Si el régimen comunista de China tuvo en algún momento la intención de crear un caos mundial para obtener la supremacía, al parecer -según los últimos acontecimientos- se entierra en su propio lodo.

El incremento de férreas medidas de control y represión en Hong Kong junto al cúmulo de desaciertos respecto al virus SARS-COVID-2 y sus irreverentes acciones contra países que exigen una investigación del origen de la pandemia como [Estados Unidos, Francia, Japón, Italia, Gran Bretaña y Australia] -entre muchos otros- podrían hacer retroceder el poder de China varias décadas atrás, cuando comenzaba a tejer su nueva imagen en el horizonte socio-político occidental, apuntalada sobre una economía que apenas cubría las necesidades de su población.

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El secretario de estado Mike Pompeo considera que Hong Kong perdió la autonomía que el régimen chino prometió respetar cuando le fue cedida por el gobierno británico en 1997.

“Informé al Congreso que Hong Kong ya no es autónomo de China, según los hechos sobre el terreno. Estados Unidos está con el pueblo de Hong Kong”, escribió Pompeo en un tuit.

Una de las promesas de campaña del presidente Donald Trump fue regresar a EEUU la mayoría o casi todas las grandes compañías estadounidenses radicadas en China y en otras regiones de Asia, en busca de mano de obra barata y otros incentivos que le garantizaran crecimiento, mayores ganancias y expansión.

El imán económico

China se convirtió en la pieza clave para esos propósitos, no sin ciertos temores sobre leyes o situaciones coyunturales que afectaran a los grandes monopolios instalados en territorio asiático.

Pero el régimen de Xi Jinping se encargó de opacar esos temores y ofreció a los inversionistas un armario de seguridad, estímulo empresarial y confianza, algo que de forma innegable logró hasta hoy. Lo que no calculó Xi Jinping fue la victoria de Donald Trump ni una pandemia que más que beneficiar a China, la ha obligado a retomar la tradicional intransigencia de los regímenes autoritarios. Por eso ahora, esa coartada de sensatez y tolerancia que vendió al mundo varias décadas atrás se fragmenta entre amenazas y represalias contra diversos países, no solo contra EEUU.

El ejemplo reciente son las acciones para limitar la importación de carne australiana y con advertencias de abarcar otros productos de esa nación, tras la insistencia del gobierno de Scott Morrison de encontrar la verdad sobre el origen y propagación del virus, acusación que China ha respondido con abierto chantaje y boicot a los productos australianos.

Japón y otros países no han creído las versiones chinas sobre la pandemia ni han esperado otra ola de titubeos del régimen asiático para fomentar sus propias medidas.

El primer ministro nipón, Shinzo Abe, dispuso 2.200 millones de dólares para financiar la repatriación de sus empresas o el traslado hacia otros sitios. Cientos de consorcios de diversas nacionalidades asentados en Pekín han decidido retornar a sus lugares de origen o buscar otras opciones para reubicar sus bases operativas.

Una parálisis mundial sin precedentes

La pandemia continúa su cobro de vidas humanas y daños económicos alarmantes. Gran parte del planeta se ha detenido por casi cuatro meses y recién comienza a moverse. EEUU ha sido el más impactado y las respuestas de la Casa Blanca no han tardado. China ha comprendido el mensaje y se defiende mediante acciones desesperadas y urgentes, porque el mayor impulsor de su desarrollo económico está herido de gravedad por su causa –intencional o no- pero eso en ninguna circunstancia reduce el daño ocasionado.

El mayor consumidor en el mundo de productos chinos está bastante afectado y molesto, y ha emprendido su contraofensiva.

Recientes estudios indican que más de la mitad de los estadounidenses quieren la indemnización de China. En varios estados como Nueva York, Missouri y Carolina del sur se han presentado demandas contra el gobierno de Pekín.

El secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, reconoció que hay una "gran probabilidad" de que sea necesario otro paquete de estímulo fiscal ante la gravedad de la crisis desatada por la pandemia. Más de 40 millones de estadounidenses están sin empleo y se estima que casi la mitad de las pequeñas empresas que cerraron por el confinamiento, no volverán a abrir nunca más. La cifra de fallecidos sobrepasa los 100,000.

Washington no solo ha tenido que desembolsar -sin esperarlo- casi tres billones de dólares en ayudas y rescates finacieros de grandes compañía, sino que en un giro de 360 grados tuvo que convertirse en un centro de operaciones y de campaña [como en tiempos de guerra] para evitar cientos de miles de muertes adicionales a la cifra actual. EEUU paso de ser el eje saludable de la economía mundial al eje de una pandemia que lo sentó en la silla eléctrica de la recesión, con indicios de poder llegar a una Gran Recesión.

El éxodo y los conflictos comerciales

La guerra de los aranceles entre EEUU y China durante más de un año y medio sentó las bases para que muchos empresarios reconocieran la fragilidad de radicar en un país dirigido por la ideología socialista, en contradicción con los fundamentos del capitalismo universal, sus leyes, derechos y libertades civiles.

En febrero del 2019, el Consejo Empresarial Chino Estadounidense, que integran más de 200 compañías entre ellas Apple, Walmart y Amazon, reveló que el 13% de las empresas estadounidenses en el gigante asiático estarían dispuestas a salir de China. Pero otra encuesta indicó que el 40% de las compañías estadounidenses que operan en el gigante asiático consideran la posibilidad de abandonar ese país.

La pandemia ha sacado a relucir el temor y las dudas que tenían muchos inversionistas al radicarse en Pekín y sobre todo ha confirmado sus presentimientos: el alto riesgo.

La suma de pequeños y grandes encontronazos entre las dos potencias en los últimos tres años prendió la mecha de un artefacto explosivo que la pandemia ha puesto casi al estallar.

Por lo que se ha visto hasta ahora, Trump no tiene intenciones de perdonar la catástrofe creada por la pandemia china, mucho menos en un año de elecciones presidenciales en EEUU, cuyo estandarte principal era la encomiable salud de la economía estadounidense antes del brote del SARS-COVID-2, que ahora ha ofrecido un pretexto a los oponentes demócratas para cuestionar –con o sin razón- la gestión del Presidente.

"El portavoz habla estúpidamente en nombre de China, tratando desesperadamente de desviar el dolor y la carnicería que su país extendió por todo el mundo", indicó Trump en una serie de mensajes en su cuenta de Twitter.

"Ahora es algo terrible y podrían haberlo parado si hubieran querido. Sea por incompetencia o porque no quisieron, en cualquier caso es inaceptable", afirmó Trump en una entrevista con el programa de televisión “Full Measure”, emitido por varias cadenas en EEUU.

Días antes de comenzar a expandirse el virus por el país, el respaldo a la gestión del gobierno de Trump superaba el 54% en varias encuestas, incluso, las de CNN, una cadena abiertamente opuesta al mandato actual.

El alto precio de la dependencia

Desde su arribo a la Presidencia, el mandatario estadounidense ha reiterado una y otra vez la necesidad de regresar a EEUU y fortalecer en el país el sector manufacturero, que contribuyó a que la mayoría de trabajadores estadounidenses lograran el llamado "Sueño Americano". Y con esa promesa medular, Trump obtuvo millones de votos en su ascenso a la Casa Blanca.

El mandatario norteamericano declaró días atrás que la crisis del coronavirus demuestra que él estaba en lo cierto al ordenar la salida de las empresas manufactureras de China y culpó una vez más al país asiático por la propagación de la enfermedad.

“Todo lo que yo dije resultó ser cierto”, aseguró en una entrevista con el canal Fox Business. “Estas estúpidas cadenas de suministros están por todo el mundo, deberíamos tenerlas todas en Estados Unidos”, añadió.

El principal asesor económico de la Casa Blanca, Larry Kudlow, anunció que “se considera seriamente que el gobierno pague los costos relacionados con la repatriación de las principales empresas multinacionales radicadas actualmente en China”.

"Defiendo un 100% la idea de cubrir inmediatamente los costos de traer las compañías de vuelta a casa”, recalcó.

Hace apenas un par de semanas, el Presidente dio un nuevo paso histórico al trasladar la producción de productos farmacéuticos hacia EEUU, cuyos componentes esenciales se procesan en China e India.

La administración Trump firmó un acuerdo de 354 millones de dólares para almacenar los ingredientes necesarios para producir en la nación el suministro de medicamentos indispensables.

La medida “creará la primera reserva estratégica de componentes clave necesarios para la producción de fármacos". El acuerdo se firmó con Phlow Corp., un fabricante de medicamentos genéricos con sede en Virginia”, reveló NBC News.

La Casa Blanca también estudia bloquear cualquier tipo de inversión estadounidense en China. Entre las medidas que se evalúan se encuentra sacar a las empresas chinas de la bolsa estadounidense, una medida que tendría un impacto de miles de millones, porque afecta a gigantes como Alibaba y Baidu.

Según Bloomberg News, la administración Trump discute con mayor firmeza reducir los flujos de inversión estadounidenses a China. La medida más agresiva incluye limitar las inversiones en compañías cotizadas en el mercado de valores como Baidu y Alibaba, que atrajo más de 25.000 millones de dólares en su debut bursátil en Wall Street. La cotización de las empresas de Pekín en la Bolsa de Nueva York tiene una capitalización de más de 1,3 billones de dólares.

De acuerdo con un informe de Nikkei Asian Review, tecnológicas como HP, Dell Microsoft y Amazon buscan mover la capacidad de su producción fuera de China y en el caso de las dos primeras reasignarían hasta el 30% de su valor productivo en otro país. También Google, Sony y Nintendo comparten el mismo criterio.

Se impone la razón

El cierre en Wuhan, epicentro del brote del nuevo coronavirus, afectó a grandes empresas automotrices extranjeras, incluidas Honda, Nissan, General Motors y Renault, cada una de las cuales puede sufrir pérdidas diarias de alrededor de 5,69 millones de dólares, expuso "Global Times".

La ciudad de Wuhan, en la provincia de Hubei, es uno de los principales centros automotrices de China, con plantas de fabricantes estadounidenses, europeos y japoneses, entre otros. En el 2018 más de 1,7 millones de unidades de vehículos valorados en 57.000 millones de dólares salieron de las líneas de producción de esta ciudad.

Ninguna está dispuesta a pasar por lo mismo bajo leyes de un régimen socialista, mucho menos General Motors, que junto a Ford son propulsores tradicionales de la economía norteamericana.

Ford Motor experimentó caídas en China de un 30,3% en el 2018, por la política de guerra comercial contra EEUU y un debilitado mercado de automóviles en la región. Hasta septiembre del 2019, las ventas de Ford en China habían mermado un 29,2%.

De 1999 al 2011, el crecimiento de las importaciones de China le costaron a EEUU alrededor de 2.4 millones de puestos de trabajo, señaló un estudio del Instituto de Tecnología de Massachusetts. Y esa cifra ha continuado en ascenso cada año.

Analistas indican que para los trabajadores que durante años han sido desplazados, el hecho de que los productos sean 10% más baratos en Walmart no compensa -en absoluto- la pérdida de sus empleos.

Este preocupante panorama lo agravó en los últimos dos años el conflicto comercial entre China y EEUU, ahora la pandemia lo ha multiplicado.

Si previo al brote del virus, Washington tenía motivos sufientes para incentivar la salida de las empresas norteamericanas de Pekín, hoy la realidad ayudará por sí misma a convencer a los inversionistas estadounidenses de que la globalización ha entregado ciertas ventajas a EEUU y a grandes compañías en un mundo moderno acoplado a relevantes tecnologías, pero lo ha sentado sobre una balanza de riesgos y dependencias extranjeras. Y lo antes era un inminente peligro, ahora es casi un imperativo.

lmorales@diariolasamericas.com

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