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Las piscinas de la Ciudad Deportiva

El complejo de piscinas de la Ciudad Deportiva es el último que se ha sumado al fondo de piscinas abandonadas de La Habana. Lo hizo en 2017, cuando supuestamente cerró para una reparación, sin que hasta el momento hayan arrojado sobre él otra cosa que olvido.

Es una más de las magníficas instalaciones de la Ciudad Deportiva, que incluye el Coliseo, posicionado a uno de sus costados y sede del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER), la entidad estatal.

Un tanque de clavados, una piscina olímpica y una piscina de 25 metros daban servicio un amplio grupo de deportistas y profesores. Niños y adolescentes, polistas, clavadistas, practicantes de nado sincronizado, nadadores de diversas disciplinas y aficionados a la natación parecían chocar en sus piscinas de lo nutrida que era la asistencia. Los gritos de los entrenadores se escuchaban desde antes de llegar al complejo.

"En 2017 fue la copa Marcelo Salado de natación. En abril, poco después, cerraron para reparar", comenta un custodio, único empleado que puede encontrarse en todo el lugar. Asegura que los profesores y los "piscineros", como llaman al personal técnico encargado de la conservación, han pedido la baja. "Ya no vienen por aquí", afirma. El ambiente general es de abandono.

La práctica en piscinas no se reduce a los deportes. En ellas puede desarrollarse una efectiva atención terapéutica y el Complejo de Piscinas de la Ciudad Deportiva era privilegiado también en este aspecto.

En enero de 2016, la revista Palabra Nueva publicó la entrevista que hizo Yarelis Rico Hernández a la profesora Teresa Porro, especialista en la rehabilitación de niños por medio de la natación. Según el testimonio de algunos padres de niños con parálisis cerebral infantil (PCI) y autismo, era notable la mejoría en los procesos de coordinación y equilibrio.

"Tengo ahora un niño hemiparético (debilidad de un lado del cuerpo) que llegó sin poder bajar ni subir escaleras. En estos momentos sube y baja los escalones, corre y nada mejor que casi todos los muchachos del grupo", afirmó Teresa entonces.

Las condiciones de las piscinas no eran las mejores y la profesora elogió el empeño de los piscineros para conseguir que su trabajo se desarrollara con eficiencia.

El artículo se extendía en describir la situación de Tikva, una adolescente estudiante de preuniversitario que necesitaba que sus padres la acompañaran a la escuela llevando su mochila y apenas podía sostener un vaso con agua. Los ejercicios le provocaban dolores y solo al comenzar la práctica de la natación sintió alivio. "Aquí lleva como dos meses y la mejoría es asombrosa. Va y viene sola de la escuela, carga su mochila, no le duele el pecho, su ánimo es otro", aseguraba la profesora.

Hacia el final del artículo la autora deseaba mejores condiciones de trabajo para la profesora Teresa Porro. Pero ese deseo encontró su foso en las piscinas abandonadas de hoy. El mismo foso donde está la carrera del personal docente que se ha ido, el futuro de nuestra natación y la calidad de vida de las personas que hallaban en el agua alguna mejoría para sus afecciones.

La "Marcelo"

Cuando adolescente, yo era vecino de la escuela Marcelo Salado, ubicada en el litoral habanero, en el barrio de Miramar. Era la escuela de formación de nadadores.

Los amigos del barrio podíamos presumir de saber nadar, teníamos práctica y después de clases ir a la "playita de 12" era casi obligatorio. Pero frente a los nadadores de la "Marcelo", que tenían el pelo sin color por la exposición al cloro de las piscinas durante horas, con sus espaldas anchas lo mismo mujeres que hombres, no había mucho orgullo que exhibir.

En 2017 la escuela fue cerrada y el complejo de piscinas Baraguá, al este de La Habana, quedó como único centro de entrenamiento para los atletas de alto rendimiento. Desde mucho antes, la "Marcelo" tenía una condición ruinosa. Durante cerca de una década había funcionado solo una de sus cuatro piscinas, la olímpica, sin climatización ni techado.

Hoy todo el complejo es un conjunto de ruinas que enmudece. El edificio central, con su amplio salón y enorme patio frente al mar, las dos canchas de squash, una de ellas rebosante de escombros, y tres de sus cuatro piscinas, incluida la olímpica, están abandonados.

La menor de las piscinas la restaura un grupo de trabajadores del balneario universitario El Coral, que tuvo la iniciativa de abrir el muro que lo separaba de la escuela de nadadores y apropiarse de ella, además de un terreno donde construyen algo parecido a un ranchón, con todo y su techo de guano.

La piscina del Estadio Universitario

Cuenta la leyenda que a Fidel Castro le molestaba la Universidad de La Habana, que allí nunca se pudo imponer como líder político entre jóvenes cultos y de modales urbanos. Que esa era la razón por la cual la Universidad padeciera de poca relevancia oficial ya antes de que cayera el Muro de Berlín.

Lo cierto es que la institución ha sido un botín repartido con menosprecio entre rectores importados, lo mismo de la llamada Universidad de las Ciencias Informáticas (UCI) —de donde proviene la actual rectora Miriam Nicado—, como del Centro Universitario José Antonio Echevarría (CUJAE), de donde salió Gustavo Cobreiro, quien le antecedió.

Entre este conjunto de edificios malhadados se destaca el del Estadio Universitario, un inmueble imponente que sirve de entrada a los distintos terrenos deportivos. La pista de atletismo lleva 20 años cubierta de asfalto y el graderío permanece inaccesible por el peligro de derrumbe en que se encuentra su techo oxidado.

Pero nada muestra tanto abandono como la piscina Julio Antonio Mella, una de las últimas instalaciones añadidas al complejo, pues fue inaugurada en 1972. El área de los baños, en los bajos de las gradas, parece arrancada a mordidas, sin rastro de instalaciones hidráulicas ni taquillas. La efigie del líder estudiantil que dio nombre a la instalación apenas se adivina en un muro desleído. El agua de lluvia es la única que a ratos cubre el fondo de la piscina, y la intensidad del sol es su sistema de evacuación.

Oscar Casanella matriculó Bioquímica en el curso 1999-2000. La piscina estaba llena y en ella entrenaba polo acuático durante sus clases de Educación Física.

"Ese año la Facultad de Biología ganó medalla de bronce jugando en esa piscina, aún tengo la medalla. Ya no funcionaban ni las taquillas ni las duchas. En el curso 2000-2001 la piscina no funcionó ni para los juegos universitarios, los Caribe, que se hicieron en las de la Ciudad Deportiva. Yo no volví a ver la piscina llena, tuve que cambiar de deporte y me inscribí en fútbol", recuerda.

Por aquellos años, el rector de la Universidad de La Habana era Juan Vela Valdés, que antes lo había sido de la Universidad de Camagüey y del Instituto Superior de Ciencias Médicas de la capital cubana. A estos personajes se les podría clasificar como "rectores profesionales", una modalidad de funcionario sin méritos docentes ni académicos, bajo cuya suerte la enseñanza superior del país es una acumulación de ruinas.

El Fajardo, el Martí, el Julio Antonio Mella...

El fondo de piscinas abandonadas es mucho mayor. A unos 200 metros del complejo de piscinas de la Ciudad Deportiva está el Instituto Superior de Cultura Física Manuel Fajardo, un edificio de prefabricados cuya construcción mediocre y apurada contrasta con la sobriedad de las instalaciones vecinas. El "Fajardo", como es conocido, tiene también una piscina olímpica que no ha funcionado por una década.

"No hubo razón para abandonarla, esa piscina estaba en buen estado", comenta un empleado del lugar, sorprendido de que alguien se interese por ella. Elevada respecto del nivel del suelo, la piscina tiene sus gradas propias y para acceder a ella se sube por una escalera lateral. "Eso hace que se sufra menos, porque no se le ve", opina el hombre refiriéndose a su peculiar diseño.

A apenas seis paradas de ómnibus desde la Ciudad Deportiva se encuentra el centro José Martí, frente al Malecón, otra instalación soberbia cuyas ruinas amenazan a los que insisten en hacer deportes allí.

La imagen de su complejo de piscinas abandonadas es desoladora. El trampolín del tanque de clavados yace demolido, como si lo hubieran reducido a mandarria, una mitad fuera de la piscina y la otra en su fondo, cubierto de aguas hediondas. Una piscina olímpica de fondo de granito blanco con líneas definidas de granito negro tiene un abandono semejante, al igual que otra piscina de 25 metros. Unos huecos destapados y profundos acrecientan el peligro del conjunto que, sin embargo, sigue abierto al público.

Asegura una vecina que hace más de 25 años esas piscinas están vacías, lo dice con palabras vagas, pues son demasiados años para estar segura.

Una vaguedad semejante a la que usan los vecinos del Pontón, un centro deportivo del Cerro que tenía dos magníficas piscinas, hoy en condición ruinosa. En este caso, los residentes en la zona calculan 30 años de vaciedad.

Al oeste de La Habana está el Círculo Social Julio Antonio Mella, antiguo Havana Yacht Club, uno de los más lujosos de la Cuba anterior al castrismo. La sorpresa por su estado lamentable aumenta cuando se conoce que pertenece al Sindicato de los Trabajadores de la Construcción.

La entrada es por un costado, a través de un muro destruido. El enorme palacio está sin puertas ni ventanas, y para los visitantes lo único accesible es la playa y unas mesas plásticas reunidas en las pocas áreas con sombra, donde se reparten a la vez música y bebidas alcohólicas.

El sitio es un antro. Cerrada al público, elevada sobre el nivel del patio, está la piscina del club, una alberca de unos 30 metros. Los trabajadores del lugar no pueden responder cuándo fue la última vez que funcionó.

Las piscinas para extranjeros crecen al ritmo al que se vacían las de los cubanos

Tan antigua como las piscinas de la Ciudad Deportiva es la del Hotel Riviera. Su agua es transparente y su color azul revela una atención esmerada. El costo de un día en la piscina para alguien que no sea huésped es de 15 dólares los niños y 30 los adultos.

En un país en el que el salario medio mensual no supera los 30 dólares al mes, un matrimonio de con hijos tendría que pagar tres meses de salario para disfrutar un día de su piscina.

En precios nada es comparable con la piscina del Gran Hotel Manzana Kempinski, inaugurado en 2017 por las empresas militares cubanas, el mismo año en que dejaron de funcionar las piscinas de la Ciudad Deportiva.

Según el YouTuber cubano Camallerys Vlogs, un día de fin de semana en ella cuesta 87 dólares para los adultos y 30 para los niños.

El Packard, inaugurado en 2018, es otro hotel de lujo en los negocios del Ejército. La publicidad de su piscina la muestra en un piso alto, abierta al Malecón habanero, frente a la fortaleza de El Morro y la bahía. Los empresarios militares pusieron al alcance de la mano del extranjero, desde la comodidad de sus aguas, los símbolos principales de La Habana, no por casualidad su defensa y su canal de entrada.

Los diseñadores del edificio tuvieron buen cuidado al posicionar la piscina: a sus espaldas, invisible para el bañista por las paredes de la mole de lujo, una fabulosa urbe que este año llega a su aniversario 500 se extingue. En ella, el cementerio de piscinas es apenas un detalle.

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