MIAMI — Eloísa M. Echazabal carga seis décadas de exilio obligatorio, pero sigue activa y sonriente enfrentando nuevos desafíos en su vida. Uno de ellos, salvaguardar todos los recuerdos gráficos y documentales de la Operación Pedro Pan, éxodo del que ella y su hermana fueron parte a la edad 13 y 8 años, respectivamente.

La avezada traductora y lingüista del gobierno federal, comparte el optimismo que la ha convertido en fuente de inspiración para sus familiares y amigos. Ya que, para ella, aprender de la adversidad y dejar huella se ha convertido en misión de vida como inmigrante y refugiada.

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“Si pudiera regresar el tiempo y tuviera frente a mí a esa niña que fui cuando vivía en Cuba, le diría que disfrute cada minuto de su vida, para que después de 60 años pueda recordarlos con mayor claridad… Por desgracia, han pasado seis décadas y hay muchas cosas que he olvidado…”, dijo Eloísa mientras observaba algunas fotos de su graduación de kindergarten en la isla.

A diferencia de otros niños que fueron parte del éxodo de la Operación Pedro Pan, Eloísa siempre tuvo muy claro lo que estaba pasando en Cuba luego de que Fidel Castro llegó al poder, ya que junto a su hermana dejó de asistir al colegio de monjas, meses antes de que lograran escapar de la isla.

“Nunca olvidaré cuando el gobierno intervino el colegio. Me acuerdo de que llegó mi padre a la escuela y la madre superiora estaba sacando sus cosas, y él le dijo: ‘¡Pero madre!, ¿Por qué ustedes se tienen que ir? ¿No pueden quedarse? A lo que ella respondió: ‘Podríamos quedarnos, pero bajo sus condiciones’ [las del régimen]. Así que, de mayo a septiembre, mes en el que me fui de Cuba, estuve sin ir a la escuela”, recordó.

La despedida

Hija de una familia fervientemente católica, Eloísa M. Echazabal se evoca a sí misma como una adolescente muy disciplinada, obediente a sus padres y estudiosa, hecho que le permitió asumir el destierro sin reproches, con madurez y enfocada en construir una nueva vida en Estados Unidos.

“Yo era una niña inteligente, así que sabía lo que estaba pasando. Recuerdo que el viaje a Miami lo asumí como una aventura, porque venía acompañada de mis tres primos y de mi hermana. Además, mi padre en ese entonces había sido beneficiado con una visa a Estados Unidos, por lo que nos estaba esperando en Miami”.

“Cuando llegamos nos llevaron a un campamento de niños en Kendall, y ahí nos separaron a todos por edades. Al día siguiente mi padre nos fue a visitar con la intención de sacarnos, pero como no tenía trabajo, no hablaba inglés y estaba viviendo en una situación muy vulnerable en la Pequeña Habana, la Iglesia Católica no autorizó la salida y llegó a un acuerdo con él”.

En esos datos históricos que actualmente son parte de la biblioteca de Barry University, donde se encuentran todos los archivos de los miles de casos de niños exiliados que fueron documentados por trabajadores sociales de la época. Decisiones tomadas por padres en conjunto con líderes religiosos, y que decidieron los destinos de más de 14.000 niños, entre ellos, Eloísa M. Echazabal, quien fue relocalizada con su hermana en la ciudad de Buffalo, en Nueva York.

“Luego de siete días en Miami nos trasladaron para Nueva York becadas, a un orfanato de monjas polacas con el fin de que termináramos el año académico con la mejor educación y aprendiéramos inglés. A los 13 años uno es flexible, además, yo estaba acostumbrada a lidiar con monjas, pero fue muy difícil relacionarme con las otras niñas porque todas eran americanas y sólo hablaban inglés. Por otra parte, esas niñas eran huérfanas, y yo no, yo tenía a mis padres, pero no podía estar con ellos”.

“Nunca olvidaré a la monja que estaba a cargo de mi piso porque era un ángel. Ella todas las noches se dio a la tarea de sentarse conmigo a enseñarme inglés, hasta que lo aprendí”.

La hora del reencuentro

Un año después fue autorizada la salida de la madre de Eloísa de Cuba, y se dio el reencuentro familiar en Miami.

“Cuando regresamos de Nueva York a Miami ahí estaban mis padres en el aeropuerto esperándonos. Ese fue el primer y único día que vi a mi padre llorar, después de haber estado separados por 9 meses”, evocó quien también es creadora del sitio web Pedro Pan Exodus, donde se define a este éxodo como una aventura cargada de drama, pero también de felicidad y esperanza.

“Hoy que miro hacia atrás lo veo con orgullo porque sobrevivimos al hecho de haber vivido como huérfanas y al bullying, porque al no saber inglés sufrimos eso. En mi caso, estudiar se convirtió en lo más importante para mí. Y aunque no ha sido fácil, pude salir adelante y construir una vida próspera”.

Después de 60 años, ¿se extraña Cuba?

“¡Claro que sí! Es el lugar donde nací. Yo fui muy feliz en Cuba porque tenía una vida estable. Cuando te conviertes en refugiada cuesta mucho lograr esa estabilidad. Yo nunca hubiese querido irme de mi país. Hoy, después de 60 años, solo me quedan los recuerdos y me sigo sintiendo cubana, sin embargo, te confieso que Estados Unidos es mi país porque es el que me dio la libertad y las oportunidades para reconstruir mi destino. Yo daría la vida por este país”, dijo y a la vez confesó el único anhelo que guarda por la tierra que la vio nacer.

“Mis padres murieron sin poder ver un cambio de gobierno en la isla, y lo más dramático es que yo tampoco sé si lo podré ver… me da mucha tristeza. Ya tengo más de 70 años, y probablemente nunca voy a regresar, pero por mis compatriotas siempre seguiré anhelando y pidiéndole a Dios por la libertad de Cuba”, comentó mientras terminaba de organizar fotos de su primera etapa de adolescencia en la isla.

“Si pudiera regresar el tiempo, a esta niña de 13 años [mirando su foto] que tuvo que exiliarse, le aconsejaría que viva intensamente cada experiencia en Estados Unidos, y le diría que los momentos malos siempre pasan: ‘Aprende todo lo que puedas, porque vas a sobrevivir. La vida no es perfecta, ni en Cuba ni en Miami. No te preocupes, mejores tiempos vendrán”.

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