CIUDAD DE MÉXICO.- Diana Kennedy, la autora británica que se dedicó a escribir sobre la comida mexicana, falleció el domingo. Tenía 99 años.

Kennedy dedicó gran parte de su vida a aprender y preservar la cocina tradicional de su país adoptivo. Incluso pasados los 80 años viajaba cientos de kilómetros en un camión destartalado en busca de aldeas remotas y sus recetas desconocidas.

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En casi una docena de libros de cocina plasmó sus esfuerzos por rescatar tradiciones culinarias casi desaparecidas, una misión que empezó mucho antes de que el resto del mundo le diera a la cocina mexicana el respeto culinario que ella consideró que merecía.

Su amiga Concepción Guadalupe Garza Rodríguez informó que Diana Kennedy falleció en paz poco antes del amanecer en su vivienda en Zitácuaro, a unos 160 kilómetros (100 millas) al oeste de la Ciudad de México.

“México está muy agradecido con ella”, dijo Garza Rodríguez. Kennedy fue a un almuerzo en un hotel el 3 de marzo en ocasión de su cumpleaños, pero las últimas cinco semanas pasó la mayor parte del tiempo en su habitación. Garza Rodríguez indicó que la visitó la semana pasada y que ambas lloraron al despedirse.

La Secretaría de Cultura de México elogió a Diana Kennedy en un tuit, en el que afirmó que su vida fue dedicada a descubrir, recopilar y preservar la riqueza de la cocina mexicana.

“Diana entendió como pocos, que en la conservación de la naturaleza está la clave para seguir obteniendo los ingredientes que hacen posible continuar creando los platillos deliciosos que caracterizan nuestra cocina”, añadió la secretaría.

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Su primer libro de cocina, Las cocinas de México, fue escrito luego de pasar largas horas con cocineros caseros en todo el país. Tras el libro Diana Kennedy se volvió la principal autoridad en la cocina tradicional mexicana, y sigue siendo una referencia fundamental sobre el tema incluso cuatro décadas después. Ella señaló que era una gastronomía que le dio una lección de humildad, y le dio crédito a quienes compartieron con ella sus recetas, generalmente mujeres.

“Cocinar te enseña que no siempre tienes el control”, llegó a afirmar Diana Kennedy. “En la vida, cocinar es lo que te da el desenlace que más te mereces. Los ingredientes pueden engañarte”.

Recibió el equivalente en México al título de caballero al ser galardonada con la Orden del Águila Azteca por el Congreso por documentar y preservar las cocinas regionales mexicanas.

Gran Bretaña también la honró al condecorarla Miembro del Imperio Británico por promover las relaciones culturales con México.

Diana Kennedy nació con una curiosidad instintiva y amor por la comida. Creció en Gran Bretaña comiendo lo que ella llamaba buena comida, comida completa.

Durante la Segunda Guerra Mundial fue asignada al Women Timber Corps, donde la comida era simple y, a veces, escasa: pan casero, crema fresca, bollos y bayas en los días buenos, sopa de ortiga o ejotes con mantequilla cuando las raciones eran escasas.

Millones en toda Europa Occidental compartieron ese sustento simple, pero para Diana Kennedy estas comidas despertaron una apreciación del sabor y la textura que le duraría toda la vida.

Al referirse al primer mango que probó, la escritora lo describió en la forma en que algunos hablan de su primer enamoramiento: “Lo comí en el puerto de Kingston, Jamaica, de pie en el mar azul claro y cálido, todo ese jugo dulce, dulce”.

De hecho, ese primer mango y su marido, Paul Kennedy, corresponsal del New York Times, llegaron a su vida más o menos al mismo tiempo. Él estaba de misión en Haití y ella había viajado allí. Se enamoraron y en 1957 ella lo alcanzó en México, adonde el periódico lo había enviado.

Allí una serie de empleadas domésticas mexicanas, al igual que tías, madres y abuelas de sus nuevos amigos, le dieron a Diana Kennedy sus primeras lecciones de cocina mexicana: moler maíz para tamales, cocinar conejo en adobo. Fue otro despertar culinario. Mientras su esposo escribía sobre insurrecciones y revoluciones, Kennedy deambulaba por una tierra que para ella era nueva, emocionante y exótica, probando frutas, verduras y hierbas únicas de diversas regiones.

La pareja se mudó a Nueva York en 1966 cuando Paul Kennedy se estaba muriendo de cáncer.

Dos años más tarde, a instancias del editor de comida del New York Times, Craig Claiborne, dio su primera clase de cocina mexicana, buscando ingredientes en el noreste de Estados Unidos para reproducir los sabores explosivos de México. Pronto comenzó a pasar más tiempo otra vez en el país latinoamericano, estableciendo una casa allí que aún le servía de hogar.

En clases, libros de cocina y conferencias, su principio fundamental era simple: “Nunca, nunca, hay ninguna excusa para comer mal”.

Era conocida por sus comentarios afilados, incluso mientras su trabajo pionero ayudaba a convertir a México en una meca culinaria para los amantes de la comida y los mejores chefs del mundo, y transformó una cocina que había sido menospreciada durante mucho tiempo por considerarse que solo estaba constituida por tortillas ahogadas en salsas espesas, quesos y crema agria.

Una vez le dijo a José Andrés, chef ganador del premio James Beard y propietario de un aclamado restaurante mexicano, que sus tamales eran horrendos.

Le preocupaba que chefs famosos, que acudieron en gran cantidad a México en los últimos años para estudiar y experimentar con la pureza de la flora, la fauna y los sabores, estuvieran mezclando los ingredientes equivocados.

“Muchos de ellos lo están usando como una novedad y no saben las cosas que van juntas”, dijo. “Si vas a jugar con ingredientes, ingredientes exóticos, debes saber cómo tratarlos”.

Kennedy resguardaba intensamente su privacidad y mostraba cautela a la hora de decidir a quién dejaba entrar a su refugio mexicano sostenible cerca de la ciudad de Zitácuaro, en el conflictivo estado occidental de Michoacán. Nadie era bienvenido sin previo aviso. Los teléfonos celulares eran apagados y las computadoras se quedaban en un estudio para escribir. Sus compañeros eran sus empleados, un personal que la trataba como a una amiga querida, y varios perros a los que adoraba, aunque eran algo feroces.

En el vasto y encantador jardín de Kennedy, restos —y resurrecciones— de la cultura antigua crecían trepando por las paredes de piedra. Trabajaba duro para evitar la pérdida de ingredientes locales, creando una granja rodante de hierbas autóctonas y otros productos agrícolas. El cultivo continuaba en un atrio lleno de enredaderas en el centro de su casa, un cálido paraíso culinario de vainilla, orégano, menta, plátanos e innumerables hierbas locales.

“Activista contestataria, defensora absoluta del medio ambiente, Diana Kennedy fue y sigue siendo el mejor ejemplo del cuidado del medio ambiente y su biodiversidad”, escribió el domingo su editora Ana Luisa Anza. Ella escribió que hace tiempo Kennedy se había puesto la meta de llegar a 100 años para concluir el trabajo de su vida.

En 2019, el documental Diana Kennedy: Nothing Fancy mostró a una Kennedy todavía combativa disfrutando de la producción de su jardín y conduciendo por los caminos llenos de baches de Zitácuaro.

En sus últimos años, Kennedy había dicho que quería disminuir sus actividades, pero no podía.

“Hay muchas más recetas, transmitidas de madre a hija, que se van a perder. Hay semillas y hierbas y raíces que podrían desaparecer. ¡Hay absolutamente mucho más por hacer!”, manifestó.

FUENTE: AP

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