sábado 31  de  enero 2026
ANÁLISIS

Trump declara la guerra que nunca quiso el régimen de Cuba

Será imposible sobrevivir apagando el país y racionando hasta lo más elemental. Ante una presión real y sostenida, la épica y la demagogia revolucionarias terminarán evaporándose

Diario las Américas | LUIS LEONEL LEÓN
Por LUIS LEONEL LEÓN

La declaración de emergencia nacional firmada este jueves 29 de enero por Donald J. Trump frente a lo que define como una “amenaza inusual y extraordinaria” proveniente de la dictadura de Cuba no es un gesto retórico ni una excentricidad de campaña. Es, más bien, la constatación oficial de la respuesta a lo que el régimen castrista lleva décadas fabricando: un Estado fallido, enemigo directo de Estados Unidos, sostenido por alianzas hostiles y por la exportación sistemática de inestabilidad y actividades terroristas.

Cuba no es solo una dictadura empobrecida que oprime a su población: es un nodo geopolítico cancerígeno al servicio de intereses contrarios a los valores y propósitos fundacionales de Estados Unidos y la estabilidad de Occidente. La cooperación con Rusia, China e Irán —y la connivencia con redes terroristas y peligrosos criminales— ha convertido a la isla en una plataforma de penetración estratégica en el hemisferio occidental. Los hechos demuestran la sostenida guerra híbrida del régimen cubano contra Estados Unidos y el hemisferio. Trump no necesita inventarse el viejo y mil veces denunciado problema cubano: lo nombra e intenta solucionarlo con una de las armas que mejor conoce: la presión económica.

De ahí que, su orden ejecutiva introduce un elemento decisivo: el petróleo como arma política para poner fin al sufrimiento del pueblo cubano y la eliminación de un enemigo de la seguridad nacional estadounidense. Al imponer aranceles adicionales (acción que a Trump le ha funcionado antes con varios países) a quienes suministren crudo a La Habana, Washington ataca el único combustible real que mantiene con vida al régimen: la energía subsidiada por terceros. Sin petróleo no hay control social, no hay aparato represivo funcional, no hay relato de “resistencia heroica”. Hay larguísimos apagones, desplome de los pocos renglones productivos que quedan en la isla, notable disminución del volumen con que solían vociferar los voceros de la dictadura, cada vez menos ganancias del turismo, aumento de las lesiones morales en los cuerpos represivos y otras grietas que pueden hacer caer las columnas corroidas del comunismo cubano.

Este movimiento de Trump y su Secretario de Estado, Marco Rubio, el cubanoamericano de mayor rango en la historia de Estados Unidos y cuya influencia, política y estrategias han sido decisivas en todas estas acciones diplomáticas y militares de la administración contra el castrochavismo, marca un cambio de fase en el posicionamiento —desde hace décadas estancado, frustrado— de Estados Unidos frente a Cuba. Ya no se trata solo de sancionar a Cuba por lo que es internamente, sino por lo que hace y a quién sirve. En la práctica, la dictadura cubana dejó de presentarse como un problema moral para ser presentado como lo que es: una real amenaza para Estados Unidos y la región. Un concepto similar al que legalmente sostiene la captura de Nicolás Maduro en suelo venezolano. Esa es la línea que puede cruzar también en Cuba la declaración de emergencia del presidente Trump.

El contexto ha sido marcado, sin lugar a dudas, por la exitosa intervención en Venezuela. Cubanos y venezolanos han visto reactivadas sus esperanzas y acciones. El exilio cubano en Miami ha entendido la importancia de actuar en la misma dirección de Trump. Casi al unísono de la orden ejecutiva del presidente, el exiliado cubano Dariel Fernández, recaudador de impuestos del condado de Miami-Dade, quien se opone a que Miami sea pasto para empresas relacionadas con la dictadura, envió una carta a Trump pidiendo una revisión federal exhaustiva del sistema de licencias de exportación relacionadas con Cuba por "presuntos abusos, desviaciones de uso y posibles incumplimientos legales por parte de empresas que operan bajo autorizaciones federales", informó Diario Las Américas. "El deber de esta oficina es hacer cumplir la ley y proteger la seguridad y la confianza de los residentes de nuestra comunidad”, dijo Fernández y reiteró que su actuación no responde a "motivaciones políticas", sino a "responsabilidades institucionales".

La presión no ha sido vista como un arma para amenazar sino como un instrumento para desatar el comienzo del fin. No en balde, embajadas en Cuba —especialmente europeas— están revisando y actualizando planes de contingencia y evacuación ante las acciones de Trump sobre la isla tras la operación Absolute Resolve que ordenó el 3 de enero y que terminó con la captura de Maduro. Varias delegaciones actualizan listados de ciudadanos y llaman directamente a sus nacionales para verificar datos. La incertidumbre geopolítica y la posibilidad —aunque no confirmada— de una intervención estadounidense han elevado el nivel de alerta diplomática.

En el sector privado, la inquietud es parecida: empresas internacionales replantean su permanencia en la isla por el deterioro económico, los apagones y la escasez crítica de combustibles. Algunas cuentan con reservas temporales, pero advierten que sin petróleo de Venezuela o México la persistencia sería inviable. El caso más visible es el de Unilever, que ya evacuó a las familias de su personal extranjero en medio de una escalada de tensión sin precedentes, que sitúan a Cuba en uno de los momentos más frágiles de su historia reciente.

Las razones de Trump son claras e innegables y así lo expresa el documento de la Casa Blanca: "Cuba alberga la mayor instalación de inteligencia de señales de Rusia en el extranjero, que intenta robar información sensible sobre la seguridad nacional de Estados Unidos. Cuba continúa desarrollando una profunda cooperación en inteligencia y defensa con la RPC. Cuba da la bienvenida a grupos terroristas transnacionales, como Hezbolá y Hamás, creando un entorno seguro para estos grupos malignos, de modo que puedan forjar vínculos económicos, culturales y de seguridad en toda la región e intentar desestabilizar el hemisferio occidental, incluyendo a Estados Unidos. Cuba ha brindado durante mucho tiempo asistencia en materia de defensa, inteligencia y seguridad a sus adversarios en el hemisferio occidental, intentando eludir las sanciones estadounidenses e internacionales diseñadas para reforzar la estabilidad de la región, defender el estado de derecho y salvaguardar la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos. Cuba continúa intentando frustrar los esfuerzos de Estados Unidos para abordar las amenazas que representan para el país países hostiles, grupos terroristas transnacionales y actores malignos, incluso en el hemisferio occidental", dice la orden ejecutiva.

También este jueves, legisladores republicanos de la Florida han solicitado a Trump un decreto presidencial que suspenda viajes y remesas a la isla, intensifique el cerco financiero al régimen y aumente la presión internacional, incluido el distanciamiento de México, para forzar la transición democrática. En el mismo camino van las declaraciones del congresista Mario Díaz-Balart, quien rechazó la narrativa de que "no es lo mismo Maduro que Castro" y recordando el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, crimen de Estado cometido hace 30 años, advirtió que los cargos de asesinato “no prescriben”. “No se sorprendan si el Departamento de Justicia vuelve sobre el caso” contra Raúl Castro, reportó Diario Las Américas.

Vale mencionar que, de concretarse el sostenimiento y los efectos esperados de dichas presiones, la administración no puede perder de vista variables de máxima importancia: impedir que la dictadura se salve de la situación con un nuevo éxodo masivo como ha ocurrido en el pasado y garantizar un servicio de Internet para Cuba a través de una señal satelital gratuita que permita mantener la comunicación con el interior de la isla y un canal de información directo desde la Casa Blanca a las calles de Cuba. Esto es vital para el éxito de las presiones y de una no descartable operación militar. Una organización criminal como el castrismo puede negociar o reaccionar como una fiera acorralada.

Trump ha decidido no solo negociar con el régimen una transición, sino que a la par le ha declarado la guerra que nunca quisieron y que en estos momentos no les deja otra opción que aceptar la salida. Es el primer gran paso de un proceso que no será inmediato pero sí definitivo. Con esta decisión, el presidente republicano crea las condiciones reales para que el sistema colapse por su propio peso y le impide seguir parasitando en el lomo de gobiernos cómplices. La Casa Blanca reitera así su apoyo a las aspiraciones democráticas del pueblo cubano y deja claro que la entrega del poder es lo que negociará con una dictadura que opera como satélite de potencias hostiles contra Estados Unidos mientras mantiene secuestrada a su nación. Vale recordar que las transiciones exitosas del totalitarismo a la democracia no se han podido concretar sin pactos con una escisión militar de los regímenes, con el objetivo de evitar ríos de sangre civil y propiciar una paulatina y orgánica reconstrucción sociopolítica y económica.

Entretanto, el régimen y sus aliados, como siempre han hecho, intentarán vender la medida de Trump como una “agresión imperial”, mientras se intensificará la represión interna y se exigirá sacrificios a una población exhausta. Pero será solo un pataleo de ahorcado. Esta vez, los gastados discursos no podrán imponerse a la realidad. Será imposible sobrevivir apagando el país y racionando hasta lo más elemental. Ante una presión real y sostenida, la épica y la demagogia revolucionarias terminarán evaporándose. Trump, en su segundo round, ahora bien asesorado por Rubio, ha entendido que el embargo económico (tildado de bloqueo por el castrismo y la izquierda mundial) siempre fue un grito incompleto y que la cacareada continuidad de Miguel Díaz-Canel es una frágil utopía, pues no se puede mantener con consignas, sino con diésel. Por ello, Trump y Rubio le han declarado la guerra del petróleo a la criminal nomenklatura de La Habana. El petróleo, que durante décadas sirvió para reprimir a los cubanos y subvencionar el terrorismo en la región, ahora servirá para impulsar la libertad en la isla.

Lo que sigue no es un colapso inmediato ni tampoco una etapa indolora para Cuba. Ninguna quimioterapia es simple ni una fiesta, pero sin su proceso en esta etapa es imposible destruir el cáncer. Esperemos que, de ser necesaria una intervención militar de Estados Unidos en Cuba, no le tiemble el pulso a Trump para impedir que el castrismo masacre a los cubanos si se lanzan a hacerlo, tal como sucedió el 11 de julio de 2021, ante un legítimo levantamiento popular. Los buques de guerra cerca de las costas cubanas son piezas fundamentales, así como la Base Naval de Guantánamo. El comando sur ha de estar en alerta ante cualquier imponderable.

Lo que está claro es que Trump y Rubio han cambiado, por primera vez, el rumbo de las relaciones de Estados Unidos con la isla cárcel. Algo grande puede finalmente ocurrir si no se desenfoca la meta y la persistencia no claudica. La administración Trump sabe que la presión real es la única estrategia para —si se sostiene— darle la estocada final al neocastrismo. La moraleja sería: cuando una dictadura depende del petróleo ajeno para sobrevivir y ese grifo empieza a cerrarse, la pregunta deja de ser si caerá y pasa a ser cuándo y cómo manejar su desenlace. De sostenerse el plan de Trump y Rubio, el castrismo entra, oficialmente, en tiempo de descuento. Dios le dé la fuerza y la visión necesarias a los cubanos para la resistencia y la transición verdaderas.

Publicado originalmente en El Nuevo Conservador.

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