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@DesdeLaHabana

LA HABANA. - Alrededor de una larga mesa metálica, cuatro hombres sin camisa amasan pequeñas bolas de harina que posteriormente depositan en unas bandejas ennegrecidas. En la esquina de la mesa, una bocina portátil reproduce reguetón a volumen moderado. Son las dos de la madrugada y el vapor que desprende el rústico horno eléctrico de la panadería, donde se cuecen varias bandejas de pan, satura el ambiente con un calor denso y asfixiante.

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El maestro panadero suda a chorros. Busca detrás de unos sacos de harina una botella plástica con ron casero y se da un trago largo que le estremece el cuerpo. Luego sale al portal de la panadería a fumarse un cigarrillo. La ligera brisa nocturna es un oasis comparado con el calor infernal del salón.

En la panadería elaboran el pan de 5.000 consumidores. Un pan que ni siquiera acabado de hornear tiene un mínimo de calidad. Es el pan que diariamente se les vende a todos los cubanos por la libreta de racionamiento más antigua del planeta, establecida en 1962, hace 59 años.

El pan debiera pesar 80 gramos. Cuando se guardan en la panera, si acaso, pesan la mitad del gramaje establecido. “Cada cierto tiempo los periodistas de la televisión o el Granma publican artículos criticando la mala calidad del pan. Alguien tiene que pagar cuando las cosas no funcionan bien. Y la cadena siempre se parte por el eslabón más débil”, cuenta el maestro panadero.

“Entonces cambian al administrador y botan al maestro panadero para acallar las críticas. Pero este es un mundo circular. Al administrador lo ponen en otra panadería, fuera del municipio, y a los maestros panaderos también nos ubican en otro lugar. Pero nada cambia. Comercio Interior es una mafia, un organismo donde todo el mundo viene a buscar dinero, no a producir pan con calidad. Solo el pan que se vende por la izquierda a los dueños de cafeterías y clientes particulares tiene un poco de calidad”, dice y añade:

Negocio del hambre

“Una panadería es tremendo bisne. Los jefes se buscan suficiente plata y pueden reparar sus casas y comprarse un auto. Los maestros panaderos también hacemos un ‘baro largo’ [mucho dinero]. A veces más, a veces menos, depende de cómo esté la marea. En una jornada puedo ganar 2.000 o 3.000 pesos, ya sea vendiendo pan o materias primas como el aceite y la harina, que la vendo a 25 pesos la libra. Y como van a reducir la producción de pan en La Habana en un 30 por ciento en la Cadena del pan (el que se vende liberado), una bolsa de siete panes que costaba 35 pesos probablemente cueste 50 o 60 pesos. En Cuba el pan es fundamental, sobre todo ahora, que a la gente no le alcanza el arroz. Muchas personas por la noche se comen un pan con cualquier cosa. Esta crisis afecta a la inmensa mayoría de la población, pero los que trabajan con la elaboración de la jama (alimentos) se llenan de pesos”.

El pan por la libreta, uno diario por consumidor que se vende a un peso, es de tan mala calidad que, según un administrador de una panadería al sur de La Habana, “entre un 30 y un 40 por ciento de la población lo dejó de comprar. Y ese pan se lo empezamos a vender a los criadores de cerdos. Desde hace unos meses, con el recrudecimiento de la crisis económica y la escasez alimentaria, la gente no ha tenido más remedio que comprarlo”.

Otras personas recurren al pan de venta libre que se oferta en establecimientos de la Cadena del pan, donde una libra de pan de corteza dura cuesta diez pesos y un peso el pan suave. Pero desde el año pasado, comenta Frank, funcionario de esa Cadena, “la producción se recortó en un 20 por ciento por déficit de harina, aceite y otros insumos”. Eso provocó colas kilométricas y broncas para adquirir el pan.

Ahora ni pan

“Desde que se dio la noticia del nuevo recorte en la producción del pan liberado, las colas se han multiplicado. Se despachaban cuatro libras de pan de corteza dura por consumidor, ahora solo se venderán tres libras y no vamos a producir pan suave. A la persona se le escaneará el carné de identidad para que no pueda comprar hasta dentro de dos días. También se ha pensado entregar tickets en las colas para evitar las aglomeraciones”, explica Frank.

La noticia generó disimiles comentarios entre los habaneros de a pie. En redes sociales, esquinas de barrio o en los destartalados taxis colectivos se arman encendidas polémicas sobre la escasez de pan y otros alimentos en Cuba. “Sin arroz, viandas, carne de puerco y ahora casi sin pan, muchos cubanos nos vamos a morir de hambre”, opina Erasmo, empleado de una sucursal bancaria.

Elisa, abogada, considera que el gobierno está cruzando una frontera peligrosa. “Está faltando la comida más elemental de los cubanos. Es una odisea comprar arroz, el que venden por la libreta solo alcanza para diez días. Los frijoles negros están a 70 pesos la libra. La carne de cerdo, si se encuentra, 140. Hace unos días me vendieron una bolsa con cinco boniatos en 60 pesos. El gobierno tiene que hacer cambios urgentes, pues estamos a un paso de una hambruna. Mientras, los dirigentes alardeando de que Cuba tiene cinco vacunas, pero la gente no solo no tiene comida, tampoco tiene champú para lavarse la cabeza ni medicamentos para curar la sarna que se ha extendido por todo el país. El pueblo cubano es pacífico, pero todo tiene un límite”.

El sitio web oficialista Cubadebate publicó una nota sobre la reducción de pan en La Habana. El 90 por ciento de los 132 comentarios fueron sumamente críticos. “Ni arroz, ni vianda ni nada, ¿alguien me puede decir qué vamos a comer?”, se preguntaba Lilia. “A este paso llegaremos a los tiempos de ley seca de todo: arroz, harina, leche, aceite, azúcar. Me pregunto, ¿quedará yerba para comer?”, escribía un internauta con el seudónimo de Planeta. En esa línea iba el resto de los comentarios. La nota aclaraba que la medida sería hasta el mes de julio.

Pero un funcionario del partido comunista declaró en exclusiva a DIARIO LAS AMÉRICAS, que “ése y otros recortes en sectores productivos y en la elaboración de alimentos pudieran sucederse, de no mejorar la situación económica. El problema principal es que no hay liquidez, no tenemos suficientes divisas. La pandemia ha hecho más daño que una invasión contrarrevolucionaria. La afectación al turismo y a diferentes sectores económicos, unido a las medidas restrictivas de Trump, el cierre de las oficinas de Wester Union y recortes en el petróleo venezolano ha provocado que no contemos con divisas suficientes para importar alimentos. La entrega de combustible desde Venezuela ya se había recortado en un 30 por ciento y se recortó otro 15 por ciento más. Próximamente, el transporte urbano se verá obligado a reducir sus viajes y las empresas estatales recortarán en un 20 por ciento el uso del combustible. Y no dudo que haya que programar apagones. Vienen años muy duros”.

Las malas noticias no se detienen. En la actual zafra azucarera, según estadísticas oficiales, solo se produjeron 816.000 toneladas de azúcar, el 68% de los 1,2 millones de toneladas previstas. De esas 816.000toneladas, Cuba tiene compromisos de exportar anualmente 400.000 toneladas a China. Y el consumo interno oscila entre 600.000 y 700.000 toneladas, por lo que habría que importar azúcar o hacer recortes. Son los peores datos en la producción de azúcar desde 1908.

Osniel, dueño de una cafetería de sándwiches y comida criolla, está convencido de que la actual crisis todavía no ha tocado fondo. “Cientos de dueños de negocios gastronómicos han entregado sus licencias debido a los altos costos y la escasez de alimentos que apenas nos deja ganancias. Ahora con el déficit de harina y azúcar se complica aún más el panorama, porque una parte importante de las ventas, como panes, dulces o jugos tienen como componentes la harina y el azúcar”.

Hambruna a la vista

El contexto actual en Cuba es muy complejo. La economía ha caído en los últimos dos años un 13%. El turismo, exportación de servicios médicos y remesas han tenido recortes drásticos. Las reformas monetarias no han funcionado. La inflación ha devorado la mejora salarial. El desabastecimiento es generalizado. Las colas y aglomeraciones para comprar alimentos, ya sea en pesos o dólares, aumentan. El descontento social y la polarización se acrecientan. El régimen está en horas bajas. Muchos se preguntan si estaremos viviendo el principio del fin de la dictadura.

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