«Antes de que el equilibrio de poder pudiera imponer sus restricciones sobre las aspiraciones de poder de las naciones a través del juego mecánico de fuerzas opuestas, las naciones competidoras primero tuvieron que restringirse a sí mismas aceptando el sistema del equilibrio de poder como el marco común de sus esfuerzos.» — Hans J. Morgenthau
Desde hace varios años se ha venido planteando la tesis del regreso de la preponderancia de lo que históricamente conocemos como la Teoría del Equilibrio de Poder, es decir, la manera realista y pragmática como las potencias han manejado las relaciones internacionales a través de los siglos, desde la Paz de Westfalia hasta nuestros días, con un brevísimo paréntesis (a ratos parcial) de ochenta años de constructivismo definido por el orden establecido tras la Segunda Guerra Mundial.
Para entenderlo mejor resulta pertinente volver a las apreciaciones de Henry Kissinger, quien lo definía como un sistema compuesto por múltiples unidades políticas, ninguna lo suficientemente poderosa como para imponerse sobre las demás, obligadas a convivir pese a sus diferencias y a buscar reglas de coexistencia que mitiguen el conflicto. En otras palabras, relaciones administradas que eviten, en la medida de lo posible, escalamientos descontrolados.
Es en ese marco que debemos entender la cumbre entre Estados Unidos y China, encuentro inicialmente previsto para marzo, pospuesto por la crisis en Medio Oriente, y que se enmarca en los esfuerzos de distensión iniciados en la reunión de Busan, en Corea del Sur, en octubre de 2025. Allí ambos líderes acordaron una tregua arancelaria temporal, la reducción de algunos aranceles estadounidenses sobre bienes chinos y la suspensión de controles de exportación en minerales críticos y productos de alta tecnología. La próxima expiración de esa tregua en noviembre, sumada a la disrupción energética global —que afecta particularmente a China— derivada de la guerra contra Irán y el cierre del Estrecho de Ormuz, añadían urgencia al diálogo.
Desde esa perspectiva, la cumbre logró su objetivo principal: estabilizar las relaciones y reducir la retórica confrontacional. Sin embargo, lejos de resolver las contradicciones estructurales como el futuro de Taiwán (y la venta de armas estadounidenses), los derechos humanos, la carrera tecnológica y los subsidios chinos, el encuentro redefine temporalmente los términos de la rivalidad, priorizando la estabilidad económica, particularmente de las cadenas de suministro globales, y gerenciando con estrecho margen algunos aspectos comerciales: exportaciones estadounidenses de soja, semiconductores y aviación, y minerales críticos chinos.
Dicho así, el resultado parece modesto, según muchos analistas. No obstante, analizado con mayor profundidad, podría constituir un punto de inflexión, un cambio de paradigma. Así lo sugirió Xi Jinping al afirmar que la relación entre ambos países no tiene por qué caer en la Trampa de Tucídides, sino que puede construirse como una relación de cooperación. Trump, por su parte, la calificó de “constructiva y estable” —podemos añadir: transaccional—, donde la competencia se gestiona mediante acuerdos mutuamente beneficiosos, evitando una nueva Guerra Fría innecesaria. Si esta hoja de ruta se concreta —pues sabemos que a menudo queda en meras declaraciones—, algunos avances tácticos podrían materializarse en los próximos meses o en la próxima reunión propuesta por Trump a Xi en Washington, en septiembre de 2026.
Aunque guardando las distancias y diferencias históricas, esta cumbre evoca episodios clásicos de la diplomacia estadounidense, encarnados por Richard Nixon y Henry Kissinger, quienes buscaron administrar las diferencias con la URSS a través de una détente nuclear sin resolver las contradicciones ideológicas ni las expansiones sistémicas. Más aún, rememora la histórica visita de Nixon a China en 1972, cuando Washington dio un giro pragmático para explotar la rivalidad sino-soviética y reconfigurar el tablero de la Guerra Fría. Nos recuerda la diplomacia triangular de Nixon, pero invertida. No en vano, Trump ha mantenido un acercamiento sistemático con Putin, cuyo punto más simbólico fue la cumbre celebrada en Alaska en agosto de 2025.
El tiempo dirá si efectivamente se busca una nueva forma de triangulación y si este acercamiento modesto evoluciona hacia una relación más profunda entre las dos mayores economías, potencias tecnológicas y militares del planeta, en detrimento de una Europa en declive sostenido y del resto de los BRICS. Una estabilización bilateral Estados Unidos-China podría diluir la narrativa de multipolaridad, marginar a otros actores emergentes (India, Brasil, Suráfrica) y reducir de facto el valor de Rusia e Irán como contrapesos. Por lo pronto, Putin anunció de inmediato su visita a Pekín, en clara señal de nerviosismo y en defensa de su “alianza sin límites” con China, mientras Irán ha acusado a Pekín de traición.
En definitiva, más allá de los simbolismos, el trato deferente de Trump hacia su anfitrión, la composición de la delegación, la percepción de “claudicación” norteamericana, el posicionamiento de China como par de Estados Unidos (aprovechado por uno y facilitado por el otro), las caídas en la bolsa china, los resultados inciertos y el escaso acercamiento en los temas de fondo, lo cierto es que la relación entre Estados Unidos y China se ha convertido en la variable sistémica más determinante del orden internacional contemporáneo. Asumirlo —incluso para quienes ven riesgos en el aparente abandono de coaliciones multilaterales— nos obliga a regresar a los libros de historia y de teoría política para comprender mejor el nuevo paradigma que se nos presenta.
Con sus distintos estilos, los protagonistas de la escena internacional negocian desde la fuerza y entre líderes fuertes. Los demás tendrán que adaptarse.