Cuba, jamás viraron su rostro sin importarles el destino de su añorada patria.

Durante décadas, los exiliados cubanos –principalmente en EEUU- no solo convivieron con el sufrimiento de perder a una Cuba en libertad y democracia, sino con la angustia e impotencia del fraccionamiento familiar; a solo 90 millas.

El socialismo en SOS y la dependencia de Cuba

Un sistema inmóvil y disfuncional tenía que caer en algún momento. Desde 1985 y con la Perestroika (reestructuración) implementada por Mijail Gorbachov en Moscú, comienza a gestarse el desmoronamiento del campo socialista en Europa del Este junto a lo que fuera la Unión Soviética. El socialismo, sin otra opción posible, se auxilia entonces para su supervivencia de la economía capitalista de mercado.

La dependencia del campo socialista, y por consiguiente el ahogamiento económico de Cuba, obligó a Castro a una reapertura parcial del país [interna y externa]. La dictadura, acostumbrada a no ceder demasiado, se atrincheró y apenas hizo los cambios necesarios para no desaparecer. Fidel Castro reiteró una y otra vez públicamente su renuencia a una drástica transformación y se encargó de silenciar y erradicar cualquier intento similar en Cuba a la Perestroika.

No obstante, de su intransigencia política, los viajes de cubanos de EEUU a La Habana comenzaron a aumentar de forma progresiva. La autosuficiencia del régimen se había desarticulado y los residentes en la Mayor de las Antillas se percataron de que la presunta solidez y augurio de un “socialismo indestructible” se esfumaban lentamente.

Miles de fieles defensores de la ideología comunista en Cuba comenzaron a abrir los ojos tras la caída en Europa del Este, entonces se afiliaron al “socialismo castrista” [la versión cubana del comunismo] que vendió la dinastía de los Castro al pueblo.

Muchas familias, después del éxodo del Mariel en 1980 y los sucesos de la embajada de Perú en La Habana, se reencontraron en pos de recuperar los años de división y odio ideológico inculcado por la dictadura y su anillo de poder más cercano. La mayoría reconoció el daño, mientras aceptaba esa clase –creada por Castro- de “gusanos y traidores” radicados en Miami después de 1959; cuya prosperidad lograda era evidente.

Cientos de empresas extranjeras en la década de 1990 oxigenaron al régimen castrista y los ocho años de la administración de Barack Obama tapizaron los asientos de la cúpula de poder en Cuba. Los problemas no terminaron, solo se refugiaron bajo el tapiz.

La doble moral del régimen

La represión silenciosa, el control gubernamental, el descalabro de la economía socialista cubana [sin soluciones efectivas ni perspectivas] y la falta de libertades, causaron, desde 1959, tres grandes éxodos hacia EEUU (Camarioca, Mariel y el de 1994 por varios puntos del país). Todos, en cada momento histórico, han liberado las tensiones sociales a las que se ha enfrentado la dictadura. Las remesas de esos exiliados se convirtieron en las piernas del desgobierno cubano en las últimas tres décadas.

Más de 3 millones de cubanos en el exterior enviaron en el 2019 a Cuba dinero efectivo y mercancías por valor de 6.616 millones de dólares. Debido a la pandemia de COVID-19 y las restricciones impuestas por el régimen de la Isla la cifra cayó a menos de la mitad en el 2020 (unos $3.000 millones).

Las remesas y las mercancías de los exiliados cubanos mantienen la dictadura de Castro, que se encargó de despedazar la economía y la infraestructura del país, a través de la doble moral: “la mafia del exilio y el imperialismo son despreciables", dijo Fidel Castro muchas veces. Sin embargo, necesitó y contó en las últimas décadas con el dinero de los emigrados cubanos para "salvar la revolución".

En los últimos 30 años, los cubanoamericanos y el resto en los más de 70 países del mundo crearon de manera inconsciente una nueva clase social en Cuba: “los pichones”; los “acomodados”. Esos que en su gran mayoría no trabajan y viven de las prebendas de subsidio de sus familiares en el exterior. Los que despiertan a las 11:00 a.m. o 12 del mediodía sin la necesidad de trabajar; que comen y beben [con fondos del exilio] en paladares (creadas casi todas con el dinero de los exiliados); que se hospedan en los hoteles del país después de que el gobierno autorizó (también con el dinero de los exiliados), y en las noches a discotecas y lugares de entretenimientos (también levantados con el sudor de los exiliados).

Menos del 12% de los negocios creados en Cuba con la última “apertura” se edificaron con capital interno, sin ningún tipo de ayuda del exterior.

La cifra corresponde a restaurantes, cafetería-restaurantes, dulcerías, talleres de mecánica, discotecas y otros que lograron pasar de la categoría de “timbiriches de supervivencia”. Todos con una extensa lista de limitaciones y un freno constante frente a cualquier tipo de “enriquecimiento desmedido” o “enriquecimiento ilícito”; términos que usa la élite gubernamental para no ceder en el control estatal.

Hasta aquí, la familia cubana, gracias en alta porción al sacrificio de los emigrados, comenzó a ver a los familiares como los salvadores en un sistema que “no es tan malo, lo que necesita es mayor apertura”, filosofía compartida por buena parte de esa clase denominada “pichones”.

El estallido social del 11 de julio y su repercusión mundial

En los suburbios, en las favelas cubanas, en los barrios más empobrecidos y en medio de una extrema miseria se cocía el estallido social de los desposeídos, los que varios días al mes duermen sin alimento alguno en sus estómagos (también sus hijos), los malnutridos; los padres que sufren a diario la penuria; los que perdieron toda esperanza en las promesas de una revolución que los abandonó y que no escucha siquiera desde hace años sus reclamos.

Con un país en ruinas, sin liquidez financiera, escasez desorbitante, tensa situación social y un aumento desaforado de la represión, el gobernante Miguel Díaz-Canel, designado directo de Raúl Castro, emprendió una cacería de arrestos y decomisos contra los cuentapropistas en medio de la pandemia. Primero anunció el retiro del CUC por el dólar en tarjetas de débito -sin derecho a extraer efectivo en esa moneda- y luego la decisión del euro como circulante oficial. No encuentran ahora la brújula y lanzan medidas desesperadas a ver si alguna contiene la efervescencia popular.

Todo lo anterior desencadenó en el estallido social más extenso en Cuba y el de mayor repercusión mundial en la historia de la dictadura en sus 62 años, gracias a las grabaciones hechas por los manifestantes y residentes con teléfonos celulares.

La represión, las golpizas, los secuestros, los arrestos y los asesinatos

Ante una represión sin límites: golpizas, desapariciones, secuestros [incluso de niños], asesinatos y torturas; todo bajo total impunidad, el régimen de La Habana intenta desarticular la sublevación. Ahora también con juicios sumarios [sin la más mínima garantía de derechos] para sentenciar a 20 y 30 años a miles de manifestantes, que antes fueron golpeados y torturados.

Imágenes de extrema violencia y abusos por parte de policías, agentes de la Seguridad el Estado y fuerzas especiales entrenadas para matar, han causado la indignación y condena de cientos de miles de exiliados cubanos e hispanos en diferentes países, en especial en EEUU.

Videos en las redes sociales muestran ahora a exiliados reclamando acción a sus familiares en Cuba para terminar con la más sanguinaria y antigua dictadura en la historia universal. Tan represiva y cruel como el nazismo y el fascismo.

Ninguno de los gritos y consignas escuchadas en el estallido que comenzó en San Antonio de los Baños el 11 de julio se referían a remesas, comida, incluso ni a medicinas.

Los cubanos piden ¡libertad!, no remesas

Los cientos de miles de cubanos sublevados en más de 40 localidades por toda la Isla pidieron ¡LIBERTAD! ¡Basta ya! ¡NO más represión! ¡Comunismo NO! ¡Abajo la dictadura! e incluso, ¡Intervención!, refiriéndose a una acción militar de EEUU en el país caribeño.

Después de una semana de protestas en Cuba contra la opresión del régimen comunista, la administración Biden afirma que analiza el incremento de remesas y el aumento de su personal en la embajada, que se mantiene con un mínimo de funcionarios después de los ataques acústicos a diplomáticos estadounidenses en La Habana.

Si Biden pone en práctica lo que el Departamento de Estado anunció, no solo siembra la repulsión de gran parte del exilio cubano, sino que incrementará aún más la división entre las familias y dará el apoyo necesario que tanto busca en estos momentos una dictadura moribunda, asustada y lista para escapar, al igual que lo hizo Fulgencio Batista en 1958.

Fuentes dentro de la cúpula castrista afirman que el gobierno activó durante las masivas protestas el plan de escape de la élite del poder y sus familias, en caso de no haber podido controlar la sublevación popular.

En varias ocasiones Fidel Castro se percató de la inminencia de un levantamiento popular en medio del pico de desabastecimientos, cortes eléctricos y estrictos controles estatales. La estrategia fue siempre buscar un pretexto para descompresionar la tensión social mediante el éxodo de "cubanos inconformes y contrarrevolucionarios". Por eso firmó varios acuerdos migratorios con EEUU e impulsó salidas masivas en 1980 por el Mariel y en 1994 (aguda recesión económica nombrada Período Especial) por diferentes puntos de la isla.

La inmensa mayoría que salió a las calles de Cuba el 11 de julio y durante varios días después para exigir libertad y el fin de la dictadura no fueron en mayoría los “pichones” ni los “mantenidos” con las remesas del exilio. Fueron indignados cubanos que lo único que tienen para perder son sus propias vidas y la de sus familias.

El coraje de enfrentarse a la dinastía castrista sin armas y sin nada para defenderse que no fuera un teléfono celular, supera cualquier predicción. Muchos desde balcones y esquinas grabaron atónitos lo inimaginable años atrás, y con un mensaje devastador para la dictadura: la mayoría de los manifestantes eran jóvenes; una nueva generación que ha visto la aniquilación de las anteriores y no desea lo mismo.

La falta de acción de familiares en Cuba, el miedo de siempre custodiado por el dinero del exilio que les impidió sumarse a las multitudinarias protestas, han calado en la otra parte de Cuba en tierras foráneas; esa parte de emigrados que fue obligada a salir y dejar todo atrás para comenzar una nueva vida en distintas naciones y así poder ayudar a los suyos dentro de la Isla.

De manera inconsciente, crearon una clase alejada y desinteresada en cualquier apoyo directo a la libertad y en busca del fin del régimen. Pero el comienzo de la sublevación popular en Cuba y el apoyo del exilio, al parecer, no tienen marcha atrás.

La división familiar se hace evidente

Gran parte de los familiares “acomodados” o “mantenidos” en Cuba han guardado silencio dentro de sus casas. No pocos le restan importancia al estallido social y manifiestan, incluso, que no ha ocurrido nada, que fueron personas amantes de la violencia; que eran grupos pequeños y que el gobierno hizo bien en controlarlos para evitar más sangre.

Quienes se fueron han sacrificado durante décadas gran parte de sus ingresos personales en ayudar a su familia allí; hoy se sienten “traicionados” y rechazan que los suyos desperdicien la posibilidad de exterminar el infierno del socialismo en Cuba. Otros también repudian la conducta de sus más allegados, pero entienden el terror impregnado por el régimen. También están los que desde aquí defienden la dictadura y se enorgullecen de que los suyos integren el desgobierno y sean secuaces.

El llamado al odio y al enfrentamiento social entre cubanos, que hizo el “puesto a dedo” de Díaz-Canel, desencadenó en una masacre: varios muertos, decenas de heridos; cientos de arrestados, golpeados, torturados y desaparecidos. Las evidencias recorrieron el mundo en videos y fotos a través de redes sociales.

Una semana más tarde, con el enorme cinismo y desprecio característico de los comunistas represores, la dictadura habla de amor, paz, unidad y niega la violencia y las torturas contra los manifestantes.

Biden, por su parte, confirma que enviará más personal a la embajada de EEUU en La Habana y da tiempo para que el régimen se reorganice aplicando sanciones simbólicas contra el ministro de Defensa y los abusadores Boinas Negras del Ministerio del Interior (MININT), sin ningún efecto directo en el régimen. Afirma ahora, después de seis meses en la Casa Blanca, que Cuba se convirtió en prioridad para su administración. Pero ya se vió durante el gobierno de Barack Obama (donde él fue vicepresidente) que esa prioridad se encaminó hacia explícitas concesiones a favor de la dictadura castrista. Biden habla además de remesas que terminan en los bolsillos de la cúpula y en las empresas militares controladas por esa misma cúpula.

El pueblo cansado, abusado y reprimido exige LIBERTAD y el fin de la dictadura, [NO REMESAS].

La dictadura castrista, el socialismo y el grito de ¡LIBERTAD! agudizan nuevamente la división de las familias cubanas. Aquellos que en Cuba o fuera de ella no comprendan, no les importe y no se sumen a la “guerra de liberación” recibirán siempre el perdón sanador de Dios, pero no de los cubanos dignos ni el de sus propios familiares, porque el momento es de unidad, pero también de lucha contra el genocidio del régimen castrista.

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