El imperio que hoy preside comenzó teniendo como oficina el maletero de su automóvil; hoy, es uno de los empresarios cubanoamericanos más influyentes del país.

Máximo Álvarez, o simplemente Max, como muchos le conocen, es el vivo ejemplo de la realización del sueño americano, y uno de los miles de niños cubanos refugiados que llegaron a Estados Unidos a través de la Operación Pedro Pan, experiencia que lo convirtió en uno de los principales defensores de las libertades y el sistema de libre mercado que le permitió labrarse un futuro próspero siendo apenas un adolescente.

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“Para quienes no lo han vivido, es muy difícil comprender cómo un sistema socialista y comunista destruye el núcleo de la familia. Por ejemplo, mis padres fueron inmigrantes españoles que llegaron a Cuba con apenas 18 años, y nunca tuvieron nada que ver con la política, sin embargo, nos quisieron educar en un colegio católico, Los Hermanos Maristas, que fue clausurado por el régimen de Castro”, sentenció Álvarez, sobre el episodio que llevó a sus padres a tomar la decisión de sacarlo de Cuba a los 13 años.

“Salí de la isla el 4 de julio del año 1961 en el último barco de carga que iba desde el puerto de La Habana a West Palm Beach, pero mi destino no era Estados Unidos, era La Coruña, en España”, recordó el empresario al que una tragedia familiar le cambió el rumbo de su vida.

“Iba a España porque ahí me estaba esperando mi hermano que era 7 años mayor. A él lo habían sacado meses antes de Cuba ya que corría el riesgo de ser reclutado para las milicias. Así me estaba esperando como internado en el colegio Los Hermanos Maristas de La Coruña, pero el mismo día que yo estaba saliendo de Cuba, él sufrió un accidente y falleció, por lo que se tomó la decisión de que me quedara en Miami”.

El ejemplo de sus padres

“Siempre me preguntan sobre lo duro que debe haber sido venir a través de la Operación Pedro Pan a este país, y yo respondo que nosotros nunca nos vamos a imaginar el dolor de nuestros padres. En mi caso, de mis padres, porque el mismo día perdieron a sus dos hijos varones…. Uno siendo joven, de una forma u otra, se ajusta a la vida en otro país, pero ellos no”, dijo emocionado.

“Pienso que las personas que fuimos parte de la Operación Pedro Pan tenemos que hacer todos los esfuerzos por preservar esa historia para que nunca se olvide. Y tenemos que decirle al mundo que no ignore a esa juventud cubana que salió a la calle a pedir libertad de forma desesperada después de más de 60 años de miseria”.

Para el propietario y presidente de las gasolineras Sunshine, su mayor riqueza acumulada son los valores inculcados por sus padres, y la lucha de su madre, que tras perder a su hijo mayor y despedirlo a él cayó en una profunda crisis emocional que requirió someterla a tratamientos de electroshock en Cuba.

“Nunca olvido su mirada y su valor… Cuando uno tiene a un familiar enfermo y padeciendo una enfermedad terminal, uno se aferra a él y, aunque sabe que está sufriendo, no quiere dejarlo ir por egoísmo. Sin embargo, despedirlo y liberarlo es un acto de valor. Eso es lo que hicieron nuestros padres con nosotros, poner nuestra vida y futuro en manos de Dios para que nos desarrolláramos en un país libre”.

Cuando Álvarez llegó a EEUU vivió en un campamento ubicado en Kendall con más de 800 niños refugiados. Seis meses más tarde se enteró de la muerte de su hermano mayor, Lucas Ricardo Álvarez, a quien cariñosamente llamaban Pipo.

Una deuda de gratitud

Max Álvarez se define como un hombre trabajador, carácter que heredó de su padre, y que lo ha hecho mantener la disciplina y el enfoque a lo largo de la vida. Es por eso que hoy posee un negocio familiar Sunshine Gasoline Distributors, que le permite además, desempeñarse como filántropo y activista político.

“Mi primer dólar lo gané lavando carros, oficio que realizaba todos los días cuando salía del colegio a las 3 de la tarde. Cobraba 50 centavos por carro, pero como este es un país generoso, la gente siempre me pagaba 1 dólar. Luego busqué un ayudante y el trabajo fue aumentando”, recuerda que también trabajó en una fábrica ensamblando muebles, en Burger King, e incluso como jardinero.

“En este país nunca me faltó el trabajo”, eso le permitió recibir a sus padres cuatro años más tarde cuando también llegaron como refugiados.

“Me los llevé a un apartamento que tenía alquilado en Biscayne Boulevard y la calle 29, y les entregué 500 dólares, era todo lo que había podido ahorrar trabajando. Aquí salieron adelante y murieron tranquilos”, recordó.

Graduado de administración con una maestría en educación y negocios, Max Álvarez comenzó su negocio trabajando para empresas petroleras durante seis años. En ese periodo aprendió y años más tarde, adquirió sus primeras cuatro estaciones de gasolina en Miami.

“Siempre he sido un hombre atrevido, veo las oportunidades donde otros sólo ven riesgos. No le tengo miedo al fracaso.

“Yo sigo siendo el mismo refugiado que llegó en el año 1961, solo ahora tengo más bienes. Pienso que la riqueza está forjada de lo que todos hemos aportado para hacer de este país un lugar mejor.

“Cuando manejo por Miami y veo esos lugares en los que trabajé cuando llegué me dan ganas de besar el suelo… Este es el país más grande y generoso del mundo. Recuerdo cómo llegamos sin absolutamente nada, y es imposible olvidar lo mucho que nos ayudaron y todas las oportunidades que nos brindaron.

“La mía es una de las tantas historias de inmigrantes de todas partes del mundo que llegan aquí en busca de un mejor futuro. Este es el único país donde un niño llega como refugiado, sin hablar el idioma, y años más tarde es recibido e incluso puede abrazar al presidente de la república, como lo hice yo.

“Todavía, después de 60 años aquí, conservo imágenes de lugares como el Malecón, La Habana Vieja, el Coney Island… pero le agradezco a mis padres haber podido salir de Cuba. Yo no hubiese resistido ese sistema totalitario porque siempre he sido un hombre emprendedor y apasionado por los negocios”.

 

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