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Nadie pudo imaginar que la barahúnda en torno a las estatuas a los miembros del Ejército Confederado provocara tan fuertes enfrentamientos como el de mediados de agosto en Charlottesville, Virginia, en el que hubo que lamentar la muerte de tres personas.

El revisionismo histórico puede encender pasiones y exacerbar fanatismos. No se salvan monumentos, obras literarias ni íconos de la cultura popular, tras considerarlos por los afiebrados como insoportables afrentas.

En Memphis, en el estado de Tennessee, una sala de cine decidió hace dos meses retirar de la programación el filme Lo que el viento se llevó. Por tradición, el teatro Orpheus lo exhibía al menos una vez por año y así lo hizo desde 1939. El Grupo que administra la instalación dijo que tuvo en cuenta numerosas peticiones de usuarios y estimó que no podía exhibir una película —una historia de amor con la Guerra de Secesión como fondo— insensible para con una parte de la población local, de mayoría afroamericana.

¿Cuántas peticiones hubo? ¿Qué sucede con la otra parte de la población que gusta de ese clásico, ganador de 10 Oscars y preservada por sus méritos en el National Film Registry? Por fortuna, quienes alientan tales actos jamás se permitirían adentrarse en las 900 páginas de la novela homónima que el productor David O. Selznick expurgó de alusiones racistas y al Ku Klux Klan, que sí las tiene. De lo contrario, tal vez sería difícil conseguirla en la biblioteca local.

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Cartel de <i>Lo que el viento se llevó</i>.
Cartel de Lo que el viento se llevó.

No es un caso aislado. En diciembre de 2016 las escuelas y bibliotecas del condado Accormack, en Virginia, retiraron de sus programas y fondos, respectivamente, dos clásicos de la literatura universal: Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain (1884), y Matar un ruiseñor, de Harper Lee (1960). La razón (la sinrazón) fue una queja de que en ambos libros se utilizaba bastante la palabra “nigger”.

Si autores tan celebrados, como Twain y Lee, son vetados, incluso temporalmente, hay motivos como para preocuparse. Una decena de filmes miran con simpatía la causa de los confederados (Lost Cause) y pudieran recibir el próximo fogonazo de la Political Correctness Union: El virginiano (Gary Cooper), El fuera de la ley (Clint Eastwood), Cabalga con el diablo (Tobey Maguire) y hasta la más reciente Dioses y generales (Jeff Daniels). Si no las vieron, deberían de apurarse…

Se sabe que los pulp magazines, los B-Westerns y los episodios seriados de Republic, están cargados de estereotipos, simplificaciones y maniqueísmo. Son típicos productos de la “cultura de masas” con fines de entretenimiento que arrastran, no obstante, las concepciones y prejuicios de la época. ¿Qué decir de los 26 volúmenes de Edgar Rice Burroughs (1875-1950) dedicados al mítico Tarzan? Quizás sea una cuestión de cantidad: son tantas las ediciones y reediciones, y tantas las películas —desde la primera con Elmo Lincoln (1918), pasando por las 12 que filmó Johnny Weissmuller entre 1932 y 1948, hasta la más reciente, en 2016, protagonizada por Alexander Skarsgård—, que probablemente el “Rey de los monos” se mantenga imperturbable en su casa sobre los árboles, sin que nadie lo moleste con acusaciones de “supremacista blanco”.

De todos modos, sería una excepción: a lo mejor algunos la emprenden contra otros héroes blancos de menos prestigio: Allain Quatermain (Las minas del rey Salomón, de H. Rider Haggard), Jim de la Selva o Bomba. O se les ocurre condenar, por traidor a sus raíces étnicas, al africano Lotario, quien declinó ser “Príncipe de las Siete Naciones” para seguir a Mandrake, el Mago, en condición de esclavo (también yo me sumaría).

Organizaciones como Lakota Cultural Initiative están convocando a otras similares como Comanche Arrows y Cheyenne Very Wide, entre otras, para lanzar de consuno una productora independiente de películas que relate lo que califican de diferente versión de las guerras indias. “No se ha realzado suficientemente la batalla de Little Bighorn, en 1876 en Montana, donde fueron derrotadas las fuerzas comandadas por el teniente coronel George Armstrong Custer”, declaró hace una semana al Lakota Times, en Nebraska, Kevin Camisa Amarilla Flotando en el Viento Lloyd, presidente interino de la agrupación Lakota.

Preguntado sobre la usurpación de tierras que la tribu Lakota impuso a la nación Cheyenne en 1776, el líder indicó que “eso pertenece al pasado y ahora mismo tenemos otras prioridades”. El líder indígena expresó que una comisión de ancianos revisa en la actualidad una lista de westerns y de literatura popular y evalúa si solicitar al Congreso que prohíba su comercialización. “Hay miles de películas, algunas muy aburridas, casi todos mentirosas, pero esperamos terminar el trabajo en el 2020”, apuntó.

De inmediato las productoras de Hollywood, compañías de cable y comercializadoras en línea advirtieron que se opondrían a cualquier restricción de la primera enmienda. “Ya se sabe que la conquista del Oeste fue una historia de expansión, saqueo, violencia y exterminio, y que fue embellecida por el cine, la literatura popular y los comics. Pero, ¿qué hacer con los pistoleros, inscritos profundamente en el imaginario popular, que nos acompañaron durante la infancia?”, indicó a la revista Variety X el profesor de la Universidad Hartford Michael Earp, descendiente del famoso sheriff de Tombstone, Arizona. “Roy Rogers, Gene Autry, Johnny Mack Brown, Hopalong Cassidy, Rex Allen, Durango Kid, El Llanero Solitario, Red Ryder, Allan Rocky Lane y Cisco Kid no merecen nuestro olvido”, acotó.

A su vez, Mark Rezos, CEO y fundador del conglomerado All American Publishers, señaló a la misma publicación: “¡Sería una catástrofe! ¿Dónde colocaríamos las 90 novelas del oeste escritas por Zane Grey y las casi tres mil del español Marcial Lafuente Estefanía? La pira sería del tamaño de la Gran Pirámide de Guiza, en Egipto”, alertó.

Complicado. Esta moda de decapitar estatuas, taparlas con mantas negras y ocultarlas en museos o rinconeras ha despertado la sed de justicia (¿o revancha?) de grupos variopintos que durante décadas permanecieron callados y ahora quieren adelantar su agenda o hacerse sentir —a gritos— en el panorama nacional.

Es el caso de la organización pacifista Arabs for a Real Fairness and Equal Treatment, que, envalentonada por la politización de la ceremonia de los Oscars, declaró a fines de septiembre su intención de oponerse a la visión que el cine les ha prodigado a los árabes. Rechazan que se les presente como seres violentos, libidinosos y tramposos; responsabilizan a Hollywood de las exageradas caracterizaciones (y el maquillaje, ¡horror!) de Rodolfo Valentino (El Jeque y El hijo del Jeque), pero también de los nefastos dibujos animados de Disney.

“Todas las opciones están sobre la arena”, afirmó Ahmed Ben Salim, de la agrupación pacifista, a la publicación digital Al-Qantara. “No permitiremos que se nos maltrate ni que se nos pinte como villanos. Podríamos tomar fuertes represalias, pues estamos hartos”, subrayó.

Ben Salim se refería seguramente a que, años atrás, la Liga Árabe protestó en la sede de Naciones Unidas, en Nueva York, pues en un filme de los Estudios Disney, Aladino, había un personaje negativo, Jafar, con rasgos feos y repugnantes. Para no levantar más polvareda la compañía hizo ajustes a los diálogos, aunque no redujo el tamaño de la nariz, tal como se exigía.

Al parecer, este insistente reclamo de reparaciones históricas es contagioso. A mediados de octubre un grupo de familias malayas, radicadas en Estados Unidos desde el siglo XVII, presentó una demanda multimillonaria ante los tribunales italianos contra los herederos del afamado escritor de aventuras Emilio Salgari.

Según el texto legal, el autor de la saga de Sandokan contribuyó grandemente a que fueran objeto de burla y discriminación. “Nos han dicho piratas pese a nuestra irreprochable conducta como granjeros”, dijo Kadir Darul Aman, vocero de las más de 40 familias de Borneo que se dedican al cultivo de arroz orgánico en Indiana. En verdad, Sandokan, cuyo sobrenombre es el Tigre de la Malasia, es un personaje de ficción, héroe justiciero que se hizo muy popular durante el siglo XX, y dio lugar a libros, series radiales, de TV y películas. “No queremos incitar al odio: nuestra lucha es a través de las vías legales”, enfatizó días atrás Darul Aman al Indianapolis Courier.

Curiosamente, Malasia integra el grupo de los llamados Tigres Asiáticos, altamente industrializados, pero allí los niños nunca han oído mencionar al Tigre de la Malasia, mucho menos a Yáñez de Gomara, Tremal-Naik ni Kammamuri.

Lamentablemente, los malos ejemplos se multiplican como la mala yerba. Estados Unidos no ha sido el único país sacudido por esta ola de revisionismo histórico. Pero este ya será tema de la tercera y última columna dedicada al asunto.

Nota aclaratoria:

El artículo pretende ser una mirada irónica a la reciente moda del revisionismo histórico. Muchos datos son ficticios, resultado de la imaginación del autor.

Periodista, profesor de Nova Southeastern University

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