En más de 2.000 ciudades y pueblos de los 50 estados del país se han llevado a cabo manifestaciones contra la brutalidad policial y por la justicia racial, promovidas por la organización Black Lives Matter y otros grupos radicales. En grandes urbes como Nueva York estas se han mantenido hasta por 21 días consecutivos.

La mayor parte de las protestas han sido pacíficas, pero muchas han estado acompañadas de actos violentos de saqueo y vandalismo contra diferentes tipos de propiedad: tiendas, negocios, monumentos y estatuas. Hay que añadir —como hechos aislados, no cubiertos por la gran prensa— el allanamiento a residencias y agresiones por parte de grupos de entre 15 y 20 personas.

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Curiosamente, y a diferencia del pasado, apenas han aparecido pronunciamientos de repulsa. Al contrario, en muchos casos, tales hechos delictivos se interpretan como inevitables o de algún modo justificados.

Este inusitado movimiento que —por su amplitud, fuerza y composición— no tiene precedentes en la historia de Estados Unidos motiva para consultar los viejos libros y rescatar un tema que parecía olvidado: la conducta de las masas.

El ejercicio pudiera servirnos no solo para analizar los acontecimientos actuales sino incluso para avizorar cómo podría desenvolverse el futuro.

El comportamiento de la masa, para diferenciarla del individuo, ya había seducido a los pensadores desde la antigüedad. Sin embargo, fue a finales del siglo XIX y principios del XX cuando el estudio del hombre como parte de la multitud llegó a cotas relevantes dentro de la Psicología Social. Tómese en cuenta, sobre todo, los aportes de Gustave Le Bon (1841- 1931), Sigmund Freud (1856- 1939), Karl G. Jung (1875-1961) y José Ortega y Gasset (1883-1955).

Potencial destructivo

La obra del francés Gustave Le Bon Psicología de las masas (1895) marcó el rumbo de los estudios en lo adelante. El científico había partido del concepto de “mente grupal” de su coterráneo Gabriel Tarde (1843-1904) para destacar el componente inconsciente del comportamiento del grupo y la disminución del nivel racional de sus integrantes.

Para Le Bon la masa “es siempre intelectualmente inferior al individuo aislado”. En ella el individuo se deja llevar por las emociones, abandona su conducta y hábitos anteriores y es capaz de acciones heroicas como de abandonarse a bajos instintos. “Las masas solamente son poderosas para destruir”.

En la “masa” se esfuman los rasgos de la individualidad. Sus características son impulsividad, inestabilidad, irritabilidad, credulidad e intolerancia. Asimismo, Le Bon señaló que la masa era fácilmente sugestionable mediante el contagio de otros individuos y de la influencia del líder. “Una masa es un rebaño servil incapaz de estar sin un amo”.

Sigmund Freud comentó ampliamente las elaboraciones de Le Bon en su obra Psicología de las masas y análisis del yo (1921). En sentido general, suscribió las opiniones del francés y les imprimió su personal enfoque: la preponderancia del factor inconsciente.

Para el neurólogo austríaco, el individuo “que entra a formar parte de una multitud se sitúa en condiciones que le permiten suprimir las represiones de sus tendencias inconscientes”. En este sentido, sostuvo que en la masa “desaparecen todas las inhibiciones individuales, mientras que todos los instintos crueles, brutales y destructores, residuos de épocas primitivas, latentes en el individuo, despiertan y buscan su libre satisfacción”.

Al igual que Le Bon, refiere la desmesura como rasgo típico de la masa. “Los sentimientos de la multitud son siempre simples y exaltados. De este modo, no conoce dudas ni incertidumbres. Las multitudes llegan rápidamente a lo extremo (…) Un principio de antipatía pasa a constituir, en segundos, un odio feroz”. Y llega a la siguiente conclusión: “La masa se nos muestra, pues, como una resurrección de la horda primitiva”.

Peligro como dinamita

Karl G. Jung abordó el mismo tema en varias de sus obras. Para él los elementos de lo inconsciente colectivo pueden aflorar en el comportamiento de la masa. “Al igual que los mares separan los continentes con su inmensidad y los rodean como a islas, así la inconsciencia originaria asalta por todas partes a las conciencias individuales”. Destacó el enorme peligro para el hombre proveniente de la masa “en el seno de la cual los efectos del inconsciente se acumulan, amordazando, sofocando las instancias razonables de la conciencia. Toda organización de masa constituye un peligro latente, al igual que una concentración de dinamita” (Los complejos y el inconsciente, 1943).

Y anteriormente ya había expresado: “En la masa el hombre inconscientemente desciende a un nivel moral e intelectual inferior, al nivel existente siempre por debajo del umbral de la conciencia, listo para emerger tan pronto medie la ayuda o la atracción de una masa” (Psicología y religión, 1937).

Calificó a los movimientos políticos de su tiempo de “epidemias psíquicas, esto es, psicosis de masas” y los vinculó con la manipulación política. Para el sicoanalista suizo ciertos símbolos tienen la capacidad de reunir a los individuos como una fuerza magnética. En tales condiciones la multitud sigue al líder con “la irresistible fuerza de una avalancha”. Por ello llegó a comparar la conducta de masas del nazismo con “una posesión demoníaca” (Essays on Contemporary Events: The Psychology of Nazism, 1936-46).

Desde una óptica elitista y aristocrática, José Ortega y Gasset analizó la crisis de la sociedad europea en La rebelión de las masas (1929) y se valió para ello del concepto de “hombre-masa”. A este le consideraba una anomalía inevitable de los avances de la civilización, que ponía en peligro la cultura occidental.

“Ahora, de pronto, aparecen bajo la especie de aglomeración, y nuestros ojos ven dondequiera muchedumbres. ¿Dondequiera? No, no; precisamente en los lugares mejores, creación relativamente refinada de la cultura humana, reservados antes a grupos menores, en definitiva, a minorías”.

Para el filósofo y ensayista español, en la masa el individuo niega toda moral y responsabilidad, solo piensa en su bienestar y cuestiona la autoridad.

“Este hombre-masa es el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado (…) Más que un hombre, es sólo un caparazón de hombre (…) Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga —sine nobilitate—, snob”.

Ahora bien ¿cómo fueron aprovechados los hallazgos científicos y teóricos hasta aquí descritos para influir en la práctica política? ¿Cómo conducir, guiar, en fin, manipular a esas masas?

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Una mujer participa en una protesta promovida por el movimiento Black Lives Matter en Washington, el 4 de julio de 2020.

Una mujer participa en una protesta promovida por el movimiento Black Lives Matter en Washington, el 4 de julio de 2020.

Femenina e imprescindible

El nazismo y el bolchevismo, ideologías totalitarias ambas, mostraron asombrosas coincidencias en doctrina, liturgia y métodos: apelación a la violencia y el terror, rechazo del pasado, aspiración a crear un hombre nuevo, sometimiento del individuo, endiosamiento del líder… Así, no es de extrañar que prestaran particular atención a sus relaciones con las masas para adueñarse del poder y, luego, para conservarlo.

Adolf Hitler (1889-1945) fue lector aventajado de Gustave Le Bon. En su manifiesto autobiográfico Mi lucha (1925), quien años más tarde sería el jefe (Führer) del movimiento nacionalsocialista, reiteró el bajo nivel intelectual de la multitud. “La capacidad de asimilación de la gran masa es sumamente limitada y no menos pequeña su facultad de comprensión, en cambio es enorme su falta de memoria”.

Sin embargo, la interpretación de Hitler buscaba una aplicación más terrenal para sus ambiciones políticas. Por ello no se ocultó para proclamar:

“La gran mayoría del pueblo es, por naturaleza y criterio, de índole tan femenina, que su modo de pensar y obrar se subordina más a la sensibilidad anímica que a la reflexión. Esa sensibilidad no es complicada, por el contrario, es muy simple y rotunda. Para ella no existen muchas diferenciaciones, sino un extremo positivo y otro negativo: amor u odio, justicia o injusticia, verdad o mentira, pero jamás estados intermedios”.

En consecuencia, hizo indicaciones específicas al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán sobre cuya base fue construido un aparato de propaganda que Joseph Goebbels llevó a su máxima perfección:

“Quién se proponga ganar a las masas, debe conocer la llave que le abra la puerta de su corazón. Esa llave no se llama objetividad, esto es, debilidad, sino voluntad y fuerza (…) Toda acción de propaganda tiene que ser necesariamente popular y adaptar su nivel intelectual a la capacidad receptiva del más limitado de aquellos a los cuales está destinada”.

A diferencia de los nazis, los comunistas no parecen compartir la caracterización de la masa como irracional. Karl Marx (1818-1883) colocó a la clase obrera en lugar preponderante como “sujeto de la historia” y constructora del “mundo nuevo”. A pesar de que en alguna ocasión lamentó la “credulidad” y “estupidez” de las masas, consideraba que “la teoría se convierte en una fuerza material ni bien prende” en ellas (Crítica de la filosofía del derecho de Hegel).

V. I. Lenin (1870-1924) insistió en la necesidad de educar a las masas en torno su misión: arrebatar el poder a la burguesía. Según el líder de la revolución rusa, sin la conciencia política de clase, que debía ser injertada desde fuera, o sea, por iluminados revolucionarios profesionales, esto se tornaba imposible. “La conciencia política de clase no se le puede llevar al obrero más que desde el exterior, esto es, desde fuera de la lucha económica” (¿Qué hacer?).

Como se aprecia, tanto nazismo como bolchevismo precisaron del movimiento de masas para conquistar el poder. Empero, una vez instalados, se encargaron de domeñarlo y transformarlo en dictadura totalitaria. Para ello atomizaron la sociedad y encuadraron sus integrantes en un sinnúmero de organizaciones y asociaciones —de niños, jóvenes, mujeres, estudiantes, obreros, campesinos— que el Partido controlaba, vigilaba y, de ser necesario, reprimía… masivamente. Ello se tradujo en arrestos en masa, deportaciones en masa, encarcelamientos en masa y fusilamientos o gaseamientos en masa.

A fines del siglo XIX y principios del XX, cuando los psicólogos sociales estudiaban el comportamiento de las masas y, más tarde, cuando Hitler y Lenin las cortejaban, este panorama aún no se había mostrado en sus caracteres más terribles.

Con todo, no es un fenómeno que uno pudiera desechar como superado. En pleno siglo XXI hay suficientes ejemplos de regímenes que hechizaron a las multitudes prometiéndoles “el mar de la felicidad” para entregarles, al cabo, las aguas pantanosas del infortunio.

Aunque no acumulan las decenas de millones de muertos de las dictaduras de antaño —URSS, Alemania, China, Kampuchea—, ya sus ciudadanos recuerdan con nostalgia los tiempos en que existía separación de poderes, pluripartidismo, libertad de culto y reunión y libertad de prensa.

La multitud que llena calles y plazas o decapita estatuas ha dejado atrás las consignas marxistas sobre la emancipación de la “clase obrera”. El capitalismo sigue siendo la fuente de la opresión —arguyen—, pero esta se evidencia ahora en estructuras de género, sexo y raza. Son las ideologías postmodernas de identidad de grupo las que animan, por ejemplo, su relato acerca del “racismo sistémico” que, a pesar de carecer de sustento empírico, reitera la prensa, bendice la academia y financian hasta las empresas de Silicon Valley.

Masas dispuestas, como dijo uno de los líderes de Black Lives Matter, Hawk Newsome, a “quemar este sistema y reemplazarlo”, si no consiguen lo que piden.

Conviene tomarlo muy en cuenta.

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