El servilismo de los intelectuales de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y su desvergonzada complicidad con el régimen castrista alcanzó su clímax en la década de 1960, cuando figuras como Mirta Aguirre, Roberto Fernández Retamar, Lisandro Otero, José Antonio Portuondo, Onelio Jorge Cardoso, Fayad Jamís y Samuel Feijóo, entre otros, desempeñaron el papel de comisarios culturales, reporta CUBANET.

En ese papel y en sus papelazos, algunos de estos personajes, que parecieran escapados de las páginas de Bulgakov, no solo contribuyeron, como dóciles amanuenses, a armar y reforzar las argumentaciones de la narrativa castrista, sino que, con sus denuncias, chivatazos e intrigas, fueron parte de la represión contra sus colegas que se mostraban críticos o diferían de la línea oficial.

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En mayo de 2021, cuando entrevisté para CubaNet al escritor Manuel Ballagas, exiliado en los Estados Unidos desde 1980, este me contaba: “En la UNEAC había algunos jefecillos que querían deshacerse de la editorial El Puente por motivos políticos o por prejuicios homofóbicos hacia José Mario. De modo que Fayad Jamís, en esa época miembro de la directiva de la UNEAC, se confabuló con Onelio Jorge Cardoso para sustraer de la imprenta las pruebas de galera de mi libro Con temor (que iba a ser publicado por El Puente) y dárselas al comandante René Rodríguez, muy cercano a Fidel Castro, como botón de muestra de todo lo malo que se incubaba entre los intelectuales. En una reunión informal con estudiantes en la Plaza Cadenas de la Universidad de La Habana, a mediados de 1965, y casi echando espuma por la boca, Fidel tildó mi libro de “intolerablemente morboso” y “contrarrevolucionario”, y ahí mismo lo hizo pedazos. Entonces, alguien de la audiencia, creo que Jesús Díaz, le preguntó: ¿Y qué hacemos con El Puente, Fidel? Y él respondió: “Ese puente lo vuelo yo”. Así mismo fue. Ese hecho inauguró el expediente mediante el cual acabaron por arrestarme y condenarme a prisión ocho años después”.

Manuel Ballagas ganó una primera mención en el Premio David con Lástima que no sea el verano. Entre tres jurados tuvo un voto para el premio, dado por el novelista Humberto Arenal. Pero ni eso sirvió para que se publicara el libro, o al menos una parte, en alguna revista. La UNEAC, que auspiciaba ese concurso, lo bloqueó luego de la rabieta de Fidel Castro con su anterior libro, Con temor.

Los comisarios y aspirantes a serlo alertaban no solo contra los “desviados ideológicos”, sino también sobre “los raros”, especialmente los homosexuales.

CUBANET destaca que el 15 de abril de 1965, para ponerse a tono con aquel comunicado de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) que chillaba “¡Fuera los homosexuales y los contrarrevolucionarios de nuestros planteles”, Samuel Feijóo, investigador del folklore campesino y autor de Juan Quinquín en Pueblo Mocho, publicó en el periódico El Mundo un comentario titulado Revolución y vicios, del cual citaré dos fragmentos que no tienen desperdicio.

Decía Feijóo: “Este país virilísimo, con su ejército de hombres, no debe ni puede ser expresado por escritores y artistas homosexuales. Porque ningún homosexual representa la Revolución, que es un asunto de varones, de puño y no de plumas, de coraje y no de temblequeras, de entereza y no de intrigas, de valor creador y no de sorpresas merengosas. Porque la literatura de los homosexuales refleja sus naturalezas epicénicas, al decir de Raúl Roa. Y la literatura revolucionaria verdadera no es ni será jamás escrita por sodomitas”.

Y continuaba más adelante: “No se trata de perseguir homosexuales, sino de destruir sus posiciones, sus procedimientos, su influencia. Higiene social revolucionaria se llama eso. Habrá de erradicárseles de sus puntos clave en el frente del arte y de la literatura revolucionaria. Si perdemos por ello un conjunto de danza, nos quedamos sin el conjunto de danza enfermo. Si perdemos un exquisito de la literatura, más limpio queda el aire. Así nos sentiremos más sanos mientras creamos nuevos cuadros viriles surgidos de un pueblo valiente”.

En octubre de 1968, José Lezama Lima, José Z. Tallet y Manuel Díaz Martínez, miembros del jurado que había concedido a Heberto Padilla el Premio “Julián del Casal” por el poemario “Fuera del juego”, fueron convocados por la dirigencia de la UNEAC a una reunión, o más bien a una reprimenda, que duró varias horas y que estuvo presidida por José Antonio Portuondo y Félix Pita Rodríguez, este último presidente de la Sección Literaria, quien llegó a asegurar la existencia de “una conspiración de intelectuales contra la revolución”.

Fuera del juego y Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, fueron publicados con un prólogo a modo de coletilla, que estaba firmado por el “Comité Director de la UNEAC”, pero fue escrito por José Antonio Portuondo, donde se afirmaba que “…esa poesía y ese teatro sirven a nuestros enemigos, y sus autores son los artistas que necesitan para alimentar su caballo de Troya…”.

A partir de noviembre de 1968, en Verde Olivo, la revista de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), empezaron a publicar rabiosos ataques no solo contra Padilla y Arrufat, sino también contra Virgilio Piñera, Guillermo Cabrera Infante, César López, José Lorenzo Fuentes, Rogelio Llopis, José Rodríguez Feo y otros. Los artículos, en alguno de los cuales llegaron a calificar a Cabrera Infante y Virgilio Piñera como “autores irrelevantes”, aparecían firmados por Leopoldo Ávila, un seudónimo tras el cual se amparaban el teniente Luis Pavón, el director de la revista, y José Antonio Portuondo.

Recordando todo esto, ¿por qué entonces asombrarnos con la sumisión incondicional que hoy muestran Miguel Barnet, Teresa Melo, Enrique Ubieta y Víctor Fowler, entre otros muchos escribas?

FUENTE: Cubanet

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