Somos mortales y con el fin de la existencia terrenal de un semejante, sea cual fuere la posición que haya tenido en nuestras vidas, si por alguna razón o circunstancia tuvo presencia, las secuencias de ese momento regresan como imágenes cinematográficas: es la memoria, esa capacidad de la que fuimos dotados en nuestra racionalidad.
De la muerte, en 2024, de Carlos Aldana Escalante, quien, como se ha escrito, en la década de 1980 fue uno de los hombres con mayor alcance en la élite del poder cubano, por la posición que ocupó en los años de mi formación profesional, reflexionaba por estos días de interés periodístico en las presiones que Estados Unidos impone al régimen de La Habana.
La primera idea que vino a mi mente fue que quien se desempeñó como uno de los más acérrimos y poderosos ideólogos del castrismo murió en lo que pareciera ser el preludio del fin del régimen que ayudó a sostener, y que la muerte le impidió ver el desmonte del sistema que, luego de haber utilizado su lealtad, lo dejó a un lado como material desechable.
Tal fue el apego de Carlos Aldana a la responsabilidad encomendada de mantener la “pureza ideológica” de “la revolución” que, cuando aires de renovación removían el socialismo en Europa del Este y la juventud cubana, aunque con muy limitadas fuentes de información, mostraba inquietudes y hacía preguntas incómodas, en 1987 al ser informado de los “incómodos” temas y debates que se generaban en el aula del último año de la carrera de periodismo en la Universidad de La Habana, que el entonces prestigiado jefe del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista, propició un encuentro definitorio para el futuro de muchos de los integrantes de aquel grupo heterogéneo de jóvenes que apenas superábamos los 20 años.
¿Por qué en Cuba hay culto a la personalidad? ¿Por qué Fidel Castro puede, en nombre del pueblo cubano, regalar a otros países recursos de la nación? ¿Por qué los medios de prensa tienen que regirse por las directrices del Partido Comunista? Estas, entre otras preguntas, formuladas desde el desenfado de quienes apenas salíamos de la adolescencia llegaron a manos de Carlos Aldana por intermedio de quien fuera entonces una de las profesoras que nos instruía en ciertas asignaturas del programa de estudios y fue así que por los poderes y facultades que le habían sido conferidas nos situó en el salón de los plenos del edificio del Consejo de Estado a donde “sorpresivamente” apareció Fidel Castro.
Impresionados por la validación que suponíamos que le habían sido dadas a nuestros cuestionamientos, permanecimos durante largas horas en aquel recinto, donde las preguntas subieron de intensidad y hubo quien se atrevió a impedirle a Castro que interrumpiera su alocución y le pidió que callara. De aquel lugar salimos pasada la medianoche, con la idea clara, captada por algunos, de que un cambio muy radical tendría que darse en Cuba para que ideas contestatarias fueran aceptadas.
De aquel encuentro con estudiantes de la facultad de periodismo con Fidel Castro organizado por Carlos Aldana, comenzó el despertar de la conciencia del entramado del que formábamos parte; algunos, decidieron zafarse, otros, engañados o simulando ser engañados, eligieron hacerle el juego al poder y optaron por formar parte de la maquinaria hasta estos días.
Treinta y nueve años después de ese episodio, la mayoría de los jóvenes que integrábamos aquel grupo marcado por haber enfrentado “al comandante”, según el propio Aldana lo definió, andamos dispersos por el mundo y observamos en la distancia el lugar que ocupamos en ese experimento que derivó en la dictadura más longeva del continente.
Nos entrenaban para no confrontar, para que nada de lo que se dictara desde el poder fuera cuestionable, para hacer propaganda y difusión en lugar de periodismo, para ser el brazo ideológico del Partido Comunista (quien lleva el control en Cuba) para no intentar jugar en casa del trompo, como dijera Fidel Castro al final de aquella reunión, porque lo que había hecho el en su juventud al combatir el poder, no permitiría que jóvenes como nosotros lo hicieran en su contra.
Casi cuarenta años después de aquella confrontación que se quedó entre las paredes de un salón escogido por quienes decidieron mostrarnos cuán difícil resultaba enfrentarlos, ni siquiera a quienes hoy intentan repetir la receta del control ideológico que un día detentó Carlos Aldana les resultará probable aplastar con desplazamientos forzados y amenazas lo que para Cuba es inminente. Asistimos al comienzo del fin.