MIAMI.- Una de las grandes ventajas se ser el creador, el intérprete y el director de su propia obra es que se tiene la oportunidad de estructurarla a su imagen y semejanza. No es un recurso engañoso, sino una admirable habilidad que le permite al actor alcanzar altas cotas en su presentación.

La obra Barrio calidoscopio de Carlos Gallegos, representando a Teatro de la Vuelta, de Cuenca, Ecuador, trajo a la 35ª. edición del Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami una propuesta llena de matices, que justo al final adquiere la gran dimensión que se espera de un espectáculo seleccionado para un festival.

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A lo largo de 50 minutos, Gallegos teje la historia de Alfonso (Alfonsito), un hombre de edad indefinida, algo tonto, vistiendo harapos y huérfano de madre (todo indica que recientemente). Una mañana, al amanecer, se levanta y emprende el camino para ir la tiendecita a comprar “un pan o dos” como se repite de manera reiterada, en una ciudad donde a esa hora solo se ven “barrenderos y borrachos que salen de las cantinas”.

Alfonso tiene miedo de todo y de sí mismo, y ese temor se percibe a lo largo de la pieza, no solo por la gestualidad y lo que expresa, sino porque no se levanta de la silla donde realiza su unipersonal hasta el minuto final, por demás deslumbrante, pues le imprime un giro a todo lo dicho y sugerido. La soga que conecta al hombre o lo ata, encierra una sugerente simbología.

Entre los logros de Barrio calidoscopio está atrapar al espectador ‘desde una silla’. La narrativa de la pieza tiene un crecimiento interno. El público sigue el curso de la historia que Gallegos brinda, pero nada parece acontecer en realidad, más bien se sugiere, por ello es tan importante el final. Todo es pura expresión corporal, recursos de pantomima, gestualidad circense y sonidos, capaces de imprimirle sentido a una obra donde la vida más allá de la puerta de su hogar es un aterrador calvario. Gallegos describe la magia del sol entrando por la ventana al interior de una casa donde el polvo se posesiona de todo y late el recuerdo permanente de la madre muerta.

Entre el polvo y la madre, el espectador visualiza los detalles del interior de la casa.

De la misma manera, las calles, la ciudad, también adquieren una presencia difusa con el lenguaje corporal y el extraordinario trabajo de luces, que viene a ser el imprescindible ‘socio’ para el éxito de esta pieza.

Alfonsito parece visitar la tienda de doña Magalita, donde se encuentra su tímido amor. Sin embargo, en el minuto final se pone en duda si en realidad estuvo en esas calles, si se adentró en la panadería o nunca fue capaz de romper las ataduras de su casa.

Barrio calidoscopio es un verdadero tour de force para Carlos Gallegos, que pone a prueba, y con indudable éxito, todos sus recursos en escena.

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