lunes 23  de  marzo 2026
CINE

"Avatar: Fire and Ash". El director atrapado en su laberinto

Avatar: Fire and Ash, la tercera entrega la exitosa franquicia dirigida por James Cameron, llegó a las salas de cine. En la premier de la película en Miami conversamos con la laureada Zoe Saldaña quien da vida a Neytiri dentro de la saga

Diario las Américas | LUIS BOND
Por LUIS BOND

MIAMI.- Todo director de cine tiene su Moby Dick, esa quimera que parece imposible de conseguir y que lo obsesiona durante toda su vida(como Napoleón para Stanley Kubrick, Don Quijote para Orson Welles o Dune para Alejandro Jodorowski). Fácilmente, Avatar (2009) ha podido ser eso para James Cameron. Como muchos saben, este largometraje tardó 15 años en materializarse por las limitaciones técnicas del momento y se transformó en una de las apuestas más ambiciosas en la historia del cine moderno. Con un presupuesto “oficial” de aproximadamente 230 millones de dólares (aunque dicen los rumores que el real está cercano a los 300 millones), logró algo que parecía imposible: una ganancia de casi 3 mil millones de dólares, ostentado hasta hoy el título de la película más taquillera de la historia (top 5 en el que Cameron tiene tres títulos). Un éxito que, lejos de impulsarlo a perseguir otros proyectos, lo ha motivado a seguir explorando más y más el universo de Avatar hasta el punto de transformarla en una pentalogía.

Así como George Lucas dedicó su vida a una galaxia muy muy lejana con Star Wars, George Miller sigue recorriendo las distópicas carreteras de Mad Max o Peter Jackson alcanzó el cenit de su carrera en la Tierra Media con la obra de J.R.R. Tolkien, Cameron lleva 31 años sumergido en Pandora (con miras de cerrar su saga en el 2031, a los 71 años de edad, haciendo que Avatar haya ocupado un poco más de la mitad de su vida). Recordemos que este realizador (con una carrera impecable como director, guionista y productor), es el artífice de una filmografía icónica y heterogénea que, vista en retrospectiva, sirvió como semillas que alimentan los diferentes registros dramáticos de cada entrega de Avatar: como el amor imposible de Jake y Neytiri o Lo´ak y Ronal que lucha contra los prejuicios sociales (Titanic), la fascinación por los misterios y criaturas que habitan en el fondo del mar (Abyss), la necesidad de proteger a toda costa la inocencia (Aliens), las secuencias de acción que rozan la comedia (True Lies), el destino del héroe trágico que desea cambiar el futuro y el peligro del mal uso de la tecnología (The Terminator y Terminator 2: Judgment Day).

Si bien es cierto que la premisa de Avatar es bastante manida (el arco de redención de un soldado que “salta” de bando cuando convive con su enemigo como en The Last of the Mohicans, Dance with Wolves, Pocahontas o The Last Samurai), su magistral desarrollo gracias a los efectos especiales de última generación, la pericia de Cameron como director y la construcción de un mundo inmersivo como pocos la elevan a una categoría especial, haciéndonos asistir en cada entrega a un “evento cinematográfico” de gran envergadura. Su crítica al capitalismo salvaje y los delirios coloniales de la raza humana en contraposición a la conciencia ambiental y el principio de participación mística la hacen tocar una fibra del zeitgeist que vivimos transformándola en mucho más que un simple título de Sci-Fi (por no hablar de la cantidad de avances tecnológicos creados exclusivamente para rodarla).

En Avatar: The Way of Water (2022), Cameron regresó a Pandora después de más de una década para amplificar el universo en el que se desarrolla la historia, enseñándonos nuevas criaturas, nativos y cultura para hablarnos de la inmigración forzosa, los prejuicios raciales, los conflictos bélicos, el hybris de los humanos al querer doblegar la fuerza de naturaleza, la importancia de la fe, la necesidad de honrar a la tierra y la conexión que tenemos todos en un nivel cuántico. A pesar de la enorme cantidad de tiempo entre una entrega y otra, esta secuela fue un éxito erigiéndose como la tercera película más taquillera de la historia y abriendo la puerta para tres secuelas más. Es así como en 2025 llegamos al tercer capítulo de esta saga con Avatar: Fire and Ash, la nueva apuesta de James Cameron para seguir explorando su proyecto de vida.

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Ambientada poco tiempo después de su predecesora, Avatar: Fire and Ash se centra en el duelo que atraviesan Jake Sully (Sam Worthington) y Neytiri (Zoe Saldaña) luego de perder a su hijo Neteyam (Jamie Flatters). Un dolor que se proyecta en el joven Lo´ak (Britain Dalton) y su amigo humano Spider (Jack Champion) quienes, al mismo tiempo, deben lidiar con la sombra de un colectivo que no los termina de aceptar del todo. A su lado tenemos a Kiri (Sigourney Weaver) que sigue en la búsqueda de su identidad mientras atraviesa una crisis de fe y a la pequeña Tuk (Trinity Jo-Li Bliss) que solo quiere llevar una vida “normal”. Intentando adaptarse a la convivencia con el clan de agua Metkayina y aprendiendo de sus costumbres, los Sully se embarcarán en un viaje donde, sin proponérselo, tendrán que enfrentarse a su archienemigo Quaritch (Stephen Lang) y a una tribu violenta que adora el poder destructor del fuego y que es liderada por una suerte de bruja-guerrera llamada Varang (Oona Chaplin) que está obsesionada con reducir a cenizas a Pandora.

A simple vista, Avatar: Fire and Ash trae elementos nuevos a la gran pantalla (paisajes, personajes, conflictos, criaturas), pero no son suficientes para ser considerada como el parteaguas que si fue Avatar: The Way of Water. Más allá de la relación directa con su predecesora, la trama tiene muchas similitudes con momentos que ya hemos visto (como el back and forth entre Quaritch y Spider, los misteriosos poderes de Kiri, la inmadurez de Lo´ak, los problemas de adaptación que atraviesa Jake y su familia, etc); una cacofonía que también sufre la estructura general del guión (los Sully están huyendo de sus perseguidores, se separan, descubren habilidades nuevas, ocurre un enfrentamiento de proporciones épicas que desde el principio se intenta evitar, algunos personajes mueren, otros cambian, un par se rehúsa a transformarse y, al final, todos somos uno). El resultado es una película que, a pesar del espectáculo visual que nos regala y varios momentos memorables (casi todos cortesía de Varang y Quaritch quienes se roban el show) se siente más como una bisagra que toma elementos de sus antecesoras (tanto en lo narrativo como lo formal) para circunvalarlos, pulirlos, pero aportando muy poco al lore de la saga.

Dejando a un lado sus falencias narrativas, la película se sostiene gracias a la maestría de James Cameron en la dirección. Como ya nos tiene acostumbrados, el apartado visual de Avatar: Fire and Ash es impecable. Así como en la entrega pasada la atracción principal era la física del agua y su simbología (como la gran madre que contiene, nutre, cuida, pero también puede devorarnos), en esta secuela el foco se centra en el fuego (poniendo el acento en sus connotaciones chamánicas y destructivas). Esto crea una dualidad visual que refuerza la narrativa entre vida y muerte, comunidad e individualidad, Tradición y progreso, matriarcado y patriarcado que le permite al director moverse a sus anchas sin necesidad de profundizar demasiado en cada uno de los polos que mueve el conflicto. De hecho, la mayoría del tiempo en pantalla se utiliza para explorar nuevos parajes de Pandora (que, hay que admitirlo, se siente mucho más grande e imponente en esta película), reafirmando la idea de que hay Avatar para rato.

Combinando paisajes hermosos y momentos contemplativos con secuencias de acción enormes (que poco tienen que envidiarle al último acto de Avengers: Endgame o The Lord of The Rings: The Return of the King), Cameron logra hipnotizarnos como Varang para pasearnos por la flora y fauna de Pandora y hacer de Avatar: Fire and Ash una experiencia visual que busca sugerir ideas, más que profundizar en su lore (contrario a otras sagas como Star Wars, The Lord of the Rings o Dune). El resultado es un largometraje que se siente como un parque de diversiones en 3D y del que, posiblemente, solo recordaremos “momentos” de cómo nos hizo sentir o imágenes potentes. Algo parecido sucede con los temas nuevos que pone sobre la mesa. Cameron se apoya en varios mitotemas que nos son conocidos (como el nacimiento del elegido por Partenogénesis, el sacrificio filial por mandato de una fuerza mayor, el robo del fuego y sus consecuencias funestas, el asedio de una ciudad que parece destinada a salvarse sólo por la gracia divina, el regreso del hijo pródigo, el renacer después de atravesar la noche oscura del alma, el pacifista que debe ir a la guerra, el héroe que se sacrifica por el bien común, la conexión con el mundo sutil, etc) para dar unas pinceladas de tópicos neurálgicos en la modernidad como el fanatismo religioso, lo destructivo que puede ser un líder incorrecto con poder en sus manos, las consecuencias de la diáspora, el rol de la familia en la construcción de la identidad, la ambición desmedida del ser humano, el encuentro con nosotros mismos a través del otro y su integración en la sociedad, la necesidad de reverenciar a la naturaleza, la importancia de la fe, la conexión sagrada con los ancestros, la manipulación mediática, etc. Temas que, lejos de desarrollarse, están como ideas sueltas en un lienzo enorme por recorrer en las siguientes entregas de la saga (o en las amplificaciones que cada espectador).

En un momento donde las salas de cine atraviesan un momento crítico, Avatar: Fire and Ash se levanta como un bastión que busca revitalizar la taquilla y recordarle al público la importancia de disfrutar de una película en la gran pantalla. Dejando a un lado algunos desaciertos del guión, Cameron sigue brillando como director al mantenernos en trance por más de 3 horas con un espectáculo que, detrás de su sobreestimación visual, nos invita a reflexionar sobre temas sumamente pertinentes. Aunque su artífice pareciera atrapado en su propia quimera, oscilando entre la ambición mercantilista de Quaritch de explotar Pandora o la necesidad de fusionarse con su obra del todo como Kiri, el mensaje que nos deja sigue siendo poderoso desde la primera entrega: todos estamos conectados. Verdad que se repite en todas las Tradiciones alrededor del mundo y que se ha ido olvidando gracias al cientificismo y a una pseudo espiritualidad que lejos de reunir nos dispersa. Si al final del día necesitamos ponernos unas gafas 3D en una sala de cine para sumergirnos en un mundo extraterrestre con criaturas azules para que el mensaje llegue de forma efectiva, entonces que Cameron siga explorando Pandora todo lo que quiera. Tal vez ese sea el verdadero Moby Dick del autor, crear una obra que trascienda más allá de la pantalla y tenga un impacto real en el público. Solo el tiempo —y las secuelas— lo dirán.

Lo mejor: su propuesta visual inmersiva y el rescate de la proyección en 3D. La dinámica de Quaritch con Varang y su desarrollo de personaje. El enfrentamiento del tercer acto es una locura. Dream as One como ending.

Lo malo: varias ideas parecen recicladas de las entregas anteriores (y su impacto dramático no es tan efectivo), la narración en off y muchos diálogos pecan de expositivos, su resolución es abrupta y su epílogo reiterativo.

Sobre el autor

Luis Bond es director, guionista, editor y profesor especializado en cátedras de guión, construcción de personajes, dirección, mitología, arquetipos y lenguaje simbólicos. Desde el 2010 se dedica a la crítica de cine en web, radio y publicaciones impresas. Es Tomatometer-approved critic en Rotten Tomatoes, miembro de LEJA y Florida Film Critics Circle. Su formación en cine se ha complementado con estudios en Psicología Analítica profunda y Simbología.

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Web: www.luisbond.com

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