LA HABANA.- Cuando cae la noche, no es aconsejable andar por determinados tramos de la geografía habanera como el comprendido desde el parque El Curita, en la intercepción de las calles Reina y Galiano, hasta la esquina de Monte y Cienfuegos.

Además del desagradable olor de las aguas albañales que corren por las calles, verá edificios apuntalados, mendigos y borrachos tirados en los portales, jineteras baratas y marginales de ocasión a la caza de incautos.

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Más de 10.000 compatriotas de las provincias orientales que huyen de la miseria residen ilegalmente en La Habana. Es el caso de Zenaida, una santiaguera que con un bolso lleno de cucuruchos de maní y chicharrones de viento, a paso lento camina hasta una habitación desvencijada en una cuartería de la calle O’Relly, donde vive alquilada.

Allí, bajo la luz de un bombillo incandescente, carga varios cubos de agua y espera su turno para bañarse en uno de los tres baños colectivos del solar. Luego recalienta la comida, enciende el antiguo televisor chino y espera que llegue su hijo de 22 años, que se busca la vida pedaleando 12 horas en un bicitaxi.

“Así es vivir en la miseria: comer mal y ganar unos pesos para sobrevivir en la boca del lobo. Sí, porque en esta zona de La Habana hay que ser un lince si quieres hacer un poco de plata”, dice Zenaida, sentada en un sillón de hierro.

Pese a todo, no se queja. “En Santiago de Cuba estábamos peor. El abasto de agua en las afueras de la ciudad es cada 40 días y el dinero está perdido. Al menos en la capital, aunque viviendo como animales, se puede hacer dinero suficiente para comer y enviarles detergente y ropa a los parientes en Oriente. Si fuera más joven, estuviera puteando como algunas mujeres del solar. Pero ya no estoy para esos trotes”, confiesa Zenaida.

La parte antigua de la ciudad es un entramado de callejuelas estrechas con el asfalto reventado y edificios deteriorados y en ella residen cubanos que piensan dos veces más rápido que el resto de los ciudadanos.

Aquí las ilegalidades no están a la sombra. Cualquier vecino conoce quién vende marihuana importada, cocaína trasegada de un recalo en las costas o por pesos convertibles alquila media hora en una habitación de su casa, para que un cliente ‘mate jugada’ con un prostituta que cobra en moneda nacional.

Justo frente al Gran Hotel Manzana Kempinski, antaño Manzana de Gómez, próximo a inaugurarse, varios ómnibus de color azul y amplios ventanales recogen en el Parque Central a más de un centenar de obreros de la India que dan los toques finales al primer hotel cinco estrellas plus de Cuba.

Sentado en un banco de mármol frente al hotel Kempinski, José Alberto se pregunta “por qué a un indio le pagan 1,500 dólares al mes y a los constructores cubanos, sumando los pesos y las divisas, no llegan a 60 dólares”. Y él mismo se responde: “Esta gente (el régimen) no respeta al pueblo. La Habana de ahora es igual a la de la época de Batista. Hoteles de lujo para los extranjeros, rodeados de pobreza, putas y tipos que tienen que pulirla para conseguir cuatro pesos. Lo peor es que esto no tiene para cuando acabar”.

José Alberto es un comodín perfecto. Igual le recoge dinero a un banquero de la bolita (ilegal lotería cubana), que hace de parqueador de automóviles en una paladar de la zona [restaurante privado], que le llena la cisterna de agua a “tipos macetas del barrio”.

Al amparo de la noche, y sin que lo vean los policías vestidos con uniformes negros, acompañados de perros pastores alemanes que a esas horas patrullan las calles, José Alberto le pide dinero a los turistas de paso. “Los del State (Estados Unidos) son los más generosos y los japoneses, si les cae bien. Los europeos son los más tacaños”.

La Habana Vieja tiene dos rostros opuestos, distintos niveles de vida y muchas maneras de ganar dinero, bajo la ley o a espalda de ella. En el área restaurada por el historiador Eusebio Leal, con sus calles adoquinadas, edificaciones remozadas e innumerables cafés, restaurantes y tiendas en moneda dura, el panorama es hermoso.

Dos cuadras más arriba, o más abajo, el paisaje es otro. A la entrada de pobladas cuarterías, hombres sin camisa, por el calor, parecen estar a la espera de un milagro. A su alrededor, vecinos gritando, reguetón a reventar y niños jugando fútbol con tenis rotos y un balón desinflado.

En la calle Chacón, a escasos metros del Museo de la Revolución, en cuyo patio trasero una guarnición de jóvenes militares custodia como reliquia el yate Granma y otros trofeos de la delirante epopeya guerrillera de Fidel Castro, se localizan tres bares elegantes donde turistas beben con calma mojitos y pican camarones al ajillo.

Cerca, un grupo de chicos, mayoritariamente negros, sentados en el contén de la acera, aguardan que los forasteros salgan de bares, restaurantes o paladares, para pedirles dinero, chicles, bolígrafos.

La revolución de los humildes, tan promocionada por los hermanos Castro, hoy es un eslogan sin sentido para la gente pobre de La Habana Vieja.

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