La calle sube empinada a Paleos Panteleimonas. La costa se pierde en la lejanía. El aroma es fresco. Las encinas se apiñan al borde del camino. También hay castaños, arbustos, pastos, helechos, manzanos silvestres. A la vista se eleva el Olimpo, el macizo montañoso más alto de Grecia, sede, según la leyenda, del padre de los dioses y los hombres: Zeus.

Más abajo, la costa hace largas curvas y es especialmente bella al atardecer, cuando empiezan a encender sus luces las aldeas junto al mar.

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El pueblo montañoso de Paleos Panteleimonas cuelga de una ladera. Está compuesto de callejones, casas de piedra y balcones de madera. Pequeños restaurantes y tiendas sacan provecho de esta ubicación privilegiada y del ambiente romántico, que no tiene nada de artificial.

La Rivera Olímpica, que pertenece a Macedonia central y se extiende al sudoeste de Salónica a lo largo del Golfo Termaico, va ganando espacio como marca en el mercado turístico desde hace poco tiempo. Allí hay alojamientos familiares, apartamentos y hotelitos de una o dos estrellas. Por entre 40 y 45 dólares (35 y 40 euros) se puede disfrutar de una habitación doble con desayuno y cercanía al mar. Incluso en temporada alta.

Si uno adquiere los martes productos regionales en el mercado rural de la ciudad costera de Leptokarya, las vacaciones de bajo presupuesto serán un hecho.

Salvo en las poblaciones más frecuentadas de Paralia y Olympic Beach, la costa olímpica griega no tiene nada de lujo ni artificios. Todo es auténtico.

No está formada por playas perfectas. En la arena se mezclan grava y piedras. Algunas zonas costeras están cubiertas de arbustos. Y los carteles indicativos no son del todo de fiar. Con más razón se despierta el espíritu aventurero del visitante.

"Entre la costa y la cumbre más alta del Olimpo hay sólo 20 kilómetros en línea aérea", dice el guía de montaña y naturaleza Savvas Vasileiadis, de 44 años, quien ama a su esposa Areti tanto como al paisaje del Parque Nacional del Olimpo.

Y no son tanto las cumbres las que lo atraen, sino el desfiladero del río Enipeas. "Ese es para mí el corazón del Parque Nacional", dice. "Allí sientes la paz y la naturaleza salvaje al mismo tiempo. Y que los mitos de los antiguos griegos están vivos hasta hoy", dice.

En el monasterio de Agios Dionysios aparece Efraim, un monje ortodoxo de barba blanca, el único que permanece durante el verano en el recinto destruido por los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

Cuando refresca, baja al monasterio nuevo del mismo nombre en una zona más baja, donde residen los monjes. En la tienda del convento venden queso y kefir de producción propia, miel, aceite de oliva, té de montaña del Olimpo.

Si uno recorre el interior, se ven sobre todo olivos. Pero también hay plantaciones de kiwi y cerezas, campos de tabaco y de algodón. La jornada puede terminar con un vino en la bodega de Apostolos Kourtis, en el pueblo de Rachi, de sólo 500 habitantes.

FUENTE: DPA

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