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@DesdeLaHabana

LA HABANA. - Hace cinco años, el domingo lluvioso del 20 de marzo de 2016, recuerda Mirta, empleada estatal, "cuando el Air Force One del presidente Obama iba a aterrizar en La Habana, un grupo de oficiales de la Seguridad del Estado convocaron a trabajadores de la zona de Miramar para montar un acto de repudio contra las Damas de Blanco". Mirta estuvo en una acera, coreando gastadas consignas revolucionarias y una amplia colección de insultos a las Damas de Blanco, quienes al terminar la misa dominical en la Iglesia de Santa Rita, en un parque cercano, se daban cita para reclamar la excarcelación de los presos políticos.

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Era la etapa de distensión pactada entre el mandatario Barack Obama y el dictador Raúl Castro. Mirta y sus compañeros consideraban que la Guerra Fría entre las dos naciones había quedado detrás. En aquellos días, en balcones habaneros ondeaban la enseña cubana y la bandera de las barras y las estrellas.

Pero los deseos de los cubanos de a pie no se cumplieron. Vivir en paz, que los emprendedores privados pudieran hacer negocios en Estados Unidos y que en Cuba se abrieran cadenas de comida rápida americana. En realidad, Mirta no simpatizaba con el régimen. En privado, como muchos cubanos, criticaba con ferocidad el sistema y a sus gobernantes. Pero en público simulaba apoyo al gobierno, como todavía lo siguen haciendo numerosos cubanos en toda la isla.

“Ese domingo nos montaron en varias guaguas del transporte urbano y nos llevaron hasta la avenida 3ra y 22. Teníamos que apoyar a la revolución con cánticos y consignas. Y a las Damas de Blanco gritarles mercenarias, gusanas y vendepatrias. Una oficial de la Seguridad nos dijo que no nos preocupáramos, que, si la cosa se ponía caliente, un batallón de mujeres llamada Las Marianas, saldría en nuestra defensa”, cuenta Mirta.

Esa tarde, cuando llegó a su casa, se sintió manipulada. “Yo era como esas mujeres de las Damas de Blanco, pero no quería reconocerlo. Sufría las mismas estrecheces. Me quejaba de la indolencia de los funcionarios, del sistema que no funcionaba, de los salarios que no alcanzaban y de que mis hijos, adolescentes en esa época, no querían vivir en Cuba”, confiesa Mirta.

Cinco años después

Domingo 11 de julio de 2021. Mirta, que lleva siete meses sin trabajar debido a la pandemia, salió desde las dos de la mañana para marcar en la cola del mercado ubicado en 3ra y 70, Miramar. Pernoctó toda la madrugada junto a unas amigas en una caseta abandonada en los arrecifes de Monte y Barreto. Su plan era comprar dos o tres cajas de cerveza y un par de quesos gouda. “Compro el queso a 25 o 26 dólares y luego lo revendo en 40, igual que la cerveza. Con ese dinero, más el que me envía mi padre, sobrevivimos. Mis hijos ya tienen 18 y 21 años. El menor estudia en el preuniversitario. Y el mayor dejó en segundo año la carrera universitaria para ayudarme con los trajines de la casa”.

Ese domingo, cuando por efecto dominó se replicaron decenas de protestas populares a lo largo y ancho del país, los hijos de Mirta salieron a pedir libertad y democracia y a gritar Patria y Vida. “El mayor no fue detenido. Pero al más pequeño lo arrestaron frente al Capitolio. Desde hace una semana he zapateado por todas las unidades policiales de La Habana y me dan evasivas. Un grupo de mujeres decidimos unirnos, y copiando la estrategia de las Damas de Blanco, creamos el Movimiento Madres del 11-7. No nos vamos a quedar calladas. No vamos a permitir que, a nuestros hijos, esposos, padres, hermanos, les violen sus derechos. Jamás pensé involucrarme en política. Tenía miedo. Pero ahora por mi hijo hay que matarme”.

Aunque las protestas populares han ido amainando con la feroz represión, en las calles cubanas la frustración ciudadana se mantiene intacta. La dictadura intenta taponar el salidero aplicando parches. Aprobó la libre importación de alimentos, medicinas y aseo. Redujo drásticamente los molestos apagones. E intenta surtir con más frecuencia los desabastecidos mercados que expenden mercancía en moneda nacional, precisamente con con pollo importado de Estado Unidos, el país que presuntamente bloquea a Cuba. Pero no es suficiente. La gente quiere más.

En la calle se percibe el descontento. En un viejo taxi colectivo, el chofer y los cuatro pasajeros llevan varios minutos quejándose del contexto actual en la Isla. “¿Viste el programa Hacemos Cuba? Humberto López diciendo que aquí no hay desaparecidos y mi tía lleva diez días buscando a su hija que debe estar detenida y la policía no le dice el paradero. En el noticiero [de la televisión oficialista] todo es ‘happy’. Sobran los alimentos, las vacunas y la mayoría de los cubanos apoyan esta mierda”, dice molesta una joven.

Todos la apoyan y añaden otras quejas. “No hay comida, los casos de coronavirus no bajan y los que entrevistan por la televisión dicen que los cubanos no necesitamos las vacunas que quiere donar Biden. No querrán la Pfizer ellos, pero nosotros sí. Tienen la manía de hablar por el pueblo”, comenta una señora mayor. Un muchacho se quita los audífonos y en voz alta expresa: “Todo se resuelve con varios drones y la 82 División del ejército ‘yuma’. No hay otra”. Fin del debate. Los pasajeros hacen silencio ante una solución tan drástica. Pero tampoco discrepan.

Carlos, sociólogo, argumenta: “Las personas con más cultura política inclusive pertenecientes a la oposición, no aprueban una intervención militar. Lo que está pasando entre muchos jóvenes es un fenómeno para estudiar en el futuro. Mientras menos opciones tienen o peor viven, apuestan por una intervención militar. Hay que tener en cuenta que los adolescentes y jóvenes fueron mayoría en las protestas del domingo 11 de julio. Ellos han vivido el declive del sistema castrista, con la perenne escasez, la corrupción a todos los niveles y los dirigentes que dicen ser comunistas, pero viven como auténticos burgueses”, afirma y añade:

“Ya los líderes que fundaron la revolución están muertos o son muy ancianos. Muy pocos en la calle creen en la actual generación de políticos. No tienen liderazgo ni cuentan con el respeto de la población. Los servicios públicos no funcionan, incluidos la salud y la educación, en franco retroceso. Ahora mismo en Cuba lo poco que funciona es a base de dinero, preferentemente dólares o euros. Es una sociedad desbordada por la desidia y la chapucería. Ante esos y otros problemas, la salida más expedita para un segmento juvenil es una intervención militar-humanitaria de Estados Unidos”.

Aunque desde hace siete meses las clases están suspendidas debido a la pandemia, en días recientes, directivos y profesores de escuelas tecnológicas y preuniversitarias, instruidos por funcionarios del régimen, están convocando a los alumnos para conocer las causas de la amplia participación de jóvenes y adolescentes en las marchas.

Nairobi, estudiante de un preuniversitario en la capital, dijo que en su aula asistieron 27 alumnos. "Excepto una muchacha, el resto estuvo a favor de las protestas pacíficas algunos alumnos justificaron la violencia porque existe un sector de la población que no tiene acceso al dólar. Cuando se tocó el tema de Estados Unidos, la mayoría estuvo de acuerdo con la idea de que se enviaran vacunas, alimentos y otras cosas necesarias. Cuando se calentó el debate, la profesora cortó la polémica y nos fuimos a nuestras casas. Y eso que lo peor no se dijo en voz alta: hay alumnos que están de acuerdo con una intervención militar de Estados Unidos”.

Manuel Cuesta Morúa, líder disidente, opina que las marchas populares no hubiesen sido tan efectivas si las hubiera organizado la oposición. “En las sociedades totalitarias el espacio cívico de manifestación está cerrado a la posibilidad de organización pública de la protesta. El control del régimen sobre la calle se ha debilitado, pero la organización por la oposición habría sido solo una expresión local. La espontaneidad es la garantía del éxito, como han demostrado todas las manifestaciones exitosas. La única manera de que, como en este caso fuera una protesta de carácter nacional fue la no planificación, la alta exposición en las redes y el efecto contagio. Así ocurrió en Alemania Oriental y en Rumanía. Así ocurrió en Cuba. Al punto que ya se puede decir que las calles son de todos, no solo de los partidarios del régimen. El gobierno ha reconquistado las calles, pero no de mano de sus seguidores sino de tropas élites asistiendo a los paramilitares. La revolución ha muerto”.

Cinco años después de estar en la otra acera, linchando verbalmente a las Damas de Blanco, Mirta ingresa en un movimiento de mujeres que reclama la libertad de sus familiares arrestados. “Cuba, y muchos de nosotros, hemos cambiado. El que sigue sin cambiar es el gobierno”.

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