Por William Oliva*

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Prensa Libre

Labor Vieja, Guatemala.- Aunque el 15 de septiembre, día de nuestra Independencia Patria en Guatemala es feriado nacional, no es el canto de los gallos lo que te despierta de madrugada en mi natal Labor Vieja, una pequeña aldea al norte de la capital guatemalteca, sino los cohetillos y las bandas escolares, estampas que se repiten en cada pueblo a lo largo de los 108 mil 888 km cuadrados de territorio y en los casi 17 millones de habitantes que tiene el país, expresándose en unos 25 idiomas, 22 de ellos dialectos autóctonas del pueblo maya, con su gama de variantes según la zona, además el garífuna, el xinca y el español.

Cómo olvidar estas fechas de fervor patrio, de color, algarabía y hasta de imágenes recurrentes como la de mi extinta madre “jaloneándome” el cabello después de hacerla pasar ciertas vergüenzas.

Los símbolos

Aunque tuve que crecer y leer unos buenos libros para entender que las bandas de guerra y las famosas antorchas fueron impuestas como símbolo del militarismo, factores recurrentes en nuestros países, y a pesar de que los desfiles se prohibieron después de que se firmó la paz duradera en 1996, aún quedan “rituales y costumbres” de las fiestas patrias arraigadas en el pueblo guatemalteco que se repiten colorida y fervientemente cada año.

La marimba es nuestro instrumento nacional y no hay fecha más acertada que esta para esparcir sus dulces notas en calles y comercios, donde adultos, jóvenes y hasta niños se ven tentados a bailar las más emotivas melodías.

Las calles y casas por lo general son adornadas con banderas azul y blanco y en cada semáforo, niños, mujeres y jóvenes se acercan para vender banderillas para colocar en las ventanas de los vehículos.

En la semana de la Independencia, unas 50.000 antorchas y cientos de desfiles complican el tránsito solo en la ciudad capital.

Grupos de estudiantes acostumbran correr a maratón desde sus escuelas hasta el famoso Obelisco en la capital para recoger el fuego patrio y llevarlo a sus planteles educativos, donde son recibidos entre silbidos y cohetillos, y posterior a ello se celebran actos conmemorativos que finalizan con grandes fiestas de marimba o discos electrónicas.

Durante el recorrido con el fuego patrio por las principales calles citadinas, familias enteras en terrazas y pasarelas esperan a los grupos con recipientes y bolsas llenos de agua para lanzárselos, en tremendos salpicones a los que no escapan vehículos ni transeúntes incautos. De similar forma celebran en todos los pueblos, de tal manera que es una odisea para los estudiantes llegar a las localidades con la llama cívica aún encendida.

Obviamente, esta práctica tiene sus aspectos negativos: millones de bolsas plásticas van a parar a los alcantarillados y ríos, toneladas de agua se desperdician y cada año se reporta más de algún estudiante atropellado o accidentes relacionados con la actividad.

La mañana del 15 de septiembre es la más colorida. Bandas de guerra armadas con redoblantes, bombos, trompetas, liras y chorros de sudor compiten en las calles, seguidos por galantes y sincronizadas batonistas vestidas con los colores azul y blanco, mientras en las banquetas sus familias sonríen y fotografían sin cesar a sus gallardos hijos. Las reinas de belleza son llevadas en carrozas adornadas elegantemente mientras los cohetillos y bombas interrumpen las melodías tradicionales.

En el Paseo de la Sexta, una icónica calle en el Centro Histórico, miles de familias se dan cita para presenciar lo mejor de los desfiles y las bandas que han triunfado en concursos previos.

Preparativos

Los estudiantes se preparan durante semanas para aparecer impecables en las fiestas, y practican varios días antes de la fecha, aunque se pierdan valiosas horas de escuela. Músicos, poetas, actores y bailarines se alistan para mostrar lo mejor durante la conmemoración de la firma de la Independencia, signada en 1821.

Una escena curiosa y emotiva es que en los pueblos indígenas más alejados y pobres, los niños suelen utilizar en sus bandas escolares botes, galones de plástico y tapas de ollas en vez de instrumentos musicales.

En la provincia son comunes los “desfiles de fieros”, grupos de voluntarios que se disfrazan de cualquier cosa y recorren las calles bailando y haciendo comparsas y bromas acompañados de bandas.

Durante la celebración, suele recurrirse a las ventas de comida típica: tostadas con frijol, salsa o guacamole, atoles variados nativos y enchiladas; los estudiantes suelen organizar mercaditos gastronómicos previos a la fecha de independencia para agenciarse de algunos fondos.

Como adolescente fui integrante de bandas, y aún recuerdo la perfección que se nos exigía en nombre de la patria, demanda que al final daba sus resultados.

Fecha esperada

Como niños, viviendo en condiciones pobres, algo que se esperaba con ansias era el famoso “estreno”, el uniforme para desfilar. Entonces, con sacrificio, los padres ahorraban durante meses para comprarnos camisa blanca, pantalón azul y zapatos negros. No había sensación más bonita que sacar el calzado nuevo de la caja y extraerle de dentro las bolas de papel de prensa que los vendedores ponían adentro para mantener la forma del zapato. Al colocar el calzado en los pies, era como un juguete nuevo que se debía cuidar por mucho tiempo.

En mi país durante estas fechas patrias llueve mucho e intentar marchar derecho, imitando a los militares, conllevaba pasar entre charcos, lodo y pozas de agua. Todo el sacrificio que se hace, se hace por la patria, decían los maestros.

Recuerdo un año en el que, ¡Vaya sacrificio! tuve que marchar con unos zapatos muy ajustados, y en cada paso que daba sentía la muerte en toda mi estructura ósea. Cuando terminé, rengueando y con enormes ampollas en los pies, mi madre me aseguró que al día siguiente iríamos al mercado popular a cambiar los zapatos.

Ahora he comprendido que el amor por tu paria va más allá de hacer altares cívicos en la esquina de tu aula con estampas de nuestra bandera azul y blanco, del quetzal, nuestra ave nacional; de la monja blanca, la flor nacional; de la ceiba, árbol patrio; de la marimba, de nuestro héroe indígena Tecún Umán y del Lago de Atitlán, uno de los más bellos del mundo.

Tener civismo también es ser amable, sonreír, respetar, ayudar y motivar, pero sobre todo, amar y cuidar los recursos naturales de nuestro terruño.

Cómo olvidar estas fechas llenas de fervor patrio, de color, algarabía, y hasta del recuerdo de mi madre “jaloneándome” el cabello después de que el vendedor de calzado, a la mañana siguiente del desfile, extraía entre carcajadas una a una las bolas de papel de prensa de dentro de mis zapatos nuevos, que por la prisa olvidé sacar…

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*William Oliva es reportero de diario guatemalteco Prensa Libre

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