La Habana.- Aún no se ve la luz. Ni siquiera el final del túnel. Los pronósticos para la economía mundial son nefastos. El número de contagiados aumenta en Cuba al igual que los muertos. Charles, taxista privado, acaba de ver la conferencia de prensa del epidemiólogo Francisco Durán. No se ha llegado a la curva descendente y según los especialistas, falta por llegar lo peor.

Charles mueve la cabeza de un lado a otro como si no quisiera creer la terrible realidad.

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“1.035 contagiados de coronavirus, 34 fallecidos y seguimos sumando. Esta historia no tiene para cuando acabar. Y la calle en candela. La gente haciendo cola para comprar comida y el gobierno acusando de irresponsable al pueblo. No quieren reconocer sus errores. Cerraron tarde la frontera y no tienen dinero para alimentar a los cubanos. El país está en quiebra”, afirma Charles.

Uno de sus hijos bosteza aburrido ante tantas cifras ofrecidas por Francisco Durán, el director de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública de Cuba y le pregunta al padre cuándo volverá la normalidad. Charles intenta ser optimista. “Dentro de un par de meses, probablemente”. Pero en su interior es pesimista. No puede olvidar que cuando leyó en la prensa que iban a disminuir el número de las páginas de los periódicos, le vino a la mente el Período Especial de los años 90, que comenzó con un anuncio parecido.

"El gobierno siempre intentó esconder la bola, que si era una situación coyuntural, que era provisional, pero los cubanos informados sabíamos que era una crisis económica de larga duración. El coronavirus está sacando a flote todas nuestras deficiencias. Llegó en el peor momento, con las cosechas agrícolas en baja, las producciones de frijoles y arroz cayeron en un 50 por ciento. El plato nacional es arroz, frijoles negros y lo que aparezca (huevo, pollo, carne de puerco o salchichas) y si no se importa o no se produce lo suficiente, ni siquiera eso podremos comer y estaremos a las puertas de una crisis alimentaria, social, económica y política, igual o peor a la de los 90. Entonces estaba Fidel Castro, que infundía respeto y miedo a un porcentaje elevado de la población. Así y todo, la gente se le tiró pa’la calle en agosto de 1994, pero ahora si la escasez sigue apretando, la cosa puede estallar. No sé si los actuales gobernantes están preparados para esa contingencia”, opina Charles en voz baja en el balcón de su casa, para que sus hijos no escuchen los malos augurios.

El matrimonio de Hilda y Lorenzo tiene que alimentar a cuatro hijos y dos ancianos. Antes de que aterrizara en La Habana el virus que vino de China, intentaron tener una reserva de alimentos en su casa. "Pero fue imposible", dice Hilda. "No teníamos suficiente dinero y ya desde mediados de 2019, mucho antes del coronavirus, en Cuba tenías que hacer tremendas colas por la escasez de alimentos, tanto en los agromercados como en las tiendas por divisas. El gobierno piensa que la gente es suicida, pero uno tiene que salir a la calle a fajarse con las colas, no queda otra opción, sobre todo a partir de que limitaron las ventas. Ahora, por ejemplo, solo se puede comprar tres kilogramos de pollo. En una familia de ocho personas, como la nuestra, esa cantidad alcanza para dos veces y comiendo poco. Mi esposa y yo llevamos cuatro días a base de arroz, frijoles y ensalada de tomate, el huevo o la proteína que consigamos se la dejamos a los hijos y a mis padres".

La paralización del transporte público y de taxis colectivos impide a muchos habaneros trasladarse a otros municipios a comprar alimentos, medicinas o artículos de aseo. Gisela, enfermera, pertenece a un grupo de WhatsApp que avisa de las tiendas que están vendiendo pollo, salchichas o hamburguesas. “Pero hay tiendas que quedan lejos de Alamar, donde vivo, y cuando llego, las colas son inmensas o se acabó el pollo o las salchichas.

Aprendí un truco para no hacer colas: voy vestida de enfermera. Cuando la gente me ve, me deja pasar y hasta me aplauden. En Cuba el problema de la comida siempre fue una prioridad, pero en estos momentos es muy complicado conseguir alimentos. Ya se notan los efectos de la escasez. En el hospital donde trabajo, la comida es poca y mal elaborada. Después del COVID-19 el país va ser una olla de presión. Y esta vez no habrá para dónde escapar”, vaticina Gisela.

El régimen verde olivo se va quedando sin opciones. Y comienza a recurrir a lo que mejor saber hacer: reprimir. Hasta la fecha, han multado a trece periodistas y comunicadores independientes, aplicándoles el Decreto-Ley 370 por subir a las redes sociales informaciones que consideran ‘mal intencionadas’ y ‘tergiversan la realidad’.

Yamilka, vecina del Reparto Sevillano, en el municipio habanero de Diez de Octubre, cuenta que con su teléfono móvil estaba tirando fotos y haciendo un video de una enorme cola en un mercado cercano a su domicilio, cuando un policía le impidió que siguiera grabando. “Le dije que estábamos en cuarentena, no en ley marcial. Pero el policía me dijo que si seguía grabando me impondrían una multa de 3.000 pesos [equivalente a 120 dólares], por una ley que impide filmar ese tipo de imágenes y divulgarlas posteriormente en Facebook”.

Numerosos ciudadanos se han quejado de que la policía los ha multado por no usar nasobucos (mascarillas), a pesar que el Estado no ha creado las condiciones para que cada persona tenga varios, pues al ser artesanales, de tela, cada cierto tiempo la gente debe quitárselo y ponerse otro limpio.

También han multado a quienes se lo han quitado al ingerir alimentos o fumar. “Yo le enseñé al policía mi certificado de asmático, así y todo, me clavó una multa de cincuenta pesos. Se rumora que si siguen las colas van a tirar al ejército pa’la calle”, comenta un señor en la cola del pan.

Deborah, peluquera, estuvo casi cuatro horas para poder hacer una compra por internet. “El gobierno supuestamente abrió tiendas virtuales para descongestionar las colas, pero el comercio electrónico cubano está pelado.

En la web del Centro Comercial Carlos III solo ofertaban picadillo condimentado, puré de tomate, detergente, jabón de lavar y de baño, refrescos y chicles. Y solo dos paquetes o latas por comprador. Es ridículo. Eso obliga a tener que estar continuamente comprando, ya sea en una tienda real o virtual. En la real, las colas son kilométricas, y en la virtual, la conexión es pésima y demora un montón de tiempo poder hacer una compra”.

Mientras, en el mercado negro, también desabastecido, los precios no paran de subir. Un queso alemán de dos kilogramos, cuesta 30 cuc. La libra de pollo que cuesta 20 pesos en las carnicerías estatales, la revenden a 30 pesos. Y la carne de cerdo deshuesada que hace dos meses costaba 50 pesos la libra, ha subido a 75 pesos la libra.

Muchos negocios gastronómicos han cerrado y han empezado a vender online. Una charcutería en el municipio Diez Octubre, agobiada por las constantes inspecciones, los altos impuestos y lo difícil de adquirir materia prima para elaborar jamones, chorizos y otros embutidos, optó por cerrar y crear un grupo de consumidores por Telegram y WhatsApp. Con la diferencia de que ahora cada producto subió un diez por ciento su precio, sin contar que cobran 20 pesos por la entrega a domicilio.

Charles, taxista privado, no quiere pensar en el día después de que se haya eliminado al coronavirus. “La economía cubana ya venía cancaneando y volver a la normalidad puede demorar dos o tres años, tal vez más. Con el turismo en 2020 no se puede contar, se cayó estrepitosamente, igual que las remesas. Y como el gobierno no tiene dólares, comprará menos alimentos.

Después de que se acabe el COVID-19, las colas y la escasez continuarán por largo tiempo”, predice.

A la mayoría de los cubanos les preocupa el presente: desabastecimiento generalizado, altos precios, falta de dinero, calor, sequía, déficit de agua potable y apagones. Pero el futuro les asusta todavía más.

Iván García
Especial
@DesdeLaHabana

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