El sábado fui a un bar de Coral Gables con varios amigos, entre ellos el actor cubano Mijaíl Mulkay. Entre vinos y música nos divertimos muchísimo y hablamos de las cosas de la vida casi hasta el amanecer. Fue una de esas noches capaces de contagiar con su entusiasmo no sólo el domingo sino incluso el más pesado de los lunes. Pero al abrir los ojos no podía creer la noticia: el joven pitcher cubano José Fernández había fallecido en un accidente a bordo de una lancha. ¿Era un mal chiste o aún estaba soñando? ¿Podía haberle sucedido esto a él, con un universo de posibilidades por delante, en su mejor momento como atleta y a la espera de su primer hijo? ¿Qué es esto? Fue uno de esos despertares en los que mandamos bien lejos al destino, preguntándonos por qué se muere un joven talentoso, mientras aún le siguen haciendo tanto daño al mundo unos viejos tan mezquinos como los Castro, culpables de que tantos cubanos hayan tenido que escapar de su país y miles de ellos quedar sepultados para siempre en el mar. Respiré. Ante tragedias como éstas a veces no puedo evitar la imagen de los dos dictadores riéndose, como un karma diabólico, sobre la isla que aplaude. Traté de pensar en otra cosa. Vi que me había llamado Mijaíl. Recordé, en contraste, nuestra gran fiesta unas horas antes. Y tras el primer timbrazo me preguntó: “¿Brother, viste cómo se nos fue José Fernández?”. No podía escaparme del instante congelado.

Quizás más que una conversación fue un monólogo. Mijaíl es uno de los artistas más sensibles que conozco. A cada rato, entre respiraciones y silencios, sentía que se le escapaban las lágrimas, recordando cómo José se hizo grande desde el día en que salvó a su madre de morir en el mar. El mar donde esta vez dejó la vida. La maldita circunstancia de ese mar por todas partes. Hablamos largamente de la infinita tragedia de los cubanos. Y nos dimos cuenta de que en nuestra larga y divertida noche no habíamos hablado de la muerte. Mientras nosotros aún podíamos volver a juntarnos a reír en otros bares de Miami, José y sus dos amigos ya no lo harían nunca más. Lo escuché emocionado. Antes de colgar le pedí a Mijaíl que le escribiera a José lo que me había dicho a mí. Que a un agnóstico como yo le sería más difícil. Así intenté alejarme otra vez del dolor.

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Pero al día siguiente en mi WhatsApp tenía este mensaje de Mijail:

“Triste día el de hoy porque desde ayer arrastramos la infinita tristeza de saber que no volveremos a ver lanzar al niño prodigio del montículo. No sé antes, pero en los años que llevo en este país, nunca había visto la ciudad tan triste. Jamás algo había podido silenciar el bullicio de los cubanos. ¿Quién dijo que los hombres no lloran? Sí, yo soy un hombre, y también tú, Luis, y todos los demás, y no hemos podido dejar de llorar. Estamos como detenidos en el tiempo, hipnotizados ante una noticia que no queremos creer y sin embargo es cierta, que nos robó la sonrisa a los cubanos. ¿Quién dijo que los hombres no lloran? He visto llorar estadios enteros, hombres de 6 y 7 pies, de todos los colores y nacionalidades llorando la pérdida del ídolo, no de una ciudad, sino de toda una raza, la nuestra. ¿Por qué? Le pregunto a la vida, al universo, al mar. ¿Por qué pasan estas cosas? Sólo quiero entender. Nadie responde. Me ahogo entre la emoción triste y mis cuatro paredes. Salgo de casa, intento no dejarme hundir en ese mar de tristeza pero todo es inútil. Camino sin rumbo y donde quiera que voy veo gente como yo, caminando sin sentido, llorando al lanzador de los sueños, al ciclón de Santa Clara, al número 16 de los Marlins, al hijo sacrificado, al nieto que se convirtió en el orgullo de la familia, al futuro padre de un hijo en camino, que sólo conocerá de su papá las grandes anécdotas que le contaremos millones de cubanos por todo el mundo, y él, orgulloso, sonreirá ante éstas fábulas y dirá: “Wao, me hubiera encantado haber podido conocer a mi padre”. ¿Por qué pasan estas cosas, Señor? Tú que lo sabes todo, danos un consuelo, algo que nos permita entender por qué él, que con apenas 15 años llegó a este país en una lancha con su madre y es ahora ese mismo mar el que se lo lleva de vuelta para hacerlo suyo por siempre, cuando apenas acababa de cumplir 24. ¡Estaba empezando a vivir! Alguien dijo que vivir era ir perdiendo cosas, y si eso es cierto, entonces estamos viviendo a más de 90 millas por hora porque esta pérdida va a ser irreparable no sólo para su familia y amigos, sino para nuestro pueblo. ¡Se va, se va, se fue de jonrón! Y nos deja al campo y con un vacío imposible de llenar en lo deportivo y también en lo humano. Si me preguntaran hoy qué es para mí la vida, diría que estar sentado en un sillón, diciendo adiós, adiós, adiós, y el brazo se te cansa de tenerlo levantado. Uno a uno van saliendo los amigos, parientes, unos al camino, otros a la muerte. ¿Y qué diferencia hay entre el camino y la muerte? Ninguna. Adiós. Y las paredes se agrietan y el piso se hunde y el techo se cae cuando pasan cosas como esta. ¿Quién dijo que los hombres no lloran, coño? Como escribiera el poeta: “Mi alma es una gran bahía donde siempre hay un barco que se va”. Buen viaje, hermano mío, donde quiera que estés que Dios te acompañe y siempre guíe a todos los tuyos que quedan de este lado. Así arrancó y termina el día en esta ciudad, con los hombres llorando y con un país rindiendo póstumo homenaje al mejor estilo beisbolero, y al mejor de los mejores, José Fernández. Play Ball. Mijaíl Mulkay”.

Quizás tanto dolor, dentro y a mi alrededor, tantas lágrimas en los noticieros y en las redes sociales, no me dejaron llorar mientras leía a Mijaíl y recordaba a José. A lo mejor almaceno lágrimas, por ésta y otras inmerecidas muertes, contenidas, sin saberlo. Intercambiamos unos mensajes más y justo antes de abordar su avión a Medellín, donde por éstos días encarna a un cubanoamericano, agente de la DEA, en una serie para Netflix, Mijaíl me dijo que quizás valdría la pena compartir su mensaje a José con otras personas y que lo enviaría a un colega de la televisión de Miami, convertido en monólogo. Que sabía de sobra que las palabras no curan los dolores, pero que creía que al menos pueden aliviar las almas. No logré decirle nada más en ese momento. Mientras él volaba repasando su guion, yo sabía que esa noche, frente a la televisión, como aquí en Diario Las Américas, inevitablemente brotarían otras lágrimas. Sigo sin saber por qué pasan éstas cosas.

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