En la estación del Tren azul, los primeros elegidos toman una copa y meseros uniformados distribuyen pasabocas en un salón privado, mientras algunos grupos se trasladan en camionetas hacia un centro rápido de pruebas anticovid. En menos de la hora que dura el almuerzo, decenas de pasajeros del Tren Azul, compuesto por 19 vagones donde reina el cobre y la madera, habrán recibido el resultado negativo al COVID y entonces podrán comenzar la aventura.

Dos días, 48 horas para no pensar en nada, dejarse atender, jugar a príncipes y princesas. Cruzar la inmensa Sudáfrica a lo largo de 1.600 km desde El Cabo, punta meridional del país, hasta su capital Pretoria, entre campos y tugurios, centros urbanos y paisajes de sueño.

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Antes del coronavirus "99% de los pasajeros eran extranjeros", australianos, británicos y principalmente japoneses. Y el altísimo precio era imposible para los nativos, incluso auellos en posición acomodada.

Tras varios meses de paro, la prestigiosa línea, que trabaja desde hace más de 70 años, reanudó sus actividades en noviembre con "99% de pasajeros sudafricanos", a mitad de precio.

"Soñaba con esto desde hace tiempo, pero no hubiera podido antes", dice Mashiko Setshedi, médico en El Cabo, acompañado por su madre de 67 años. La mayoría de los otros viajeros son parejas, blancos y mayores.

"Normalmente estaríamos en Estados Unidos. Pero por el covid ahora exploramos el país. El Tren azul nos tentaba, mis abuelos lo tomaron y me contaron", explica Bennie Christoff, asesor financiero de 54 años, a cuyo lado está su esposa.

- Lujo de la lentitud -

Aun con precios a la baja, el viaje cuesta mínimo 1.300 euros por persona en pensión completa. Una pequeña fortuna en este país de grandes desigualdades.

"Los clientes solo hacen el viaje una vez en su vida", dice Simon Moteka, barman de 43 años, preocupado por dar un servicio "ejemplar". Conversación fluida, chistes si el pasajero es bromista, pero ante todo discreción.

A la hora de la cena, los hombres deben llevar traje, las mujeres mostrarse "lo más elegantes posible", dice el director del tren a través de altoparlantes.

Prohibidas las chancletas y las bermudas. Los comensales perfumados y engalanados se saludan en el estrecho corredor, cuando se dirigen al vagón restaurante, como en un filme de época.

El primer servicio se beneficia de la luz que reina en el Karoo, zona semidesértica, dominada por el ocre y poblada de ovejas del mismo tono. Desfila el paisaje, el sol cae sobre el horizonte.

El menú propone diferentes opciones, vino en copa para acompañar cada plato. En el postre, un vino sudafricano dulce de Constantia, "el que prefería Mandela", dice Sydney, responsable de sala, o una grappa, antes de ir hacia el fondo del tren, donde se encuentra el vagón panorámico, el bar clásico y zona para fumadores.

Del desayuno al cigarro nocturno, todo está incluido en el precio. No circula el dinero efectivo, pues los pasajeros guardaron su cartera desde el inicio del viaje para "disfrutar del lujo y la lentitud".

- Hadas invisibles -

Lectura o juego de cartas, siestas, cada quien según su ritmo. "La gente se relaja, goza de la vista, no hay nada que hacer", subraya Babs Dutoit, que viaja con su marido Piet, jubilado de los ferrocarriles.

El Tren Azul, joya de la compañía pública Transnet, enfrenta un gran desafío, pues algunas estaciones ferroviarias fueron saqueadas durante el confinamiento por gente en estado precario durante la pandemia.

Su director, Sechan Pillay, no oculta que no sabe si el tren podrá ir hasta Pretoria. Pero da seguridad a los pasajeros. Si algo ocurre, serán llevados a buen puerto de todas maneras.

Durante la cena, las mucamas, hadas invisibles, transforman las cabinas para la noche, haciendo caer las camas de su escondite en el muro. Duro colchón y delicioso hedredón ligero.

Al amanecer, tras una ducha caliente o el paso por la bañera en las cabinas más lujosas, todos cuentan como pasaron la noche.

FUENTE: AFP

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