Abril 8 de 1961. El día que el adolescente Armando Vizcaíno se montó en un avión con destino a Jamaica, acompañado por un amigo de su padre, pensó que regresaría a Cuba en tres meses. El ambiente en la isla ya era difícil para quienes, como él y su familia, no se identificaban con la revolución. “Pero nadie podía predecir lo que venía porque Cuba estaba bastante aislada del mundo”, dice Armando 60 años después de aquella salida que no ha tenido retorno.

“No estoy preparado para bajarme de un avión y encontrarme con alguien que me diga ‘Patria o Muerte, Venceremos’. Todo el que ha intentado un acercamiento, a la larga se ha enfrentado a la dureza que representa ese régimen. No he ido ni pienso ir aunque tengo todavía gente muy allegada en Cuba. Yo me fui antes de Bahía de Cochinos y, al llegar a Kingston, la arquidiócesis no tenía espacio para los muchachos ni estaba organizado como aquí en Estados Unidos”, rememora sobre su escala en Jamaica, a inicios de lo que sería la Operación Pedro Pan.

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“La salida de aquel gran número de muchachos fue después. Yo me quedé una semana en Kingston con el señor amigo de mi padre. Cuando llegamos a la embajada norteamericana, nos dijo la oficial que, si me quedaba unos días más, me daban la tarjeta de residente en EEUU. El señor me aconsejó que esperara la tarjeta de residente. Con ella entré a EEUU y me ubicaron en un campamento de lo que sería la Operación Pedro Pan, pero en ese momento ese nombre aún no existía. Era en Kendall, un campo, nada de lo que es hoy. Había 60 muchachas, unas monjas, y estábamos a cargo de la familia Pruna. Me encantó aquel lugar donde podía socializar con las muchachas. Yo tenía 16 años y no tenía percepción de lo que estaba ocurriendo”, reconoce el prestigioso contador público. La conversación se desarrolla en su casa en Miami, donde abundan las flores y los retratos de sus hijas y nietos, cerca de un altar con imágenes de santos católicos sobre los que se cimienta su fe.

La ‘aventura’

“Para mí todo aquello fue como una aventura porque mi padre siempre me dijo que quería que yo viniera a estudiar a EEUU. Por lo tanto, esto encajó. Yo tenía ya 16 años, había venido como parte del programa y los dos años que pasé en casa del cura Walsh junto a otros muchachos (unos 25 y llegamos a ser 80, entre 12 y 18 años) que se volvieron amigos, no era un reflejo de lo que vivían otros. Yo hablaba a menudo por teléfono con mis padres, no sentí ese dolor y esa separación tan fuerte”, reconoce. “En la casa donada por la familia Ferre, tuvimos nuestro mejor tiempo en EEUU. Luego nos trasladaron a un edificio de apartamentos con apariencia de motel. Nos llevaban al colegio pero también salíamos solos al downtown”.

Sin embargo, hubo un punto de inflexión que marcó la experiencia de Armando: “Empecé a ver la realidad cuando empezaron a mandar a esos muchachos al norte porque no había espacio en Miami y no se sabía a dónde iban: colegios, casas de norteamericanos que se harían cargo de ellos… y no se sabía cuándo esos niños se iban a reencontrar con sus padres. A los que éramos mayores (15 o 16 años), tocaba arreglárselas por ley de la vida, eso pensábamos, pero cuando llegaba el momento de mandar a un niño pequeño para el norte, solo, sin los hermanos mayores, era muy diferente. Estos casos empezaron a aumentar después de Bahía de Cochinos, momento en que las cosas en Cuba cambiaron a peor, venían muchos niños solos”.

Los más pequeños

Incluso el hermano de Armando, que vino con ocho años y lo mandaron a Florida City, podía haber sido enviado al norte con personas desconocidas porque todos los campamentos estaban repletos. “Cuando llegué, que estuve en una casa bajo la guía de monseñor Walsh, iba a ver a mi hermano”.

“La situación con los menores era diferente, cuando nosotros íbamos a Florida City era imposible que no viéramos a aquellos niños de seis, siete u ocho años llorando. No hay nadie de esa edad que esté preparado para vivir esa separación. Era muy duro verlos llorar, imagínate cuando llegaba la Navidad. Aunque se les daba regalitos y la atención era excelente, era difícil. Pero como eran tantos niños, compartir la situación la hacía más llevadera. Los mayores sabíamos que ese lugar era temporal y que de ahí podían mandarlos al norte a un lugar totalmente extraño, porque al menos en Florida City había varios niños, iban a comer juntos, pero en el momento en que los sacaban de ahí para el norte, cambiaba todo.

“Mi hermano nunca vivió situaciones desagradables, se fue de Florida City a Hialeah con una familia excelente, pero no fue tan trágico como quienes eran removidos de este entorno y trasladados al norte. Y estaba tan activo, había tantas cosas que hacer, que esa separación no fue tan trágica como para aquellos que mandaron al norte, removidos por completo de un medio ambiente conocido”.

“Cuando empezamos a reunirnos años después, me tropecé con una señora joven que había sido enviada de niña a Minnesota, a un lugar de campo. Allá la dejaron y fue caminando hasta la casa, lo que no se le olvida jamás. Otra me hizo la pregunta típica: ¿a dónde fueron ustedes? Dice que la habían enviado a ella y a sus hermanos mayores al norte y que ella no había hecho aún las paces con su madre porque dice que no entiende cómo pudo enviarlos solos a EEUU. Y claro, es que los enviaron a un orfanato. A esa edad no podían comprender las circunstancias que llevaron a su madre a enviarlos. Les decíamos a los pequeños: ‘oye no te preocupes, tú vas a estar bien aquí, tú verás que tus padres van a venir pronto’. Sabíamos que eso no era verdad y la gran preocupación que teníamos era qué iba a suceder con esos niños”.

La felicidad trunca

“Los problemas míos empezaron cuando mis padres llegaron de Cuba. Mi padre vino muy enfermo del corazón, en mayo de 1963, y en un nuevo apartamento en Flagler se reunió la familia. El 14 de julio lo enterramos. Yo tenía 19 años y mi hermano iba a cumplir 11. Teníamos más familiares aquí pero mi hermana estaba en Cuba y recibió mi llamada para decirle de la muerte de nuestro padre. Fueron momentos extremadamente difíciles”.

Dos años después, en septiembre de 1965, Armando fue llamado a servir en el ejército. “Y yo fui, no puse pretexto porque me sentía con la obligación de servir, estaba consciente de que el gobierno federal había costeado mi estancia. Entré al ejército en el 65. Mi mayor preocupación era mi madre, dependía mucho de mí, pero sobrevivimos. Salí en el 67, determinado a reordenar mi vida, trabajaba de día e iba a estudiar de noche. Conocí a mi esposa Carmen, e inclusive nació nuestra primera hija estando yo aún en la Universidad para hacerme contador público”.

Si la historia se repitiera…

Armando, como muchos de quienes formaron parte de la Operación Pedro Pan, se preguntan qué habrían hecho ellos en lugar de sus padres. Frente a la amenaza del castrismo, ¿habrían enviado a sus hijos a lo desconocido?

“Me he hecho la pregunta muchas veces. Con una muchacha o muchacho de 15 o 16 años la decisión hubiera sido rápida. Pero con un niño de ocho, siete años, la cosa cambia. Yo fui fuerte con mis hijas y las entrené para que se pudiesen defender si hubiera una situación similar. Una de ellas es abogada criminalista, otra es directora de escuela y luego vino la hija de la vejez. Las crie motivado por la experiencia que tuve. Hay que estar en el ambiente y expuesto a lo que estaba ocurriendo en Cuba para poder juzgar correctamente la decisión de nuestros padres. Si no estás consciente de las circunstancias que existían allí, no puedes juzgar. Hay personas que critican sin estar conscientes de lo que pasó en Cuba, los fusilamientos y el gran cambio. Fue muy difícil. Yo entiendo por qué esos padres tomaron la decisión de enviarnos y aunque no todos pensamos igual, agradecemos la labor de monseñor Walsh. Todos nosotros probablemente hemos educado a nuestros hijos utilizando las experiencias que tuvimos.

 

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