Hace algún tiempo, el doctor Armando de la Torre, director de la Escuela Superior de Ciencias Sociales de la Universidad Francisco Marroquín, en Guatemala, le explicaba a su audiencia universitaria que la cuestión no es preguntarse cuáles son las causas de la pobreza, sino el origen de la riqueza.

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Para De la Torre, la pobreza no es más que el estado natural del hombre. Si partimos de esta definición para analizar el dilema, tendremos que, en consecuencia, sería a través de un proceso lógico de aprendizaje, de acumulación de experiencias, del ensayo y el error, por el cual seríamos capaces de abandonar el estado de escasez, carencias e insuficiencias, para lograr adentrarnos en otro de bienestar, abundancia y prosperidad. Dependería de nuestro propio esfuerzo.

¿Pero realmente las cosas funcionan de esa manera? ¿Hasta dónde este arquetipo individual es aplicable al plano colectivo o social? ¿Por qué hay países ricos y países pobres? ¿Por qué existen tantas diferencias económicas, políticas y organizativas entre nuestros pueblos americanos del norte y del sur?

Durante la Cumbre de las Américas del 2017, celebrada en Trinidad y Tobago, el expresidente costarricense Oscar Arias expresaba: “Tengo la impresión de que cada vez que los países caribeños y latinoamericanos se reúnen con el presidente de los Estados Unidos de América, casi siempre, es para culpar a EEUU de nuestros males pasados, presentes y futuros”.

Esa proclividad por buscar en el exterior la causa de nuestro descalabro social interno, ciertamente ha sido por mucho tiempo un argumento que ha trascendido la individualidad humana hasta convertirse también en la justificación favorita que esgrimen izquierdistas, revolucionarios y comunistas. Para todos ellos el imperialismo yanqui es el único problema.

Pero no es un culpable, sino la suma de muchos factores, condicionantes, circunstancias y decisiones, las que en verdad llevan un país hacia la pobreza o hacia la riqueza. Solo detengámonos por un momento a pensar cuán diferentes fueron los motivos que tuvieron los colonizadores europeos cuando invadieron América.

En su obra, Del buen salvaje al bueno revolucionario, el académico y diplomático venezolano Carlos Rangel, platea la tesis que más se ajusta a esta diferencia de motivaciones. Para los españoles, que ocuparon mayoritariamente el sur, había un objetivo muy claro, encontrar oro a toda costa, aun si eso significaba forzar a la población nativa a trabajar para ellos, o incluso, convertirlos en parte orgánica de su estructura social. Para los anglosajones que arribaron al norte, el propósito era otro, la búsqueda de tierra y libertad, no integrarse con los nativos; a estos los aniquilaron o los expulsaron de su sociedad.

En la teoría “rangeliana” los latinoamericanos somos al mismo tiempo descendientes de conquistadores y conquistados. Para algunos analistas en economía política esta es la razón por la que en el sur primó una cultura burocrática, elitista, semifeudal, monopolista, clientelar y de otros males replicados de las viejas instituciones europeas, mientras que en el norte, las relaciones de producción se basaron en la supervivencia del trabajo individual, el culto a la propiedad privada y la autonomía de la metrópoli. De hecho, en el momento en que Inglaterra intentó tomar control absoluto de las relaciones económicas con sus colonias americanas, estas se lanzaron al camino de la independencia total.

Pero la independencia tampoco hizo la diferencia para los países del sur. Desde el punto de vista del Premio Nobel de Economía 1993, Douglass C. North, los resultados fueron radicalmente opuestos, porque, sin antecedentes de gobiernos relativamente autónomos en lo político o en lo económico, la liberación del yugo español dejó un vacío de poder que se intentó solventar con guerras civiles, tiranuelos y pugnas por el poder.

No es la raza (los latinos son el grupo étnico de mayor pujanza en EEUU), tampoco es la educación (Cuba llegó a alcanzar altos índices educativos, pero su economía está en quiebra), mucho menos los recursos naturales (Venezuela tiene la mayor reserva natural de petróleo del mundo, yacimientos minerales y muchas riquezas, pero es un estado fallido)… entonces, ¿qué nos impide superar la pobreza en América Latina?

Probablemente habría que retomar las palabras de Oscar Arias sobre el proceso de transición hacia este nuevo siglo donde veía que, mientras el mundo marchaba por un lado, en Latinoamérica todavía se continuaba discutiendo sobre ideologías o sobre cuál “ismo” era mejor: capitalismo, socialismo, comunismo, liberalismo, neoliberalismo, socialcristianismo… y no le falta razón al expresidente, porque entre tantos “ismos” se nos olvidó incluir el pragmat(ismo), en particular, aquel que significa tener instituciones respetables, conservar una democracia robusta y gozar de libertades plenas.

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